Cómo se degrada una democracia

"Un criminal convicto, golpista y tiránico; bruto e ignorante, narcisista y megalómano que no sabe nada ni cree en nada, salvo en engrandecerse a sí mismo. No hay una utopía ni una ideología tras este fascista americano. No hay nada, salvo una vulgaridad sin freno ni límites". Daniel Matamala, Como Destruir Una Democracia, 2025.

La verdad duele. Y duele aún más cuando se dirige a quien concentra un poder casi omnímodo. Defender ideales humanistas no es gratis; muchas veces se paga caro. La historia lo demuestra.

Son muchos los que todavía veneran la esvástica o se encapuchan en los ritos del Ku Klux Klan. Los mismos que en el pasado quemaban y asesinaban a ciudadanos afroamericanos en el país de Abraham Lincoln, asesinado por un fanático. Los mismos que, décadas después, asaltaron el Capitolio azuzados por su líder tras perder una elección.

Los dictadores y los aspirantes a serlo tienen una especial animadversión hacia quienes se atreven a decir y escribir lo que sucede. La prensa libre siempre ha sido su primer enemigo.

Richard Nixon, presidente republicano, no fue derrocado por un golpe, sino obligado a renunciar tras la investigación periodística del Washington Post y la presión de un Congreso que actuó en defensa de la institucionalidad. Allí funcionaron los contrapesos.

Hoy, en cambio, asistimos con preocupación a un fenómeno distinto: democracias que se erosionan desde dentro. Líderes elegidos por amplias mayorías que, aprovechando el descrédito de sus antecesores, concentran poder y debilitan instituciones.

Bukele, López Obrador, Maduro, Trump, Milei -cada uno en contextos distintos- representan formas diversas de un mismo fenómeno: el personalismo exacerbado y la tensión permanente con los límites institucionales.

La historia ya mostró este camino. Adolf Hitler llegó al poder por vía legal en 1933, nombrado canciller por el presidente Paul von Hindenburg. No tomó el poder por asalto inicial; lo fue consolidando hasta destruir la democracia alemana y conducir al mundo a la Segunda Guerra Mundial. Durante ese período, seis millones de judíos fueron asesinados en campos como Auschwitz y Treblinka. El horror comenzó con el debilitamiento institucional y la normalización del extremismo.

Las democracias no mueren de un día para otro. Se degradan. Se acostumbran al exceso. Naturalizan el abuso. Se polarizan hasta romperse.

Hoy vemos guerras, invasiones, conflictos prolongados y tensiones nucleares que mantienen al mundo en permanente inestabilidad: Rusia en Ucrania, la tragedia humanitaria en Gaza, los conflictos en Medio Oriente. Las potencias juegan su ajedrez geopolítico mientras los pueblos pagan el costo.

La prensa, muchas veces cooptada por intereses económicos, pierde independencia. Los poderes fácticos se fortalecen. La verdad tiene precio, y algunos la pagan incluso con su vida. En Chile lo sabemos: José Carrasco Tapia fue asesinado en 1986 tras el atentado fallido contra Pinochet. Recordarlo es un deber moral.

Benjamín Franklin advirtió hace siglos: "Quienes renuncian a su libertad para obtener seguridad no merecen ni la una ni la otra".

Esa advertencia sigue vigente. La defensa de la democracia exige ciudadanía vigilante, instituciones fuertes y prensa libre. Cuando el poder deja de tener límites, la libertad comienza a retroceder.

 

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