El miedo a perder el trabajo

Durante años, la política chilena habló del miedo. Del miedo a la delincuencia, al narcotráfico, a los migrantes. La seguridad se convirtió en una de las principales claves de la última elección presidencial y José Antonio Kast construyó buena parte de su narrativa política alrededor de esa preocupación.

Pero hay otro miedo que está entrando con fuerza en la vida cotidiana: el miedo a perder el empleo. La última encuesta Cadem muestra un desplazamiento significativo. Economía y empleo pasaron de 67% a 79% como el ámbito al que el Gobierno debería dedicar mayor esfuerzo, mientras seguridad, delincuencia y narcotráfico descendieron de 61% a 33%.

Los números económicos son todavía más elocuentes. Las expectativas negativas sobre el empleo llegaron al 91%, su nivel más alto desde mediados de 2020. El 82% considera negativa la situación económica de los consumidores para comprar bienes y servicios. Solo 10% declara que su presupuesto familiar le permite cubrir sus gastos y ahorrar; 52% llega justo a fin de mes y 36% afirma que sus ingresos no alcanzan.

No estamos solamente frente a una economía que genera incertidumbre. Estamos frente a una sociedad que, además, privatiza la incertidumbre: convierte el miedo, la precariedad y la inseguridad económica en experiencias individuales. El capitalismo, en su permanente afán de acumulación, produce empleos precarios, salarios insuficientes y vidas endeudadas. Pero después entrega a cada individuo la responsabilidad -y la culpa- de resolver aquello que no produjo.

Si el salario no alcanza, hay que esforzarse más; incluso conseguir un segundo empleo y convertirse en conductor de Uber por las noches. Si se pierde el trabajo, hay que reinventarse. Si no se puede comprar una vivienda, la explicación está en los gastos "irresponsables" que hacemos. Si el cuerpo está agotado, hay que aprender a administrar mejor el tiempo y dormir ocho horas, aunque millones de personas pasen horas arriba del transporte público. Si no se puede acceder a determinados bienes y servicios, quizás simplemente no se ha trabajado lo suficiente o se tomaron decisiones equivocadas en la juventud.

La precariedad se convierte así en una experiencia aislada. Y, sobre todo, en una culpa íntima. Esta es una de las operaciones más eficaces de la construcción subjetiva del capitalismo: hacer que problemas producidos socialmente sean experimentados como fracasos personales. No basta con precarizar el trabajo. También es necesario que quien vive la precariedad crea que es responsable de ella. Que piense que no fue suficientemente inteligente, suficientemente productivo, suficientemente flexible o suficientemente "emprendedor".

La explotación desaparece del lenguaje y aparece la culpa. La clase trabajadora deja de reconocerse como clase y comienza a verse como una suma de individuos que compiten por sobrevivir. Y la dominación se vuelve más eficaz precisamente cuando consigue aislar a quienes viven una experiencia común.

Las personas asalariadas no venden únicamente su fuerza de trabajo. Venden también su tiempo, su disponibilidad, su tranquilidad y, muchas veces, su capacidad de decir que no. Por eso, el miedo a perder el empleo puede convertirse en un mecanismo de disciplina sobre la clase trabajadora. Quien teme quedar cesante reclama menos. Acepta peores condiciones. Tolera jornadas más extensas. Responde mensajes fuera del horario laboral. Quien está endeudado difícilmente puede renunciar. Quien no sabe qué ocurrirá mañana no puede disputar las condiciones del presente. El miedo produce disciplina porque reduce el margen para el conflicto. Hace más difícil encontrarse, reconocerse, enojarse y organizarse.

Y el sistema tiene una crueldad adicional: consigue que esa subordinación parezca una elección individual. Como si aceptar condiciones injustas fuera simplemente una estrategia racional de autopreservación. Como si no existiera una estructura que obliga a elegir entre la precariedad y una precariedad todavía mayor.

En este escenario resulta políticamente importante pensar la fragilidad y la incertidumbre desde una perspectiva colectiva. Frente a la ficción liberal del individuo autosuficiente, es necesario reconocer nuestra condición interdependiente y comunitaria. La incertidumbre no tiene por qué conducir al aislamiento. Puede convertirse también en un punto de partida para construir vínculos y estrategias colectivas.

Esta perspectiva permite invertir la pregunta. En lugar de preguntarnos qué estamos haciendo mal porque el salario no alcanza, deberíamos preguntarnos: ¿Qué relaciones económicas producen empleos en los que una persona puede trabajar 40 horas semanales y seguir siendo pobre? No somos "insuficientes" por no alcanzar una vida que el propio sistema vuelve cada vez más inaccesible.

El capitalismo necesita que la clase trabajadora crea que su precariedad es un defecto personal. Que el trabajador interprete su desempleo como falta de habilidades. Que la familia endeudada sienta vergüenza. Que quien no puede ahorrar piense que no supo administrarse y necesita más "educación financiera". Que quien trabaja y sigue siendo pobre crea que todavía no se ha esforzado lo suficiente, porque quizás todavía no ha buscado un segundo empleo.

La explotación económica necesita también una explotación moral: hacernos responsables de una estructura cuya lógica consiste en extraer valor de nuestro trabajo hasta el límite de nuestras fuerzas. Por eso, frente a la privatización y el aislamiento de la precariedad, necesitamos volver a construir un nosotros.

La incertidumbre puede encerrarnos en nuestras casas -arrendadas-, en nuestras deudas a 12, 24 o 36 meses y en nuestros supuestos fracasos. Pero también puede mostrarnos aquello que el individualismo capitalista intenta ocultar: que nuestra vulnerabilidad no es excepcional. Que millones de personas venden su fuerza de trabajo bajo condiciones similares. Que aquello que vivimos como una desgracia privada tiene causas sociales.

Quizás allí exista una disputa política decisiva. Una sociedad verdaderamente "segura" debería ser también aquella donde una persona pueda perder un empleo sin sentir que pierde su vida entera. Donde enfermarse no signifique caer en la pobreza. Donde trabajar no implique vivir permanentemente al borde del abismo.

Por eso, la pregunta no debería ser solamente cómo volver a sentirnos seguros. Deberíamos preguntarnos qué condiciones materiales necesitamos para dejar de vivir con miedo. Entender que el futuro, tal como está organizado, es demasiado incierto para enfrentarlo en soledad.

Y ahí comienza una posibilidad distinta: que aquello que el capitalismo nos enseñó a vivir como fracaso individual pueda volver a reconocerse como un problema colectivo, sistémico y político. Que el miedo a perder el empleo pueda dejar de ser un miedo privado y convertirse en una razón para encontrarnos con otros.

Porque frente al aislamiento que produce la precariedad, organizarse en un sindicato es también una forma de dejar de estar solo. Es transformar la incertidumbre individual en una demanda colectiva; el miedo en solidaridad; la vulnerabilidad en fuerza común. Es recuperar la posibilidad de decir que los problemas de quienes viven de su trabajo no son asuntos privados, sino consecuencias del sistema de acumulación imperante.

Quizás ahí esté una de las disputas políticas más importantes de nuestro tiempo: que del miedo, en lugar de obediencia, pueda surgir organización y que quienes hoy enfrentan solos la incertidumbre del futuro puedan volver a reconocerse como clase trabajadora.