Pudorosamente, confieso una fascinación por la inteligencia artificial. Que me atrae como la flauta del encantador a la serpiente. Leo, escucho sus repuestas y me dejo llevar por ellas y como en todo hechizo bien construido, olvido lo esencial. En este caso, que la vida entera no cabe en un texto.
Los modelos de lenguaje refuerzan una hipótesis elegante pero falsa: que el pensamiento puede reducirse a aquello que se puede expresarse en palabras. Queremos creer que basta con nombrar las cosas para haberlas comprendido. Grave error, aunque bien intencionado: las palabras son apenas uno de los muchos idiomas para interpretan el mundo, y probablemente no el más honesto de ellos.
¿Cuáles otros? Quiero detenerme aquí. La vista gobierna buena parte de lo que llamamos realidad: construimos el mundo basándonos en imágenes, las cuales se dejan traducir en palabras o ideas, sin oponer demasiada resistencia. Pero existen otros idiomas menos disciplinados, como el olfato, el tacto, la percepción espacial entre otros, que la cultura, tan enamorada del binomio vista-verbo, relegó durante siglos a un segundo plano, como esos parientes algo vulgares, a quienes se invitan a la celebración, sentándoselos prudentemente al final de la mesa.
Y sin embargo esos otros idiomas vuelven, con la persistencia de lo reprimido. Basta recorrer las redes sociales y observar el renovado fervor de las nuevas generaciones por la perfumería, antiguo y mudo oficio que ninguna pantalla logra transmitir, para advertir la ironía completa: mientras la humanidad perfecciona máquinas cada vez más elocuentes, sus hijos más jóvenes redescubren el placer de lo que no se puede reducir a una pantalla o letras. No parece casualidad. Cuanto más habla la máquina, más urgente se vuelve recordar todo aquello que se niega.
Porque ahí está el asunto de fondo. El olfato, el gusto, el tacto pertenecen a la experiencia que construye la vida misma, no al lenguaje que pretende describirla. Cuando intentamos poner en palabras un perfume, el resultado suele rozar el ridículo: "Notas de cereza", "fondo amaderado", fórmulas de etiqueta dicen mucho del catálogo y poco de la experiencia. En cambio, basta con abrir el frasco, o empezar a disfrutar un buen vino para que ocurra algo que ningún adjetivo logra expresar, esa explosión interior que despierta recuerdos, memorias y emociones.
Lo mismo ocurre con el espacio que habitamos y con lo que tocamos sin pensarlo: un umbral, una textura, una distancia que el cuerpo mide antes de que la razón la calcule. Son lenguajes sin gramática, pero no por eso menos precisos; simplemente no fueron diseñados para el diccionario, sino para la piel.
Ahí tengo la sospecha que reside la lección detrás de una reflexión que empezó como un capricho. La experiencia humana no es reducible a información, por exhaustiva que esta sea. Es por eso que la cazuela de mi abuela, como decía mi padre, nadie ha logrado repetirla. Una generosa inteligencia artificial puede entregarnos la receta exacta, los tiempos, las proporciones. Lo que no puede darnos es aquello que la receta nunca declaró: la historia que se cocinó junto con el caldo, la mesa en done cada cucharada tuvo sentido, los pulsos al servirla, la ritualidad que queda grabada en la memoria para ser despertada con aromas y texturas.
Se podrá objetar que esto es sentimentalismo de sobremesa. Y aunque lo sea, eso no lo hace menos cierto. Un ser humano no es la suma de los datos que produce, sino la singularidad irrepetible de cómo los vivió. La inteligencia artificial puede imitar nuestras palabras con una fidelidad asombrosa. Lo que aún no sabe hacer y creo que no lo logrará ni siquiera con el tiempo, es oler, tocar, saborear, y dejarse, como nosotros, atravesar por ello. No es su naturaleza y tal vez no tenga sentido lograrlo.
Sin duda estamos formulando mal el problema al imaginar una competencia entre la inteligencia humana y la artificial o que se intente sustituir la una por la otra, podemos continuar fascinados por la elocuencia de los algoritmos y no abandonar, ni menos preciar los sentidos, la experiencia, la vivencia. Podemos pedirle a la inteligencia artificial que nos describa una rosa e imaginarla, pero todavía tendremos que acércanos para saber a qué huele, qué sentimos, qué nos evoca.