Tragedia en Nepal: lecciones para Chile sobre cómo gobernar el riesgo en desastres

Lo ocurrido en Nepal no es una tragedia lejana para nosotros. La evidencia apunta a que una masa de hielo y roca se desprendió en alta montaña del Himalaya, descendió cerca de 1.200 metros y fue incorporando materiales hasta transformarse en un flujo de detritos: una mezcla de agua, sedimentos y bloques de roca que avanzó río abajo. En algunos sectores, el nivel del río subió varios metros en pocos minutos. El fenómeno cambió mientras avanzaba y aumentó su capacidad destructiva. Esa secuencia también resuena en Chile.

Muchas veces pensamos los desastres como eventos únicos: una tormenta, un aluvión, un terremoto, una inundación. Pero en la montaña, algo que en Nepal y Chile sobra, los procesos pueden encadenarse y amplificarse. Una inestabilidad de roca o hielo puede transformarse en avalancha. Esta puede arrastrar sedimentos y represar un río. Si el represamiento colapsa, puede desencadenarse un evento mayor. Los Andes y el Himalaya son distintos, pero ambos presentan territorios donde roca, hielo, agua y sedimentos interactúan.

En 1987, la avalancha de hielo y roca de Parraguirre, en el Cajón del Maipo, movilizó millones de metros cúbicos y recorrió decenas de kilómetros sin una tormenta inmediatamente anterior. Se combinaron una acumulación inusual de nieve y temperaturas anormalmente altas. El riesgo se había estado construyendo antes de que la montaña fallara.

Treinta años después, Villa Santa Lucía mostró otra combinación: más de 100 milímetros cayeron en poco más de un día durante una tormenta cálida, con lluvia alcanzando cotas donde normalmente esperaríamos nieve. El deslizamiento ocurrió, además, en un ambiente marcado por el retroceso glaciar. El desastre se propagó cerca de 10 kilómetros río abajo y resultó de procesos que actuaban en escalas de tiempo diferentes. En pocos minutos se manifestó el resultado de procesos que se habían acumulado durante días, semanas, meses, años, décadas e incluso milenios.

¿Qué deberíamos aprender?

Primero, que en zonas de montaña debemos observar lluvias, nieve acumulada, temperatura, isoterma cero, fusión, caudales, evolución de glaciares y lagos, deformaciones de laderas y disponibilidad de sedimentos. La crisis climática agrega dificultad porque modifica las condiciones sobre las cuales construimos nuestra experiencia y puede generar combinaciones que el registro histórico no contiene.

Segundo, monitoreo y alerta temprana no son lo mismo. Tener sensores sirve poco si los datos no llegan, no se gestionan o no se interpretan. Un sistema de monitoreo se transforma en alerta temprana cuando existe una cadena completa de observación, transmisión, interpretación, definición de umbrales, decisión, comunicación de alertas, rutas de evacuación y simulacros.

El tercer aprendizaje es el que más cuesta, porque muchas veces se vuelve evidente después de la tragedia: la planificación territorial es inseparable de la gestión del riesgo. No podemos impedir que una montaña se desprenda ni que ocurra un terremoto, pero sí decidir dónde construimos viviendas, caminos, puentes, hospitales e infraestructura crítica, y qué nivel de exposición estamos dispuestos a aceptar.

En Chile tenemos instituciones, sistemas de monitoreo, capacidades científicas y experiencia acumulada. El desafío no es partir de cero, sino integrar esa información y convertirla en decisiones tangibles.

Nepal debiera dejarnos más que imágenes impactantes. Si sabemos que nuestros territorios están sujetos a cambios, ¿estamos cambiando también la forma en que los observamos, planificamos y ocupamos?

La política pública no puede controlar la montaña ni impedir todas las amenazas naturales. Pero sí puede decidir cuánto sabemos antes de que ocurra una falla, cuánto tiempo tendremos para reaccionar, dónde permitimos construir y cuántas personas estarán expuestas cuando suceda. Eso es gestionar el riesgo antes de los desastres.