Hay una paradoja en nuestra política sanitaria: todos reconocemos que la Atención Primaria de Salud debe ser el eje del sistema, pero seguimos financiándola, en buena medida, con una lógica que no refleja la responsabilidad que le estamos entregando.
Cada año discutimos el monto del per cápita. Es necesario hacerlo, pero no es suficiente. La pregunta de fondo debería ser otra: ¿Cuánto cuesta hacerse responsable de la salud de una población?
Hoy esperamos que la APS no solo atienda a quienes consultan. Queremos que prevenga enfermedades, detecte precozmente el cáncer, controle enfermedades crónicas, aborde la salud mental, acompañe a las personas mayores, realice atención domiciliaria y resuelva oportunamente la mayor cantidad posible de necesidades de salud.
Es decir, estamos pidiendo una APS capaz de anticiparse a la enfermedad y no simplemente reaccionar frente a ella. Pero no podemos pedir esa transformación manteniendo una lógica de financiamiento centrada fundamentalmente en prestaciones y programas.
El per cápita debe representar algo más: el financiamiento de la responsabilidad sanitaria sobre una población determinada. Y esa responsabilidad no tiene el mismo costo en todos los territorios.
Una población envejecida, con alta multimorbilidad, pobreza o ruralidad requiere mayores capacidades que una población con características muy diferentes. Por eso, el financiamiento debe incorporar de manera mucho más explícita el riesgo y la necesidad sanitaria.
La equidad no significa entregar lo mismo a todos. Significa entregar los recursos necesarios para responder adecuadamente a necesidades diferentes.
También debemos revisar la fragmentación del financiamiento. Una APS integral no puede depender de múltiples programas y convenios que, en ocasiones, terminan condicionando la organización del trabajo. Necesitamos mayor estabilidad y flexibilidad, con objetivos sanitarios claros y una evaluación rigurosa.
Y aquí está otro cambio indispensable: debemos dejar de medir solamente actividad y comenzar a medir resultados. No basta saber cuántas consultas realizamos. Debemos saber si detectamos antes las enfermedades, si mejoramos el control de los pacientes crónicos, si prevenimos complicaciones, si reducimos hospitalizaciones evitables y si las personas tienen una mejor experiencia de atención.
Eso no significa renunciar al control del gasto. Al contrario. Significa preguntarnos dónde cada peso invertido produce mayor valor sanitario.
Una APS fuerte puede prevenir enfermedad, detectar oportunamente, resolver cerca de las personas y evitar que problemas que podrían haberse abordado tempranamente terminen en urgencias, especialistas u hospitales.
Por eso, Chile necesita avanzar hacia un nuevo pacto de financiamiento de la Atención Primaria, basado en suficiencia, equidad, estabilidad, integración y resultados.
La discusión del per cápita debería ser parte de ese proceso, pero no su punto final. Porque si realmente creemos que la Atención Primaria es el corazón del sistema de salud, debemos actuar en consecuencia.
No se trata simplemente de financiar más la APS. Se trata de financiarla de acuerdo con la responsabilidad que le hemos entregado. Y esa puede ser una de las decisiones más importantes para construir un sistema de salud más preventivo, oportuno, equitativo y sostenible.