En 1973, la escritora Ursula K. Le Guin dejó una parábola inquietante: la felicidad colectiva del pueblo de Omelas se sostiene gracias al despiadado sufrimiento de un niño destinado a un lúgubre e insalubre sótano. La mayoría de los habitantes de esta utópica ciudad aceptan tal aberrante condición como un mal necesario; pero hay quienes, al comprender que la alegría de la comunidad requiere de la degradación de otro ser humano, no pueden permanecer allí sin traicionarse a sí mismos. La autora de este cuento poco conocido en Chile no entrega indicios nítidos hacia dónde van aquellos que, sin cambiar el sistema que ocupan, lo abandonan, dando título a la obra de ciencia ficción conocida como "Los que se alejan de Omelas".
Le Guin describe detalladamente la belleza de las construcciones, la amenidad de las relaciones interpersonales y la inteligencia de los ciudadanos de Omelas. Se trata de una "jubilosa ciudad" sin reyes, sin soldados ni esclavos, donde sus habitantes gozan de la mejor infraestructura y equipamiento. Sin embargo, en el subsuelo de uno de esos hermosos edificios, en un oscuro cuchitril, un niño de alrededor de seis años, desnutrido y abandonado, clama por escapar de ese maloliente y sombrío sótano: "Por favor, sáquenme de aquí. Seré bueno". Jamás le responden.
Todos en Omelas saben de su existencia. Y también saben que la ternura de sus amigos, la salud de sus hijos, la abundancia de sus cosechas e incluso el esplendor de su cielo dependen por completo de la miseria de ese niño. "Qué hermoso sería si lo sacaran al sol, lo limpiaran, le dieran de comer, lo cuidasen". Pero si alguien lo hiciera, ese día y a esa hora, toda la prosperidad, la belleza y la dicha de Omelas quedarían destruidas. Esas son las estrictas y no negociables condiciones.
A veces, quien visita al niño no regresa a su hogar. Cruza las espléndidas puertas de Omelas y abandona el pueblo. Camina hacia un destino aún menos imaginable que la mencionada ciudad de la felicidad. La escritora admite que no puede describirlo.
Trasladada al mundo real, la historia no es solo literatura: muchas organizaciones, empresas, instituciones públicas y ONGs funcionan hoy con su propio "sótano". La apariencia de total bienestar se sostiene sobre la explotación o el abandono de algunos de sus miembros. Hay equipos donde el clima laboral es óptimo según las encuestas, mientras un grupo reducido enfrenta acoso o sobrecarga de trabajo. Hay empresas que publicitan equidad y responsabilidad social, mientras externalizan riesgos hacia proveedores subcontratados que trabajan en condiciones deplorables.
Hay jefaturas que celebran resultados brillantes sin preguntarse si esos números se alcanzaron a costa de pisotear a una pequeña fracción de su indefenso personal. Y hay autoridades que, al enterarse, eligen mirar hacia otro lado porque así cuidan sus puestos de jugosos salarios.
Así se reproduce la dinámica de Omelas. Quienes se quedan después de conocer la injusticia sin intentar un cambio, se convierten en cómplices. Y quienes se van es debido a que generalmente no lograron transformar la estructura que causaba daño.
En tiempos de reportes impecables y métricas resplandecientes, abundan los indicadores verdes que tranquilizan a accionistas y fiscalizadores, mientras en ocasiones las conciencias se vuelven de un gris funcional. Se celebran certificaciones, rankings y sellos de sostenibilidad, pero rara vez se desciende al sótano para preguntar quién puede estar pagando el precio de esos logros. Y algunos que sí bajan a conocer a ese inocente niño, deciden irse.
No marchan hacia un paraíso luminoso ni hacia una épica redención. Salen con una mezcla de alivio y vértigo, como quien deja una casa confortable cuya putrefacta bóveda acaba de descubrir. Algunos atraviesan el desierto de la incertidumbre laboral; otros aceptan trabajos más modestos donde el salario es menor pero el sueño es más profundo. Caminan hacia territorios sin aplausos donde la dignidad no se traduce en bonos de desempeño. Van hacia organizaciones menos exuberantes, pero más honestas. Y aunque no consiguieron cambiar el sistema que dejaron atrás, al menos recuperan algo que en Omelas era imposible conservar: la posibilidad de mirarse al espejo sin bajar la vista.
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