En una remontada sin precedentes, Luiz Inácio Lula da Silva (próximo a cumplir 81 años) dio vuelta el balotaje en Brasil tras perder la primera vuelta, alcanzando 51,78% de la votación con más de cuatro millones de votos de diferencia con Flavio Bolsonaro (48,2%), con una frenética campaña de marketing político digna de estudio que logró una suerte de "cerco sanitario" contra la ultraderecha, pero no desde los partidos políticos como en Europa (los otros candidatos se cuadraron con el bolsonarismo), sino generado por el propio pueblo movilizado.
Disminuyendo en tres millones la abstención electoral, con 80,9% de participación y aumentando en 10 millones su votación en primera vuelta y en cuatro millones su propia votación en 2022 cuando venció a Jair Bolsonaro (actualmente condenado a 27 años por intento de golpe de Estado y que provocó la muerte de ¡700 mil brasileños! por su funesta gestión negacionista del Covid), Lula revirtió la elección dotándola de una épica de defensa del régimen democrático ante la amenaza neofascista y miliciana que representa la familia Bolsonaro.
Provocando que miles de brasileños salieran a las calles como no se veía en décadas en ciudades como Sao Paulo o Belo Horizonte, Lula reactivó una movilización social como en la otrora sociedad de masas, principalmente entre jóvenes que reaccionaron ante la posibilidad de perder derechos ya adquiridos como la educación, tal como ocurrió en la Argentina de Milei con su obsesión de destruir el Estado desde dentro como un topo.
En sus palabras tras su contundente triunfo, Lula enfatizó que habían logrado derrotar al negacionismo miliciano, en alusión a los peligrosos nexos de la familia Bolsonaro con grupos paramilitares mafiosos con redes de crimen organizado que operan en las favelas, inspirados en los letales escuadrones de la muerte en dictadura.
Como nunca en las campañas electorales del ciclo de avance de las ultraderechas en el continente americano, Lula evidenció de manera frontal lo que el mundo ya intuía: la manipulación de los algoritmos a favor de su contendor, denunciando formalmente a Meta al Tribunal Superior Electoral por limitar artificialmente el alcance y la visibilidad de sus publicaciones. Asimismo, apeló al patriotismo brasileño, al denunciar la injerencia extranjera en el proceso electoral interno. Ya en su discurso ante la Asamblea General de la ONU en Nueva York en septiembre de este año, Lula había señalado que "Brasil no es el patio trasero de nadie" y criticó las aspiraciones territoriales de Trump sobre los recursos naturales brasileños (la Amazonía, el principal pulmón del mundo, estaba en riesgo bajo la conducción extractivista de Bolsonaro).
En un giro en su campaña digital, Lula (que increíblemente ni siquiera usaba celular) comenzó a tener una comunicación más directa con sus seguidores en redes sociales haciendo selfies y videos frontales, para representar mayor cercanía. Asimismo, el acierto de la estrategia del llamado "ejército de Lula", un grupo de WhatsApp liderado por el diputado federal André Janones que llegó a nueve millones de usuarios, coordinó la difusión masiva de contenidos y el cumplimiento de "misiones" para ganar visibilidad ante los algoritmos.
En una innovación en el uso de inteligencia artificial en campañas electorales, a diferencia de la ultraderecha que la usa para instalar fake news, el comando de Lula y los propios usuarios insertaron la figura del ahora cuatro veces Presidente vestido de terno azul bailando en videos ya virales de cantantes conocidos, lo que aumentó notablemente las visualizaciones y el engagement o interacción con el público. Tras el debate presidencial, donde Lula le exigió disculpas a Bolsonaro por llamarlo "nueve dedos" por su falta del dedo meñique que perdió por un accidente laboral cuando era obrero metalúrgico (momento que se viralizó), el estadista sumó 200 mil nuevos seguidores a sus redes.
A pesar de la rotunda diferencia de votos, avanzada la noche de la elección Flavio Bolsonaro no reconoció los resultados electorales y cuestionó la decisión de un juez que dictó una medida cautelar de extrema urgencia retrasando en dos horas el cierre de las urnas. Ello, dada la argumentación del comando de Lula, que consideró la reducción deliberada de autobuses por parte de alcaldes de oposición como maniobra para obstaculizar el traslado de votantes más vulnerables, quebrantado el principio de igualdad entre electores. Cabe mencionar que el propio comando de Bolsonaro también había solicitado prolongar el tiempo de votación debido a problemas climáticos en algunas ciudades.
La radical decisión del bolsonarismo de pedir la anulación de las elecciones presidenciales no sólo puede judicializar el proceso electoral y le resta legitimidad a la elección, sino que también refuerza el guion de la derecha radical que cuando no logra ganar las elecciones, las cuestiona o, incluso, manda a sus seguidores a tomar la institucionalidad democrática como lo hizo Jair Bolsonaro con el Palacio de Planalto, inspirado en Trump y el asalto al Capitolio.
El triunfo de Lula en las urnas por cuarta y última vez en la historia de Brasil constituirá un punto de inflexión en lo que -hasta ahora- había sido un avance irrefrenable de la derecha extrema en nuestro continente, confirmando que sí posible detener la funesta y empobrecedora ola imperialista y apelar a la defensa de la democracia y a los derechos conquistados históricamente, permaneciendo como bastión progresista junto a México.
Cuando Lula perdió la primera vuelta por dos millones de votos (lo que en su momento parecía irremontable), se trató de explicar el abandono del apoyo porque le hablaba a un sujeto social que ya no existía: los trabajadores no se identificaban como tales, sino como "emprendedores" o sus propios jefes. Los mismos que habían salido de la pobreza gracias a sus políticas sociales, que recibían transferencias monetarias por la Bolsa Familia y que ahora viajaban en avión, rechazaba su condición y se convertía en desclazados aspiraciones. Por su parte, las clases medias se veían amenazadas por la incorporación a ese estrato social de antiguos pobres.
Aunque puede haber bastante de aquella paradoja proceso social, el contundente triunfo de Lula vino a revitalizar categorías históricas de clase, de género y raciales, y a darle un nuevo impulso a las alicaídas promesas democráticas y de un futuro posible. Así como en 2016 Brasil lamentablemente inauguraba un período de lawfare o uso abusivo de procedimientos judiciales que se concretaría con el impeachment y golpe blando a Dilma Rousseff, con el triunfo de Lula de ayer el país que parece continente podría volver a liderar un cambio, esta vez en el movimiento del péndulo hacia el inicio del fin de la arremetida neoliberal y sus funestos resultados para pueblos arrepentidos por votar contra ellos mismos.