Hace algunos días se publicaron las nuevas bases de las convocatorias Fondecyt. Más allá de sus aspectos administrativos, estas bases abren una conversación relevante sobre el tipo de sistema científico que queremos construir para Chile.
Hay dos decisiones que llaman especialmente la atención. Por una parte, los requisitos para acceder a este instrumento histórico de generación de conocimiento. Por otra, la concentración de recursos en áreas prioritarias vinculadas al desarrollo tecnológico y la innovación productiva. Ambas responden a desafíos reales, pero también nos invitan a pensar cómo fortalecemos una ciencia capaz de mirar más lejos, conectarse con el mundo y abordar los problemas desde distintas disciplinas.
La ciencia, por definición, no se hace puertas adentro. Los países que han construido ecosistemas científicos de alto nivel lo han hecho conectando capacidades, atrayendo talento y colaborando más allá de sus fronteras. Cuando un investigador llega a Chile desde otro país, no trae solo conocimiento. Trae preguntas, experiencias, redes y nuevas formas de mirar un problema.
Orientar recursos hacia el desarrollo tecnológico y la innovación productiva es fundamental para resolver desafíos concretos. Pero eso no significa que toda investigación deba comenzar preguntándose cuál será su aplicación. Muchas transformaciones comenzaron con preguntas alejadas de cualquier utilidad inmediata. La inteligencia artificial es un buen ejemplo. No solo plantea desafíos tecnológicos, también nos obliga a comprender cómo cambiará el trabajo, qué ocurrirá con la desigualdad, cómo afectará nuestras democracias y qué sociedad queremos construir. Para abordar esas preguntas necesitamos distintas disciplinas y perspectivas.
Por eso, nuestro sistema de financiamiento debe reconocer que sus distintos instrumentos cumplen funciones diferentes. Fondecyt ha sido fundamental para financiar la generación de conocimiento, mientras otros instrumentos de ANID y Corfo tienen un mayor foco en innovación, transferencia tecnológica y vinculación con el sector productivo. Necesitamos que funcionen como un ecosistema, permitiendo que una buena pregunta pueda convertirse, eventualmente, en conocimiento, tecnología y soluciones para la sociedad.
La ciencia que transforma un país no se construye solo desde la aplicación ni solo desde la investigación fundamental. Se construye cuando ambas pueden convivir. Cuando una pregunta puede ser explorada, aunque todavía no sepamos para qué servirá. Cuando una tecnología puede desarrollarse pensando también en sus consecuencias. Y cuando nuestras universidades dialogan con la industria y con la sociedad.
Si queremos que la ciencia contribuya al desarrollo de Chile, tenemos una oportunidad para construir un sistema más abierto, diverso y conectado. Uno capaz de responder a las necesidades que conocemos, pero también de explorar aquellas preguntas que todavía no sabemos formular.