Era el 20 de marzo de 2012 y el socialista Camilo Escalona Medina asumía la presidencia del Senado. Habían pasado más de 40 años desde que esa misma responsabilidad recayera en Salvador Allende. En su discurso de asunción dijo: "La libertad no puede ser reemplazada por una asfixiante desigualdad que, finalmente, niega la libertad que tanto sacrificio costó recuperar para nuestro país. A fin de cuentas, los ciudadanos, para defenderse y ser protegidos, no tienen más que la democracia".
Pocas frases lo retratan mejor. Leídas a la luz de su trayectoria, son la síntesis del socialista democrático e inclaudicable que fue.
Hace pocos días Camilo nos dejó, luego de enfrentar una enfermedad con esa tozudez tan suya. Por eso vale la pena detenerse en la huella que deja en Chile y en la vida de muchos y muchas que tuvimos la fortuna de aprender a su lado.
Camilo fue de esas personas que se forjan al calor de su tiempo y que la historia difícilmente repite: identidades únicas, porque los contextos que marcaron su vida también lo fueron. A los 13 años, ese joven de San Miguel decidió militar en la Juventud Socialista. Venía de un hogar obrero, con un padre comprometido con Salvador Allende; difícilmente podría haber tomado otro camino.
A los 17 años disputó las elecciones de la Federación de Estudiantes Secundarios en representación de las juventudes de la Unidad Popular, en uno de los momentos más convulsos de nuestra historia política. Del día del golpe recordaba una escena a la hora del desayuno, cuando su madre le dijo: "No quiero que a mi casa vuelva un cobarde".
Ese 11 de septiembre, el joven Escalona salió de su casa y no volvería a ella hasta 15 años después. Intentó resistir junto a otros estudiantes, recorriendo el centro de Santiago y San Miguel mientras las Fuerzas Armadas se tomaban el país.
Desde entonces vivió en peligro. Sobrevivió escondido en casas de compañeros y amigos. A los 19 años, ya con responsabilidades en el partido, fue enviado al exilio: primero a la Alemania Oriental, después a Cuba y Moscú.
Camilo se volvió indispensable para rearticular una juventud y un partido cuyos militantes, en Chile, eran asesinados, torturados y desaparecidos. Su gran mentor fue Carlos Lorca, secretario general de la Juventud Socialista y diputado, quien hasta hoy permanece como detenido desaparecido.
Luego vendría la tarea más importante de todas: volver. En 1983 entró clandestinamente al país, decidido a ejercer el derecho a vivir en su patria y a seguir trabajando en la articulación política para recuperar la libertad. De esa época Camilo hablaba siempre. Se empeñó en transmitir a las generaciones más jóvenes que el término de la dictadura no fue un "plácido fin", sino una disputa larga y ardua por la libertad.
Con su fallecimiento se cierra también un ciclo de la política chilena, que difícilmente vuelva a repetirse. Un ciclo en que las convicciones eran tan profundas que se jugaba la vida por ellas. Esos diecisiete años de horror quedaron marcados en la piel, por eso él nunca escatimó esfuerzos para afianzar la unidad de la centroizquierda chilena.
Camilo fue muchas cosas para muchas personas. Pero para nosotros, los jóvenes socialistas, los "cabecitas negras", fue una escuela. La prueba de que a los partidos no los conducen oligarcas, sino compañeros y compañeras que se miden por su palabra y su acción. Fue cinco veces presidente del Partido Socialista, 12 años diputado y ocho años senador, y aun así nunca dejó de asistir a las ceremonias de la juventud, a nuestras escuelas de formación y a nuestras conversaciones cotidianas. Nunca dejó de tomarse un té o un café "proletario", como decía él, con quien cruzara la puerta de París 873 buscando conversar. Aunque la charla fuera larga, difícil o crítica con él, jamás se negó al diálogo.
Creo que nadie encarnó mejor la idea de que la política es la vocación de articular mayorías para transformar la vida de las personas. En uno de sus tantos libros escribió: "Las ideas socialistas son una propuesta por la razón y por la justicia, que se abre paso abordando y solucionando la contradicción esencial de cada sociedad en el periodo histórico correspondiente".
Fue un socialista de tomo y lomo, que entregó sin egoísmo más de 50 años de su vida a la política. No a la que se sienta en las oficinas de lobby ni a la que usa los cargos para los aspavientos personales, sino a la política del diálogo, de la disputa de ideas, de la profundidad intelectual y concreta. Aquella que se sabe esencial para la democracia y que, con hechos, se trata de hacer cargo de la profunda desconfianza que separa al chileno de a pie de las decisiones que se toman sobre el país.
Camilo nos deja un ejemplo que sirve de guía en tiempos en que la política se confunde con espectáculo y en que nadie parece hacerse responsable del nivel al que ha caído el debate público. Un debate neurotizado por discursos xenófobos, racistas y discriminatorios, que polarizan convencidos de que así ganan la batalla.
La política puede ser mejor, y debe serlo. Camilo lo demostró. Ahora nos toca a las nuevas generaciones -jóvenes y no tan jóvenes- tomar la posta. Me cuento entre quienes, día a día, harán su mejor esfuerzo por esa causa. Gracias por todo, amigo y líder.