Cuando se llega al último lugar: el informe Unicef sobre bienestar infantil

El último informe de Unicef volvió a poner una pregunta incómoda sobre la mesa: ¿Cómo están creciendo realmente los niños, niñas y adolescentes en Chile? El estudio analizó el bienestar infantil en países de altos ingresos y de la OCDE considerando tres dimensiones centrales: salud física, bienestar mental y desarrollo de habilidades académicas y sociales. Más que medir resultados escolares o nivel económico, el informe busca responder una pregunta más profunda: qué tan bien están viviendo y desarrollándose las nuevas generaciones.

Y los resultados para Chile son difíciles de ignorar. De los 37 países que contaban con información completa para la evaluación, Chile ocupó el último lugar en el ranking general de bienestar infantil. Además, el país mostró resultados especialmente críticos en salud física y desempeño educativo.

Pero quedarse solo con el puesto sería simplificar demasiado el problema. Lo verdaderamente preocupante no es el número que aparece en una tabla comparativa. Lo preocupante es lo que ese resultado representa en la vida cotidiana de miles de niños y adolescentes.

Entre los datos que encendieron las alertas aparece que 58% de los niños y adolescentes entre 5 y 19 años presenta sobrepeso (la cifra más alta entre los países analizados) y que 13% de estudiantes de 15 años declaró haber omitido comidas por falta de dinero. A esto se suma una fuerte segregación socioeconómica en el sistema escolar y brechas importantes en el desarrollo de habilidades académicas.

Estos datos muestran algo importante: el bienestar infantil no depende únicamente del esfuerzo individual ni de lo que ocurre dentro de una sala de clases. Está profundamente conectado con las condiciones materiales, los vínculos, el entorno emocional y las oportunidades disponibles. Porque crecer bien no significa solamente asistir al colegio, obtener buenas notas o tener acceso a servicios básicos.

También significa sentirse seguro. Tener tiempo para jugar. Contar con adultos disponibles emocionalmente. Poder expresar tristeza sin ser invalidado. Comer de manera adecuada. Dormir bien. Sentir que existe un lugar donde uno importa.

Y aquí aparece una reflexión que vale la pena hacernos como sociedad. Durante mucho tiempo hemos entendido el progreso infantil desde indicadores que son importantes, pero insuficientes. Medimos cobertura, resultados académicos y crecimiento económico, pero con menor frecuencia preguntamos cómo están viviendo emocionalmente nuestros niños y adolescentes.

Nos preocupamos de intervenir cuando el problema ya apareció, pero menos de construir entornos que prevengan el deterioro. La evidencia vuelve a recordarnos algo que parece simple, pero no siempre practicamos: la infancia necesita mucho más que respuestas reactivas.

Necesita comunidades que acompañen, familias que puedan estar presentes, escuelas que integren el bienestar emocional como parte del aprendizaje y políticas públicas que entiendan que invertir en infancia no es gasto social: es desarrollo humano.

La educación emocional, en este contexto, deja de ser un complemento o una actividad secundaria. Se transforma en una herramienta concreta para fortalecer vínculos, desarrollar empatía, prevenir problemas de salud mental y construir sentido de pertenencia.

Este informe no debería leerse como una derrota ni como una competencia perdida frente a otros países. Debería leerse como una advertencia. Porque cuando el bienestar infantil se deteriora, no solo se afecta el presente de niños y niñas. También se comienza a moldear el tipo de sociedad que tendremos mañana.

Y quizás la pregunta más importante ya no sea por qué Chile quedó último. La pregunta es qué estamos dispuestos a cambiar para que nuestros niños no sigan creciendo sintiendo que llegar lejos importa más que crecer bien.