El ser humano no es un animal rápido. Cualquier perro nos gana una carrera, y un caballo nos deja atrás sin esfuerzo. Tampoco calculamos con rapidez: multiplicar dos números de cuatro cifras nos obliga a recurrir al papel, al lápiz y a la paciencia. Quizás por eso hemos sido tan ingeniosos al rodearnos de máquinas que hacen rápido lo que nosotros no podemos hacer. El auto y el avión acortaron distancias que antes tomaban semanas; la calculadora y el computador resolvieron en segundos operaciones que ocupaban jornadas enteras; y ahora la inteligencia artificial redacta, resume y responde en el tiempo que tardamos en formular la pregunta. Nada de esto es, en sí mismo, un problema. Son prótesis de velocidad y, gracias a ellas, vivimos mejor.
El problema aparece de manera más discreta. Poco a poco hemos empezado a describirnos con el vocabulario de nuestras máquinas. La modernidad imaginó el cuerpo como un autómata y el universo como un reloj; en el siglo XVIII, La Mettrie llegó a titular un libro "El hombre máquina". Hoy el lenguaje es otro, pero el gesto es el mismo: decimos que necesitamos "procesar" una noticia, que estamos "sin batería", que hay que "resetearse" después de una semana difícil. Son metáforas inocentes en apariencia. Sin embargo, el lenguaje con el que hablamos de nosotros termina por modelar lo que creemos ser y, sin quererlo, comenzamos a concebirnos como máquinas, solo que más lentas e imperfectas que las verdaderas.
Con la inteligencia artificial, este problema se ha agudizado y vale la pena detenerse a pensar por qué. Toda comparación es, en el fondo, una hipótesis. Cuando decimos que el corazón es una bomba, aplicamos a algo que no comprendemos del todo un modelo tomado de algo que sí comprendemos. La comparación es fecunda porque la bomba tiene su propia naturaleza, independiente de nosotros y del corazón, y por eso resiste. El corazón impulsa la sangre como una bomba, es cierto, pero genera su propio ritmo, ajusta su fuerza a las necesidades del organismo y responde a señales que ninguna bomba conoce. En esas diferencias está lo más valioso: cada punto en el que la comparación falla nos obliga a preguntar por qué y nos corrige. Buena parte de lo que sabemos del corazón lo aprendimos investigando en qué no se parece a una máquina.
Con la inteligencia artificial esa resistencia desaparece. Estos sistemas fueron construidos a partir de nosotros: redes inspiradas en las neuronas, entrenadas con enormes cantidades de lenguaje humano y ajustadas expresamente para responder como lo haríamos nosotros. El parecido no es un descubrimiento, sino el objetivo del diseño. Además, los describimos con palabras que les hemos prestado: uno de sus mecanismos centrales se llama "atención" por analogía con la atención humana. Si después concluimos que nuestra atención se parece a la de la máquina, solo estamos leyendo de vuelta el nombre que le pusimos. Es como un instrumento calibrado con lo mismo que pretende medir: siempre confirmará el resultado y, precisamente por eso, no nos dirá nada. Cuando la máquina se nos parece, no hay sorpresa ni desajuste que nos obligue a revisar lo que creíamos saber de nosotros mismos. Recibimos de vuelta lo que pusimos, y la comparación, en lugar de corregirnos, nos confirma.
Las consecuencias no son solo teóricas. Si nos pensamos como máquinas, es difícil no terminar esperando de las personas lo que se espera de una máquina: respuesta inmediata, disponibilidad permanente, rendimiento sin pausa, ausencia de errores. Lo exigimos a los demás y nos lo exigimos a nosotros mismos. En la universidad lo veo a diario: el correo que debió responderse ayer, el profesor o la profesora que debe leer más en menos tiempo, la investigación que se mide por la cantidad de productos, la tentación de evaluar el pensamiento por la velocidad con que se entrega. Así deshumanizamos y nos deshumanizamos, casi sin darnos cuenta, porque la medida de lo que consideramos un buen trabajo ha dejado de ser humana.
Frente a esto, quisiera recuperar una vieja máxima: festina lente, "apresúrate despacio". Es la forma latina de un proverbio griego cuyo autor desconocemos. Suetonio cuenta en su "Vida de Augusto" que el emperador, convencido de que nada convenía menos a un buen jefe que la precipitación y la temeridad, la repetía a menudo, junto con otra máxima que la ilumina: "Lo que se hace suficientemente bien, se hace suficientemente rápido". La frase no es un elogio de la pereza ni de la lentitud en sí. Es una afirmación sobre el tiempo de las cosas bien hechas: hay obras que no pueden apurarse sin echarlas a perder, y el razonamiento es una de ellas. Siglos después, el impresor veneciano Aldo Manuzio hizo de esta máxima su emblema: un delfín, el más veloz de los animales marinos, enroscado alrededor de un ancla. Rapidez y firmeza, movimiento y arraigo.
Me parece que festina lente puede leerse hoy como un acto de resistencia en el contraste entre el ser humano y la máquina. Resistencia personal, para darnos el tiempo que necesitamos para leer, pensar, conversar o rezar, actividades que no se aceleran sin vaciarse. Resistencia en nuestras relaciones, para conceder a los demás el tiempo que necesitan para comprender, equivocarse y volver a intentarlo, sin exigirles la inmediatez de un dispositivo. Y resistencia institucional, para que nuestras universidades y lugares de trabajo no midan lo humano con métricas pensadas para máquinas.
No se trata de renunciar a las máquinas, que nos facilitan la vida y seguirán haciéndolo. Se trata de no confundirnos con ellas. La velocidad es una virtud de los instrumentos; la sabiduría tiene otro ritmo. Necesitamos tiempo para hacer las cosas a modo humano. Como el delfín de Manuzio, podemos movernos con rapidez, siempre que no soltemos el ancla.