Las normas no generan confianza

¿Por qué un regulador decide postergar la aplicación de una norma que considera necesaria? La respuesta rara vez está en la norma misma. Habitualmente está en la capacidad de las organizaciones para implementarla. Eso es precisamente lo que acaba de reconocer la Comisión para el Mercado Financiero (CMF) al extender hasta las memorias correspondientes al año 2027 la aplicación obligatoria de las Normas Internacionales de Información Financiera sobre Sostenibilidad (IFRS S1 e IFRS S2).

A primera vista, podría parecer un simple cambio de calendario regulatorio. Sin embargo, el mensaje es mucho más profundo. La decisión no responde a que las normas hayan perdido importancia. Por el contrario, reconoce que su implementación exige fortalecer gobiernos corporativos, sistemas de información, procesos y controles internos antes de que las empresas puedan generar información confiable.

La CMF, en el fondo, no otorgó un año adicional para que las empresas aprendan una nueva norma. Otorgó un año para que desarrollen las capacidades de gestión necesarias para aplicarla. Esa diferencia parece sutil, pero cambia por completo la discusión.

Durante años pensamos que el principal desafío era desarrollar mejores normas para mejorar la calidad de la información corporativa. Hoy comenzamos a comprender que el verdadero desafío es construir mejores organizaciones para hacerlas efectivas.

Durante décadas, la contabilidad concentró sus esfuerzos en perfeccionar la forma de medir y presentar los hechos económicos. Hoy el problema es distinto. La información corporativa ya no compite contra la falta de datos; compite contra la falta de confianza. En un entorno de crecientes exigencias de transparencia y sostenibilidad, la pregunta ya no es únicamente qué información debe divulgarse, sino si los usuarios pueden confiar en ella.

Aplicar IFRS S1 e IFRS S2 implica mucho más que preparar un nuevo reporte de sostenibilidad. Supone identificar riesgos que antes no se medían, integrar información financiera y no financiera, fortalecer los controles internos e involucrar activamente al directorio en la supervisión de la información que recibe el mercado. En otras palabras, exige capacidades de gestión.

Esas capacidades de gestión no son un concepto abstracto. Significan contar con directorios comprometidos, sistemas de información confiables, controles internos efectivos y equipos capaces de transformar datos dispersos en información útil, consistente y verificable. La transparencia deja de ser un ejercicio de cumplimiento regulatorio para convertirse en una capacidad organizacional.

Por ello, la responsabilidad por la calidad de la información ya no recae exclusivamente en las áreas de contabilidad o sostenibilidad. Corresponde al directorio asegurar que la organización disponga de las personas, los procesos, los controles y la cultura necesarios para producir información confiable. La confianza comienza mucho antes de que una memoria anual llegue a manos de un inversionista.

La CMF postergó la aplicación obligatoria de una norma. Lo que realmente hizo fue reconocer que la confianza no se construye mediante una regulación ni nace con la publicación de un nuevo estándar. Se construye dentro de las organizaciones, a través de las decisiones de sus directorios, de la fortaleza de sus sistemas de información y de la integridad con que reportan su desempeño. Las normas pueden exigir transparencia. Pero la confianza solo la construyen las organizaciones.