Feria de las pulgas

Los hombres y las mujeres que hicieron fila desde temprano en la vereda de la calle Arturo Medina 3684, en la comuna de Providencia, no buscaban pan, ni justicia, ni que los atendiera un médico. Buscaban un pedazo de memoria envuelto en papel de diario. Llegaban con las billeteras en la mano y con esa curiosidad casi obscena que despiertan las vidas ajenas cuando se desmoronan en público. Querían meterse al living de Patricio Aylwin, no para pedirle explicaciones a la historia, sino para comprársela por lote. Ver las tazas de té, las paletas de playa de los nietos y las ediciones gastadas de los libros de derecho de un expresidente, arrumbadas en el patio con una etiqueta de precio, dejó un vacío amargo. Fue la metáfora calcada del Chile que nos heredaron: una transición que empezó con discursos rimbombantes en los estadios y terminó convertida en una feria de las pulgas que estuvo disponible únicamente el jueves 30 y viernes 31 de julio de la semana pasada, liquidada al mejor postor en una brevísima apertura de solo dos días.

Se sentía una extraña mezcla de emociones al mirar esa cocina vacía y ese living donde alguna vez se sentaron los caballeros del poder. Ahí dentro, en ese mismo salón que llegó a recibir a renombradas figuras de la política y la cultura mundial, desde mandatarios globales como George H. W. Bush y Helmut Kohl, hasta gigantes de las letras como Gabriel García Márquez o líderes espirituales como el Dalái Lama, también tuvieron lugar los tensos cara a cara con Augusto Pinochet. En ese rincón, donde la propia familia Aylwin bautizó coloquialmente esos ásperos encuentros a puertas cerradas como los "rounds" de su padre contra el dictador para rayarle la cancha al estamento militar, se cocinaron también los famosos "consensos". Entre esos mismos muros se redactaron las leyes con letra chica y se parió esa criatura deforme que llamaron "en la medida de lo posible".

Pero que la casa se haya desarmado así nos obliga a correr el velo del mito doméstico. No estamos ante el altar de un héroe de la reconciliación pacífica, como insiste en repetir esa historia oficial que siempre huele a naftalina. Estamos ante los restos del naufragio de un diseño político: la figura de Aylwin como el articulador clínico de una democracia pactada, asustada, complaciente con el modelo neoliberal que el dictador dejó amarrado con alambre de púas antes de dejar el uniforme. El legado de la Concertación, expuesto hoy como un souvenir de anticuario, fue en el fondo el acta de una rendición. Hubo una ironía brutal, casi cruel, en este remate de garaje que desnuda esa pobreza cultural tan nuestra, ese desprecio del Estado por la memoria colectiva que prefiere dejar morir los museos antes que soltar una chaucha para evitar que el olvido se lo termine tragando todo.

Pero el verdadero dolor no es burocrático; es ideológico. El verdadero problema es la claudicación que se incubó en esas mismas habitaciones, donde una izquierda apaleada, adolorida y perseguida, todavía con las cicatrices del espanto en la piel, se sentó a la mesa junto a los vencedores que se suponía eran los perdedores y terminó embriagándose con el perfume del poder de los noventa. En algún momento de esa borrachera en pasillos y salones extraviaron la brújula de las transformaciones. Se volvieron administradores prolijos del modelo de la dictadura. Decidieron que era más cómodo aceitar la máquina heredada que atreverse a desmantelarla. Bajo esa anestesia moral se pavimentó el camino para la claudicación de la justicia. Decir "en la medida de lo posible" ante los crímenes más atroces no fue realismo político; fue bajar los brazos ante el ruido de sables y los políticos de uniformes que seguían mandando. Por eso causa tanta indignación recordar aquel agosto de 1991, cuando Aylwin le notificó al país, sin que le temblara la voz, que "la transición ya está hecha" y que Chile vivía en una democracia plena. Qué manera de edulcorar la realidad. Qué manera tan prematura de cerrarle la puerta en la cara a las víctimas.

En ese preciso instante, con Pinochet atornillado en la Comandancia en Jefe del Ejército y los senadores designados pasándose por buena parte los votos de la gente, en Chile no había un mínimo de decencia, ni de justicia, ni de las promesas originales que le hicieron a un pueblo que salió a la calle con la alegría y terminó recibiendo migajas. Al final del día, las veredas quedaron vacías y las repisas desiertas. Hay una lección ética, es verdad, en esa austeridad de clase media donde Aylwin vivió y gobernó; una sencillez que hoy nos golpea la cara al compararla con la obscena ostentación, las corruptelas y los sueldos millonarios de la clase política actual. Pero la modestia de sus muebles no puede tapar el tamaño de sus amarras políticas. La transición chilena no murió por una gran revolución ideológica, se deshizo silenciosamente en el inventario de una liquidación casera.

El relato de los 30 años ya no habita en las grandes alamedas; ahora descansa, desarmado, pactado y en oferta, convertido en el adorno de una vitrina privada que se vendió al mejor postor.