La inteligencia artificial puede construirlo todo, menos la primera idea

Hace unos años, en el marco de una comida donde la conversación derivó hacia las profesiones más insólitas y poco comunes, conocí a Alejandro. Mientras los demás compartíamos las rutinas habituales de nuestros predecibles trabajos, él soltó su ocupación con la serenidad de quien describe una tarea cualquiera: "Yo me dedico a estar enterado de las cosas". Ante la curiosidad de la mesa, nos explicó la arquitectura de su "negocio". Alejandro leía diarios internacionales, ensayos filosóficos y análisis económicos, además de ver muchas películas y leer las respectivas críticas; luego sintetizaba toda esa vorágine en resúmenes breves y asimilables. Sus clientes, personas importantes de la política y las grandes empresas, carecían del tiempo para estar al día, pero su posición les exigía demostrar en público un nivel de información y cultura del que realmente adolecían. Le pagaban para simular cultura y profundidad. Alejandro era, en esencia, una prótesis de conocimiento, un creador de espejismos de erudición para líderes sin tiempo.

En alguna parte de mi mente guardé la anécdota, probablemente en el cajón de "las vanidades del poder", hasta que se me apareció de improviso, mientras escuchaba una charla sobre "futuros posibles" en un seminario de inteligencia artificial convocado por la Asociación Chilena de Venture Capital. Los rostros del auditorio, colmado de ejecutivos y representantes de fondos de inversión de riesgo, compartían un gesto idéntico, entre fascinación y horror, buscando en la pantalla cualquier pista o clave que les diera algo de certidumbre en el futuro incierto que se nos viene de la mano de la tecnología.

Mi memoria no se activó por los datos proyectados, sino por la figura del expositor. El keynote speaker era un reconocido escritor de ciencia ficción: Julio Rojas -autor totalmente recomendado, a propósito-, que vive de hacerse constante y concienzudamente la pregunta: "¿Y qué pasaría si...?". No sólo utiliza esta premisa para estructurar sus obras ("El problema del fin del mundo", en serio, léanla), sino que ejerce como consultor para empresas que, precisamente, necesitan a alguien que imagine por ellas los escenarios posibles.

Recordé a Alejandro no tanto por el contenido técnico de la presentación, sino por el trasfondo del fenómeno, y el hilo invisible que conecta a ambos personajes. Los líderes de antaño le pagaban a Alejandro para que procesara y resumiera el presente por ellos, de la misma manera como ahora usan cualquier herramienta de IA; los ejecutivos actuales le pagan a creadores como Rojas para que imaginen su futuro. En ambos escenarios, el mundo directivo busca contratar externamente sus facultades mentales más íntimas. Resulta profundamente paradójico que, en un seminario dominado por el miedo constante a ser reemplazados por la inteligencia artificial, la capacidad de imaginar emerja como una cualidad esencial e irreductiblemente humana.

Existe hoy una marcada tendencia a atribuir a los algoritmos capacidades casi demiúrgicas. Sin embargo, al despojar al fenómeno de su envoltorio comercial, nos encontramos con lo que realmente es: un poderoso modelo estadístico. La inteligencia artificial no concibe verdades desde el vacío; calcula probabilidades. Su función consiste en encontrar respuestas (muy) apropiadas a nuestras preguntas, siempre y cuando esa información tokenizada ya exista previamente en su modelo de entrenamiento. La máquina procesa, sintetiza y recombina lo que la humanidad ya ha dicho, escrito o diseñado. Es un espejo retrovisor infinitamente sofisticado, capaz de predecir el milímetro siguiente del camino, pero incapaz de dar el salto hacia aquello que jamás ha sido nombrado.

Aquí se revela el verdadero punto de inflexión. La inteligencia artificial es una herramienta insustituible y prodigiosa para ejecutar, planificar y acelerar procesos. En un universo hipotético en el que las pirámides de Egipto no han existido jamás, si le pidiéramos a una IA que planifique la logística, optimice los materiales, diseñe la arquitectura y coordine la construcción, lo resolvería en una mínima fracción del tiempo que le tomó a la antigüedad. Minimizaría costos, anticiparía fallas tectónicas y distribuiría los recursos con una precisión quirúrgica.

Sin embargo, hay algo que la máquina jamás habría podido lograr: concebir la idea misma de la pirámide en un mundo donde no existen. No habría podido entrelazar la angustia ante la mortalidad, la fascinación por el cosmos y el deseo de trascendencia en una estructura monumental, e inútil, erigida hacia el cielo. Antes de que cualquier algoritmo comience a calcular el transporte de la piedra o a optimizar las tecnologías de construcción, alguien tiene que atreverse a mirar la nada e imaginar la estructura por primera vez.

Vivimos cautivos del temor a ser sustituidos por inteligencias sintéticas. Pero las lecciones de Alejandro y de Rojas se cruzan en un mismo diagnóstico. Podremos delegar el resumen de noticias, el procesamiento de datos, la programación o la logística de nuestros proyectos. Lo que jamás podremos delegar, sin extinguirnos, es el acto radical de imaginar lo inútil. La inteligencia artificial podrá construir las pirámides del mañana en cuestión de segundos, pero antes de que eso suceda, alguien tiene que imaginarlas primero.