No es casualidad que durante el mes de mayo, y en particular el día 22, en Chile se conmemore el Día Nacional de la Memoria y Educación sobre Desastres Socionaturales. La idea de Ley 21.454, promulgada hace cuatro años, es incentivar en la población mejores prácticas preventivas y mantener una conciencia sobre estas temáticas.
Pero esa elección no es al azar. Es bien sabido que el día 22 de mayo de 1960 Chile experimentó el terremoto y tsunami más grande que la historia de la humanidad haya podido registrar: el colosal terremoto de Valdivia, de magnitud Mw 9.5. Terremoto que, por supuesto, fue inmediatamente seguido de un tsunami de tal potencia que llegó a causar destrucción en lugares tan distantes como Hawái y Japón. Sin embargo, el mes de mayo carga consigo el pasado de varios otros eventos "emblemáticos".
La madrugada del 25 de mayo de 1751, un terremoto y tsunami tumbaron la ciudad de Concepción, en ese entonces emplazada en Penco (de ahí el famoso gentilicio a los habitantes de Concepción), lo que terminó por mudar y reconstruir la ciudad en su actual ubicación. Ya más al norte sucede una historia muy singular. En 1868, el USS Wateree, un cañonero estadounidense, se encontraba en una misión en las costas peruanas. En mayo de ese año, en El Callao, Perú, producto de un brote de fiebre amarilla en la zona, su capitán decidió desplazarse a las costas de Arica.
Por desgracia, el 13 de agosto de ese año ocurrió un gran terremoto, que para su sorpresa, produjo la retracción del mar, dejando al navío encallado, para luego ser embestido por el tsunami que terminó por arrastrarlo cerca de 500 metros tierra adentro. Pasarían exactamente nueve años, cuando el 9 de mayo de 1877, ocurrió nuevamente un gran terremoto que fue acompañado por un tsunami. Maremoto que, por cierto, fue capaz de recoger el encallado, destruido y reconvertido USS Wateree para regresarlo al mar.
Estas anécdotas nos muestran la importancia de tomar conciencia sobre las condiciones en que una sociedad establece sus asentamientos, como también de las acciones, tanto preventivas como reactivas, que deben existir para salvaguardar la vida de las personas y minimizar las interrupciones o alteraciones a las actividades comerciales, sociales, entre otras.
Afortunadamente, desde el año 2010, y como consecuencia del conocido 27F, Chile ha mejorado fuertemente su capacidad de vigilancia y fortalecido su desarrollo en temáticas de investigación y generación de conocimiento, tanto fundamental como aplicado, específicamente en materias de terremotos y tsunamis.
Con el paso de los años, el país ha desarrollado capacidades propias, tanto en capital humano como tecnológico. Esa es, sin duda, la senda correcta que debiera mantenerse para garantizar la independencia y autonomía en materias tan críticas como son la seguridad nacional y, en última instancia, la vida de las personas.