A veces la política consiste en un ejercicio tan sencillo y a la vez tan titánico como sentarse a mirar el horizonte. Nos hemos acostumbrado de tal manera al grito diario, a la trinchera digital y al veredicto inmediato de un me gusta, que cuando dos personas levantan la cabeza del barro para enfocar la vista a treinta años, el gesto nos parece casi un acto de ciencia ficción. Lo han hecho dos alcaldes jóvenes, de esos que lucen espléndidos bajo los focos de la televisión y se desenvuelven con naturalidad en los almuerzos de negocios.
Tomás Vodanovic y Jaime Bellolio decidieron estampar su firma en las páginas de la gran prensa para decretar cómo debe ser el porvenir del país durante las próximas tres décadas. El documento fue recibido en los pasillos de la política nacional con la misma ternura con la que se mira un dibujo infantil pegado con un imán en el refrigerador. Se le celebra la intención, el trazo limpio, la valentía de unir dos veredas en apariencia irreconciliables. Pero al desdoblarlo, lo que quedan a la vista son siete recetas de buena crianza; un itinerario amable para avanzar sin sobresaltos, como si las cicatrices abiertas de la calle y la memoria viva de los dolores que arrastramos se pudieran sanar de golpe con la lectura aséptica de un manual de carreteras. Es una invitación a pactar el mañana para que Chile deje de pretender partir de cero con cada gobierno de turno, como si nuestra historia fuera un eterno juego del luche donde siempre viene alguien a borrarnos la cancha.
El valor del diagnóstico es innegable. En un Chile bajo la administración de José Antonio Kast, donde la fragmentación del Congreso amenaza con volver crónico el estancamiento, que dos figuras jóvenes intenten tender puentes es, al menos, un síntoma de supervivencia democrática. Su texto funciona como un grito de auxilio frente a esa lógica de trincheras que convirtió la discusión pública en un lodazal estéril. Intentar blindar áreas críticas como la seguridad, el desarrollo tecnológico y la modernización del Estado frente a los vaivenes políticos es una urgencia que pocos se atreven a explicitar. Sin embargo, el problema radica en que este acuerdo descansa sobre una peligrosa ilusión: la creencia de que la empatía gestual puede sustituir a la articulación política real. La sintonía generacional entre Vodanovic y Bellolio es evidente, pero las coaliciones que los respaldan habitan planetas completamente diferentes, con deudas históricas que no se borran con una rúbrica. Mientras ellos redactan manifiestos a largo plazo, sus partidos ya sacan la calculadora y afilan los lápices para la próxima contienda electoral. ¿Cuánto tardará el ala dura de la derecha en acusar a Bellolio de entreguista? ¿Cuánto demorará el Frente Amplio en mirar de reojo a Vodanovic por sentarse con la UDI? El fuego amigo suele ser el más letal, y ya está cargando las armas en silencio. Lo que nos proponen con una sonrisa impecable no es un viaje hacia el mañana, es un pacto de caballeros en toda la regla. Representa el regreso melancólico a esa mesa oculta de la Transición donde unos pocos hombres con modales exquisitos deciden qué discusiones son tolerables para el país y cuáles deben ser sepultadas de inmediato porque meten demasiado ruido.
Gobernar requiere consensos, qué duda cabe. Pero el buenismo de esta propuesta elude deliberadamente los nudos ciegos donde la izquierda y la derecha inevitablemente van a colisionar: el rol del Estado, el modelo fiscal y la distribución de la riqueza. Sin resolver la matriz ideológica del conflicto, cualquier acuerdo es solo cosmética institucional; un oasis de sensatez en un desierto que, tarde o temprano, terminará por tragárselo. Dice la propuesta que los fines importan más que las vías, y esa es la trampa más peligrosa de todas. En democracia, el cómo se hacen las cosas lo es absolutamente todo.
Las reformas y las leyes son la carne y la sangre de la política, son las que definen si la salud es un derecho social o un negocio de mercado; si las pensiones de nuestros viejos dependerán de la dignidad real o de la ruleta rusa de las AFP. Pretender que nos pongamos de acuerdo en el destino final sin discutir el camino es un truco de prestidigitación técnica que solo deja tranquilos a los que ya viajan en primera clase. El consenso, cuando se impone desde arriba como una obligación estéticamente correcta, no es paz social, es simple anestesia. Hay una soberbia corporativa descomunal en este afán de congelar las próximas décadas bajo el plano técnico de una oficina. El Chile real, el que madruga en el paradero tiritando de frío, el que cuenta las monedas y simplemente no llega a fin de mes, no sufre por una falta de certezas institucionales redactadas por alcaldes de moda. Sufre porque el modelo cruje, porque la desigualdad duele en el cuerpo y porque las cúpulas hace rato que solo dialogan mirándose el ombligo. Una tregua amable en la gran prensa es una brillante campaña de marketing para presentarse ante la CPC y la Sofofa como los muchachos responsables que el país necesita frente a las turbulencias. Pero la historia no se clausura con firmas de buena voluntad ni se escribe en las salas de directorio. La historia sigue perteneciendo a los de abajo, a los que todavía tienen motivos reales y profundos para disputar el sentido de las cosas.
La iniciativa de Vodanovic y Bellolio es un ejercicio interesante en sus intenciones, pero en el Chile de hoy, donde la cultura de la gobernabilidad cotiza a la baja y el populismo acecha en cada esquina, la candidez puede costar muy cara. El papel lo aguanta todo; el barro de la cocina política, no. El consenso es una música hermosa, pero suele ser una música sin letra. El peligro de estos pactos transversales, sobre todo cuando se firman con una derecha que históricamente ha guardado bajo llave el modelo económico, es que en el altar de la gestión se terminen sacrificando las convicciones. Es muy fácil ponerse de acuerdo en que el Estado debe modernizarse; lo difícil es decidir si esa modernización sirve para fortalecer lo público o para seguir privatizando la vida. Es fácil acordar que se necesita crecimiento, pero la izquierda no puede olvidar que el crecimiento sin redistribución no es progreso, es simplemente acumulación.
No se trata de desconfiar por costumbre, sino de recordar quiénes somos. Bien está el diálogo y la tregua para asegurar que el agua llegue a las casas y que los colegios no se caigan a pedazos. Pero la justicia social no es un término medio, ni una media aritmética entre la solidaridad y el mercado. Ojalá esa invitación prospere por el bien de los chilenos. Pero que Vodanovic no olvide que el único norte de la izquierda debe ser transformar las estructuras de la desigualdad; y que Bellolio recuerde que la centroderecha no puede usar los consensos como un simple dique de contención para blindar los privilegios de siempre. Dialogar, siempre; ceder el futuro de los más vulnerables en nombre de la gestión, o congelarlo en nombre de la estabilidad, jamás.