El vínculo que no aparece en el puntaje

Si queremos entender por qué los estudiantes aprenden menos de lo esperado, quizás debamos dejar de mirar únicamente cuánto saben. PISA 2025 ofrece esa oportunidad. Junto con alertar que el 59% de los jóvenes de 15 años no alcanza los aprendizajes básicos en Matemáticas y que 38% presenta la misma situación en Lectura, la evaluación explora aspectos menos visibles: las condiciones en que aprenden, sus vínculos con la escuela y las oportunidades que encuentran dentro y fuera de ella. Ahí se encuentran algunas de las respuestas más relevantes para el futuro de la educación chilena.

El primero tiene que ver con el vínculo entre docentes y estudiantes. En Chile el 86,3% de los estudiantes declara el interés de los docentes por sus aprendizajes, muy por sobre la OCDE con 68%. Es una cifra alta, y lo es todavía más si se considera que ocurre en salas donde el 43% de los estudiantes percibe tensión en el clima de aula y el 21% de los estudiantes sufre violencia o bullying de forma recurrente.

Ese vínculo no resuelve por sí solo las brechas que muestra la prueba, pero es, probablemente, uno de los puntos de apoyo con los que ya contamos para empezar a cerrarlas. En un capítulo que publicamos recientemente en el libro "Cartografía Social 2025. Reconstruir el vínculo y la convivencia", documentamos algo que vemos a diario en nuestras escuelas de reingreso: un estudiante aprende mejor cuando siente que alguien lo conoce, confía en sus capacidades y está disponible para acompañarlo sin juzgarlo por su historia.

Sostener el compromiso con cada estudiante en ese contexto no es automático. Depende de profesores que, día a día, eligen seguir ahí. Reconocer y acompañar mejor ese trabajo no es un gesto simbólico: es cuidar lo que en Chile ya está funcionando, antes de que dejemos de contar con ello.

El segundo dato tiene que ver con cómo los propios jóvenes se ven a sí mismos frente al aprendizaje. El 73% de los estudiantes chilenos persevera frente a tareas complejas, por sobre el promedio de la OCDE, y 66% cree en su capacidad de superación cuando cuenta con el apoyo adecuado.

En nuestras escuelas hemos visto algo similar: llegan jóvenes con brechas importantes en aprendizajes, pero también con saberes construidos fuera del aula y una enorme disposición a aprender cuando encuentran un espacio que los reconoce. Que 13% de los estudiantes más vulnerables logre, pese a todo, un rendimiento sobresaliente confirma algo que no debería sorprendernos: el origen no define lo que un joven es capaz de lograr, aunque sí condiciona las oportunidades que tiene para lograrlo.

Gestionar bien esas expectativas, sin subestimarlas, acompañando la exigencia, es tan importante como cualquier contenido que midamos en una prueba.

Los resultados de la prueba PISA deben movilizarnos, y buscar las respuestas con visión sistemática y generar mejores condiciones para quienes han contado con menos oportunidades. El bienestar emocional, el buen trato y los vínculos sostenidos no son un complemento del aprendizaje: son parte de la respuesta. Cuidar esas condiciones, fortaleciendo a los docentes, acompañando las expectativas de los jóvenes y protegiendo el vínculo que los sostiene, es, probablemente, uno de los caminos más concretos que tenemos como país para que estas cifras empiecen a cambiar.