El odio llegó antes del duelo

El dato más revelador sobre el antisemitismo posterior al 7 de octubre no corresponde a los meses de guerra, sino al día de la masacre. Según el Informe sobre Antisemitismo en Internet 2025 del Observatorio Web y el Congreso Judío Latinoamericano, durante septiembre de 2023 se detectaban en X alrededor de 4.000 mensajes antisemitas diarios. El 7 de octubre, mientras todavía se asesinaba y secuestraba a personas, la cifra superó los 200 mil mensajes en una sola jornada.

La secuencia importa. Ese estallido comenzó antes de la respuesta militar israelí. Mientras las familias se ocultaban en sus casas y llamaban a teléfonos que nadie contestaba, una parte de las redes ya celebraba la matanza, la relativizaba o culpaba a los judíos por lo que estaban padeciendo.

Aquella mañana, Hamás y otros grupos armados irrumpieron en comunidades civiles del sur de Israel, en ciudades, carreteras y el festival Nova. Cerca de 1.200 personas fueron asesinadas; más de 800 eran civiles. En total, 251 personas fueron secuestradas y llevadas a Gaza, entre ellas niños, mujeres, adultos mayores y familias completas; de ellas, 168 regresaron con vida.

Fue un ataque concebido y ejecutado contra la población civil. Tras entrevistar a 144 personas y verificar cientos de fotografías y videos, Human Rights Watch concluyó que el asesinato y el secuestro de civiles fueron objetivos centrales del plan, no excesos aislados ni consecuencias accidentales de una operación militar.

Los atacantes dispararon a personas que huían, lanzaron granadas dentro de refugios, irrumpieron en viviendas y prendieron fuego a casas con familias completas en su interior. Niños y adultos murieron quemados o asfixiados; otros fueron obligados a salir para luego ser asesinados o capturados. Comunidades enteras quedaron convertidas, en pocas horas, en escenas de exterminio.

También hubo violencia sexual. Una misión de Naciones Unidas, encontró motivos para creer que se cometieron violaciones y violaciones grupales en al menos tres lugares: el festival Nova y sus alrededores. La misma misión obtuvo información clara y convincente de que personas secuestradas sufrieron violaciones, tortura sexual y otros tratos vejatorios e inhumanos durante el cautiverio.

Entre los secuestrados estaban Shiri Bibas y sus hijos Ariel, de cuatro años, y Kfir, de apenas nueve meses. Yarden, el padre, fue capturado por separado cuando intentaba protegerlos. La imagen de Shiri abrazando a sus niños pelirrojos, rodeada por hombres armados, se convirtió en uno de los símbolos del 7 de octubre. Yarden recuperó la libertad después de 484 días. En 2025 se confirmó que Shiri, Ariel y Kfir habían sido asesinados en cautiverio.

Nada de esto ocurrió a escondidas. Los propios atacantes grabaron y difundieron parte de sus crímenes. Hubo sobrevivientes, cámaras de seguridad y abundante evidencia examinada por organismos internacionales y organizaciones de derechos humanos. Aun así, la negación comenzó casi al mismo tiempo que la masacre.

A los judíos del mundo nos ocurrió algo difícil de explicar. Descubrimos que nuestro duelo debía presentarse acompañado de explicaciones. Antes de expresar dolor había que fijar una posición política. Antes de recibir solidaridad había que responder por un gobierno extranjero.

Esa exigencia tiene un nombre: responsabilidad colectiva. El judío vuelve a ser tratado como representante de una fuerza que supuestamente actúa de manera coordinada. Puede haber nacido en Santiago y participado toda su vida en la construcción del país. De todos modos, se le exige responder por una guerra situada a miles de kilómetros.

Criticar a un gobierno es un ejercicio democrático. Hostigar a un estudiante judío, vandalizar una sinagoga, justificar una masacre o utilizar "sionista" como insulto o demonización pertenece a otra categoría.

El 7 de octubre dejó al descubierto algo más que la capacidad criminal del grupo terrorista Hamás. Mostró la rapidez con que el antisemitismo puede convertir a las víctimas judías en acusadas y someter su dolor a un examen político. Cuando una masacre necesita ser contextualizada antes de ser condenada, la deshumanización ya ha avanzado demasiado.

La democracia liberal enfrenta aquí una prueba decisiva. Debe proteger la libertad de expresión y el derecho a la crítica, pero también a las personas frente a la incitación al odio, la glorificación del terrorismo y la persecución por su identidad. La tolerancia democrática no exige indiferencia ante quienes celebran el asesinato de civiles.

Chile debe mirar esta experiencia con atención. Necesitamos educación sobre las formas contemporáneas del antisemitismo, una legislación eficaz frente a la incitación al odio, responsabilidad de las plataformas digitales y autoridades que condenen la violencia sin cálculos políticos. Recordar el 7 de octubre exige impedir que la mentira y la banalización ocupen el lugar de los hechos.

Los judíos seguiremos abriendo escuelas y sinagogas, celebrando nuestras festividades y participando en la vida pública. Nuestra respuesta al odio será una identidad vivida sin vergüenza y una ciudadanía ejercida plenamente. Cada vez que una persona puede decir su religión sin necesidad de calcular el riesgo, la democracia funciona. Ese es el país que debemos cuidar.