El PAE cumplió 60 años: tiempo de reinventarse

El Programa de Alimentación Escolar (PAE) cumple seis décadas siendo uno de los pilares silenciosos del sistema educativo chileno. Su escala es difícil de dimensionar: moviliza más de 1.300 millones de dólares anuales, beneficia a cerca de 1,6 millones de estudiantes cada día y entrega casi 4 millones de raciones diarias en todo el país. Detrás de cada una de esas raciones hay manipuladoras de alimentos cuyo compromiso cotidiano hace posible que cada preparación llegue en condiciones adecuadas a los estudiantes, fortaleciendo sus trayectorias educativas. Es un programa que merece reconocimiento como también revisión y actualización.

El PAE nació para combatir la desnutrición infantil y reducir la deserción escolar en un Chile muy distinto al actual. Cumplió ese objetivo con creces, siendo pionero en Latinoamérica en el cuidado de la nutrición infantil, contribuyendo de manera decisiva a erradicar una de las formas más visibles de inequidad.

Al transcurrir seis décadas desde su implementación, Chile enfrenta una paradoja que resulta imposible ignorar: el programa que fue fundamental para combatir la desnutrición podría estar contribuyendo hoy a la crisis opuesta. La obesidad escolar en nuestro país es una de las más altas del mundo, alcanzando el 24,6% ya en primer año básico, y entre 2019 y 2022 los índices escalaron del 28% al 36% en quinto básico (Mapa nutricional de la Junaeb).

El problema hoy no radica solo en lo que se sirve, sino en cómo se consume. Si lo que se sirve no es del gusto de los estudiantes, éstos no consumen. Si les gusta, almuerzan en el colegio y luego en sus hogares. A esta realidad se suma la presencia de ultra procesados en los hábitos alimentarios infantiles, que compiten ventajosamente con los menús escolares en términos de palatabilidad, pero con consecuencias nutricionales conocidas. El resultado es un escenario donde el desperdicio de alimentos convive con el sobrepeso, y donde la baja aceptación de ciertos menús no es un detalle menor, sino una señal que el programa debe atender.

El desafío de hoy, por tanto, no es solo mejorar la calidad nutricional de los alimentos servidos -aunque eso es imprescindible- sino también asegurar que esa alimentación no genere desperdicio, que incorpore programas de educación alimentaria como componente estructural, y que su impacto real sobre la salud infantil sea evaluado de manera rigurosa y periódica. La reformulación nutricional del PAE debe ir de la mano de una estrategia pedagógica que enseñe a los niños a elegir, valorar y disfrutar una alimentación saludable. Sin esa dimensión educativa, ningún menú, por nutritivo que sea, logrará transformar hábitos.

Existe además un grupo de niños para quienes el menú escolar habitual puede ser directamente dañino: los celíacos y los alérgicos e intolerantes alimentarios cuyo único tratamiento efectivo disponible es una dieta centrada en eliminar el gluten, el trigo, o el alimento específico que provoca la reacción alérgica o la intolerancia, sin deteriorar la calidad nutricional de la dieta. El PAE Celíaco cobra especial relevancia si se considera que los productos sin gluten disponibles en el mercado cuestan entre dos y tres veces más que sus equivalentes convencionales, y frecuentemente no ofrecen garantías de seguridad.

Coacel ha trabajado junto a Junaeb para que el PAE incorpore esta realidad. Desde hace poco más de 10 años, Junaeb entrega una "canasta sin gluten" a los niños celíacos, un avance concreto pero que aún requiere profundización. Más compleja resulta la incorporación de los niños con alergias alimentarias, porque en cada caso el alimento a eliminar es distinto y no hay un factor común que permita tratarlos con una dieta unificada. Dado que quienes tienen capacidad de desarrollar una reacción alérgica pueden sensibilizarse a cualquier componente de la dieta -y no solo a la lista presente en las normativas-, la mejor opción sigue siendo facilitar permisos que les permitan llevar su propia alimentación a la escuela, sin obstáculos administrativos.

Este grupo de enfermedades no es una moda. Son condiciones reales que requieren diagnóstico preciso y tratamiento personalizado para evitar complicaciones graves. No mencionarlas en una discusión sobre el futuro del PAE sería invisibilizarlas.

Es oportuno revisar el programa de alimentación escolar chileno, no para eliminarlo, sino para reinventarlo a la altura del Chile de hoy: un país que ya no lucha principalmente contra la desnutrición, sino contra la obesidad, el desperdicio alimentario, los ultraprocesados y la falta de educación nutricional. La cobertura del PAE ha comenzado a evolucionar, y es una señal positiva: ya no basta con asegurar acceso a la alimentación; el estándar exigible es asegurar una alimentación saludable, aceptada por los estudiantes y útil para enfrentar la epidemia de obesidad infantil. El PAE chileno fue pionero. Si logramos reinventarlo para resolver las problemáticas alimentarias que existen hoy sobre la mesa, puede volver a serlo.