La inteligencia artificial también necesita humanidades

Cada generación enfrenta decisiones que terminan definiendo el país que heredarán quienes vienen después. Hoy una de ellas está sobre la mesa: ¿Cómo fortalecer nuestro sistema científico para responder a los desafíos del siglo XXI?.

Es natural que, en un contexto marcado por la inteligencia artificial, la transición energética o la biotecnología, el debate se concentre en las disciplinas capaces de impulsar el desarrollo tecnológico. Chile necesita más investigación, más innovación y más transferencia de conocimiento; en eso no hay discusión. La pregunta es otra: ¿Quién definirá el sentido de esos avances?

La inteligencia artificial puede procesar millones de datos en segundos, puede optimizar procesos, apoyar diagnósticos o mejorar la productividad; pero no puede responder preguntas esenciales: qué entendemos por justicia, cómo protegemos la democracia, qué derechos deben resguardarse o qué tipo de sociedad queremos construir.

Esas respuestas siguen dependiendo de las personas. Y, por lo mismo, del conocimiento que aportan las humanidades, las ciencias sociales, las artes y la educación.

Lo mismo ocurre con el cambio climático, la salud pública o la seguridad. Ninguno de estos desafíos se resuelve únicamente con mejores tecnologías. También requieren comprender los territorios, las culturas, las comunidades y el comportamiento humano. Los grandes problemas de nuestro tiempo no distinguen disciplinas, las personas tampoco.

Por eso, plantear el futuro de la investigación como una competencia entre ciencias y humanidades es un error. La experiencia internacional muestra exactamente lo contrario: los países más innovadores son aquellos que han sido capaces de integrar distintas formas de conocimiento para enfrentar problemas complejos.

Ese es el espíritu del enfoque STEAM. No busca restar importancia a la ciencia ni diluir la excelencia académica, sino que busca reconocer que la innovación genera verdadero progreso cuando mejora la vida de las personas y cuando incorpora una mirada ética, social y cultural sobre los cambios que impulsa.

Como universidades públicas tenemos una responsabilidad ineludible. No solo formamos profesionales; formamos ciudadanos capaces de comprender la complejidad del mundo y de poner el conocimiento al servicio del bien común. Nuestra misión no termina en los laboratorios ni en las publicaciones científicas. También consiste en contribuir a que el desarrollo tecnológico fortalezca la cohesión social, la democracia y la calidad de vida.

Chile necesita fortalecer su ciencia, pero también necesita fortalecer su capacidad para integrar saberes, dialogar entre disciplinas y construir soluciones con una mirada de largo plazo. Porque el futuro no será construido únicamente por la inteligencia artificial. Será construido por la inteligencia humana que sea capaz de orientarla hacia un propósito común. Ese es, quizás, el desafío más importante de nuestro tiempo.