Educar siempre ha sido una tarea hondamente humana. Pero antes de transmitir sapiencias, conocimientos y cátedras, los docentes edifican construyendo relaciones sociales. Y antes de resolver un conflicto, una comunidad educativa decide, consciente o inconscientemente, cómo quiere relacionarse.
Hemos tratado durante años mejorar la convivencia escolar con más intervención, nuevas estrategias y, claro, incorporando nuevos y abultados protocolos que contienen un sinfín de acciones. Pero cada vez me convenzo más de que estas no son respuestas suficientes, que quedan cortas y que aporta más a la educación el preguntarnos cómo habitamos nosotros la convivencia escolar y la escuela.
Hay escuelas con reglamentos realmente correctos, intachables, pero con comunidades profundamente quebradas y dolientes, y también he visto escuelas con recursos limitados en las cuales el respeto, el compromiso, la alegría, la pertenencia y la colaboración se viven cotidianamente. La diferencia al parecer no radica únicamente en la gestión, reside con mayor fuerza en el tipo de relaciones que construye la institución, en la calidad de los vínculos y la importancia que se les otorga a estos.
Por eso convoco a mirar la convivencia desde una perspectiva distinta: la vinculación pedagógica, sé que no es algo nuevo, pero es algo que hemos ido mecanizando, convirtiéndolo en una mera métrica cuantitativa, olvidando la importancia de relacionarnos desde lo elemental del sentir. La vinculación pedagógica es una decisión profesional y no un gesto afectuoso aislado ni una habilidad reservada para quienes tienen un carisma especial; y tiene que ver con la comprensión de la interacción, ya sea un saludo, una reunión de apoderados, una clase, una conversación, etc. Entonces es entender que toda relación social permite debilitar o fortalecer la cultura escolar que es colectiva, que comienza con el liderazgo y se expresa en cada relación cotidiana.
Cuando una directora escucha antes de decidir, cuando acompaña profesionalmente el desarrollo de la gestión de su equipo está fortaleciendo la confianza. Cuando un profesor corrige con respeto sin renunciar a la exigencia, está formando carácter. Cuando un estudiante siente que pertenece a su escuela, aumenta su disposición para aprender, para asistir y así también dispone de una autoestima escolar en ascenso, que le permite soñar sin barreras.
Y tal vez ese sea el desafío más profundo del liderazgo educativo del siglo actual; comprender que los mejores resultados no nacen del control, sino de la confianza; no del miedo, sino del sentido de pertenencia; no de la imposición, sino de la capacidad de vincular. De la cooperación más que de la competencia. Es lo que nos lleva a construir desde la relación social el puente más sólido ante sismos y mareas que provocan a veces el ímpetu de la naturaleza humana.
Que lo que recordamos con añoranza de todo nuestro transito escolar son las experiencias en común, nuestra relación con el otro y es a las personas que para nosotros fueron especiales, por la forma en que nos trataron, por el vínculo construido. Porque las escuelas dejan huellas no solo por lo que enseñan, sino por la forma en que hacen sentir a quienes forman parte de ellas, eso es lo que las hace invaluable, única y para siempre.