La salud mental no se delega: el vínculo también es una política pública

No es desconocido que, en la actualidad, Chile enfrenta una de las mayores crisis de salud mental de su historia. Las consultas psicológicas y psiquiátricas en niños y adolescentes van al alza. En las escuelas se reciben, cada año, estudiantes con mayores niveles de ansiedad, depresión, desregulación emocional, angustia y una temida desesperanza. Frente a este complejo escenario, la respuesta parece siempre la misma: precisamos más especialistas en salud mental y más acceso a estos.

La verdad es que sí, los necesitamos. Sin embargo, si seguimos creyendo que la salud mental comienza cuando un niño llega a una consulta, continuaremos llegando demasiado tarde. Si esperamos escuchar el eco en lugar de atender la voz, estaremos reaccionando solo frente a las consecuencias y no a las causas. Porque, cuando el río se desborda, ya es tarde para fortalecer sus orillas. La prevención exige aprender a escuchar aquello que aún se dice en voz baja, comprender que el silencio suele crecer mucho antes que el grito y que las señales más importantes casi nunca llegan haciendo ruido.

La evidencia científica ha sido consistente durante décadas. El desarrollo emocional de un niño depende, en gran medida, de la calidad de sus vínculos tempranos. La teoría del apego de John Bowlby refiere que las relaciones seguras con los adultos significativos constituyen el principal factor protector frente a múltiples problemas de salud mental, lo que nos lleva a exponer que entonces ese adulto no necesita ser un terapeuta. Necesita estar.

Sin embargo, hemos construido una sociedad donde el tiempo compartido parece haberse convertido en un lujo. Las jornadas laborales, los extensos desplazamientos y las exigencias económicas reducen las oportunidades de convivencia familiar. Paradójicamente, mientras aumentamos la preocupación por la salud mental, disminuimos el tiempo destinado a construir aquello que más la protege: el vínculo cotidiano.

Hoy los establecimientos educacionales contienen, escuchan, acompañan y sostienen emocionalmente a miles de estudiantes. Los docentes han debido transformarse en educadores, mediadores, orientadores y, muchas veces, en las únicas figuras estables que algunos niños encuentran durante el día. Lo que me lleva a decir algo que, aunque resulte incómodo, es indispensable: la escuela no puede reemplazar a la familia. Puede fortalecer vínculo, puede enseñar habilidades socioemocionales, puede convertirse en una comunidad protectora, pero no puede asumir el lugar que corresponde al hogar.

Si queremos salvar la salud mental de nuestra infancia, la pregunta ya no es cuántos especialistas nos faltan. La pregunta es mucho más incómoda: ¿Estamos organizando nuestra sociedad para que los adultos tengan tiempo de criar, escuchar y amar? Porque mientras no respondamos esa pregunta, seguiremos tratando con terapias las heridas que comenzaron con una ausencia.

Si de verdad creemos que la infancia es una prioridad, entonces nuestras decisiones también deben demostrarlo. Las políticas públicas deben garantizar que madres, padres y cuidadores dispongan de tiempo real para criar, acompañar y estar presentes. No basta con promover la conciliación entre el trabajo y la vida familiar como un ideal; es necesario convertirla en una condición posible. Porque cada conversación, cada juego, cada abrazo y cada momento compartido no solo fortalecen los vínculos: también son una de las formas más poderosas de prevenir el sufrimiento y proteger la salud mental de nuestros niños y adolescentes. Cuidar la infancia comienza por dar a los adultos el tiempo necesario para hacerlo.