Cuando estudiar también es trabajar

La discusión sobre empleo suele concentrarse en cómo crear más puestos de trabajo, cómo aumentar la productividad o cómo introducir mayores grados de flexibilidad en las relaciones laborales. Las propuestas recientes del Gobierno han vuelto a instalar varios de estos temas en el debate público.

Pero hay una dimensión que merece atención: la realidad de quienes trabajan y estudian al mismo tiempo.

Nuestra sociedad ha organizado la educación y el empleo bajo la secuencia primero estudiar, después trabajar. Ese modelo sigue existiendo, pero ya no representa la trayectoria de una parte importante de quienes ingresan hoy a la educación superior.

Hay jóvenes que trabajan para financiar sus estudios. Hay adultos que vuelven a estudiar después de años en el mercado laboral y otros que buscan mantener actualizados sus conocimientos. Hay madres y padres que combinan empleo, formación y responsabilidades familiares. También hay personas que buscan reconvertirse profesionalmente en un mundo donde las tecnologías y las formas de trabajo cambian con rapidez.

Para todos ellos, estudiar no es una etapa previa a la vida laboral. Es parte de ella; y esta realidad debiera cambiar la forma en que pensamos tanto el empleo como la educación.

Cuando hablamos de flexibilidad laboral, por ejemplo, no deberíamos entenderla únicamente como una herramienta para organizar mejor las necesidades de una empresa. También puede ser una forma de permitir que las personas desarrollen nuevas capacidades, continúen estudiando y mejoren sus oportunidades a lo largo de la vida.

Un trabajador que estudia no debería ser visto como alguien con menor disponibilidad para su organización. También puede ser una persona que está incorporando conocimientos, herramientas y perspectivas nuevas que luego se traducen en mejores capacidades para su propio trabajo.

Por eso, necesitamos avanzar hacia una cultura en que el sector público y el privado valoren activamente a quienes continúan formándose.

Debemos perfeccionar los mecanismos para compatibilizar trabajo y estudio, como acuerdos de horarios, facilidades en períodos de evaluaciones importantes, oportunidades de teletrabajo cuando la naturaleza de las funciones lo permita o mecanismos que hagan compatible la jornada laboral con determinadas actividades académicas.

No como una concesión extraordinaria, sino como parte de una manera moderna de entender el desarrollo de las personas. Pero esta responsabilidad no puede recaer únicamente en los empleadores.

Las instituciones de educación superior también tenemos un papel decisivo. En la Universidad Miguel de Cervantes hemos asumido esta realidad como parte de nuestro proyecto educativo, reconociendo que nuestros estudiantes trabajan, tiene responsabilidades familiares y requieren condiciones que permitan compatibilizar esas distintas dimensiones de su vida. Por eso, hemos avanzado en horarios, modalidades de enseñanza, recursos digitales, sistemas de acompañamiento y mecanismos de apoyo pensados especialmente para trayectorias educativas no tradicionales.

La educación superior también debe aprender a mirar la experiencia laboral como un activo. Quien llega a estudiar después de años de trabajo no comienza desde cero. Trae conocimientos, habilidades, experiencias y aprendizajes que pueden enriquecer su formación y también la de sus compañeros.

Aquí existe una oportunidad importante para Chile. En vez de entender empleo y educación como mundos separados, debemos construir una relación mucho más estrecha entre ambos. Que el sector público y privado faciliten la formación de sus trabajadores, instituciones educativas capaces de adaptarse a sus trayectorias y políticas públicas que valoren efectivamente el aprendizaje permanente.

Esto es cada vez más necesario. Las personas vivirán más años, tendrán trayectorias laborales más extensas y probablemente cambiarán varias veces de ocupación durante su vida. En ese escenario, la idea de obtener un título a los veinte años y utilizar esos mismos conocimientos durante cuatro décadas resulta cada vez menos realista.

El futuro del empleo estará inevitablemente unido al futuro de la educación. Por eso, junto con preguntarnos cómo generar más oportunidades de trabajo, debemos promover que una persona pueda seguir aprendiendo mientras trabaja.