La belleza de unificar

Asómate a la ventana.

Observa cómo la luz revela el mundo que nos rodea. Nos permite reconocer un rostro, distinguir los colores, contemplar un atardecer o mirar los cráteres de la Luna a cientos de miles de kilómetros de distancia. Durante siglos intentamos comprender la naturaleza de la luz, y la respuesta apareció donde nadie habría esperado encontrarla: estudiando la electricidad y el magnetismo.

Los antiguos griegos sabían que al frotar un trozo de ámbar este podía atraer pequeños objetos. También conocían piedras capaces de atraer el hierro. Quien haya jugado alguna vez con un imán sobre la arena negra de nuestras playas habrá visto algo parecido: ciertos granos, ricos en minerales magnéticos, se levantan y quedan adheridos al imán.

Tuvieron que pasar muchos siglos para que aquellas curiosidades comenzaran a revelar algo más profundo. A comienzos del siglo XIX ya habíamos aprendido a producir una corriente eléctrica de manera sostenida gracias a la pila de Alessandro Volta, pero electricidad y magnetismo seguían pareciendo fenómenos independientes. Hasta que una aguja lo cambió todo.

En 1820, Hans Christian Ørsted observó que una brújula se desviaba al acercarla a un cable por el que circulaba corriente. Había aparecido una conexión inesperada entre electricidad y magnetismo. Michael Faraday profundizaría poco después esa conexión: mostró que el magnetismo también podía producir electricidad, un principio que todavía hoy utilizamos para generar buena parte de la electricidad que consumimos. Algo comenzaba a revelarse: fenómenos que habíamos estudiado por separado parecían formar parte de una misma historia.

Entonces llegó James Clerk Maxwell. A mediados del siglo XIX consiguió reunir décadas de experimentos y descubrimientos sobre electricidad y magnetismo en una misma teoría, que hoy resumimos en cuatro ecuaciones. Y aquí ocurre algo que, incluso después de años enseñando física, sigue pareciéndome extraordinario: Maxwell estaba intentando comprender la electricidad y el magnetismo, pero sus ecuaciones terminaron llevándolo mucho más lejos.

De ellas emergía la posibilidad de que campos eléctricos y magnéticos se propagaran juntos por el espacio en forma de ondas. Pero había algo todavía más sorprendente: era posible determinar la velocidad a la que esas ondas debían propagarse. Y el resultado coincidía con una velocidad que ya conocíamos.

La velocidad de la luz.

Vale la pena detenerse un instante en lo que aquello significaba. Habíamos comenzado hablando de electricidad y magnetismo y habíamos terminado encontrando la luz: la que entra por una ventana, la que tiñe de rojo un atardecer, la que forma un arcoíris después de la lluvia o la que viaja desde una estrella hasta nuestros ojos. Maxwell comprendió que la luz era una onda electromagnética. Electricidad, magnetismo y óptica, que durante siglos habían seguido caminos distintos, formaban parte de una misma historia.

Eso es lo que encuentro hermoso. Hay descubrimientos que agregan una nueva pieza a nuestro conocimiento, pero hay otros que nos obligan a mirar de nuevo todas las piezas que ya teníamos. Una brújula, un relámpago y un rayo de sol dejaban de pertenecer a mundos independientes. Pensamos muchas veces que avanzar en el conocimiento significa acumular respuestas, saber cada vez más cosas sobre un universo cada vez más complejo. Pero algunos de los grandes momentos de la ciencia han ocurrido precisamente al revés: cuando conseguimos explicar más con menos y descubrimos una unidad profunda detrás de fenómenos que parecían completamente diferentes.

La historia no terminó ahí. Con el tiempo descubrimos algo todavía más fascinante: la luz que nuestros ojos pueden ver es apenas una pequeña ventana dentro de una realidad mucho mayor. Más allá están las ondas de radio, las microondas, el infrarrojo, el ultravioleta, los rayos X y los rayos gamma. Distintos nombres para regiones de un mismo espectro electromagnético.

Resulta extraordinario pensar que vivimos inmersos en una realidad mucho más rica que aquella que nuestros sentidos pueden percibir. Hoy aprovechamos esas ondas para comunicarnos por radio, conectarnos al wifi, hablar por celular o recibir información desde satélites. Pero quedarnos solamente con sus aplicaciones sería perdernos quizás lo más importante: mucho antes de transformarse en tecnología, todo esto nació de nuestra necesidad de comprender.

Este semestre he vuelto a enseñar Electromagnetismo a estudiantes de Ingeniería Física. Naturalmente, hay ecuaciones que aprender, campos que calcular y problemas que resolver. Es parte de aprender física. Pero hay algo que quisiera que permaneciera incluso después de que algunas de esas ecuaciones comiencen a olvidarse: el asombro.

Porque las ecuaciones de Maxwell no son hermosas solamente por su elegancia matemática. Lo son porque consiguieron reunir fenómenos que durante siglos parecieron independientes y mostrarnos que, detrás de ellos, existía una unidad que no habíamos sido capaces de ver. La ciencia no solo nos entrega respuestas útiles; también nos permite experimentar algo profundamente humano: la emoción de comprender.

La próxima vez que te asomes a una ventana probablemente no pensarás en Maxwell. Tampoco hace falta. Pero quizás mires la luz de una manera ligeramente distinta. Durante miles de años estuvo frente a nuestros ojos sin que supiéramos realmente qué estábamos mirando. Hicieron falta siglos de observación, preguntas y experimentos para encontrar la conexión.

Y el universo no perdió su belleza cuando logramos comprenderlo. Se volvió todavía más hermoso.