El pasado miércoles, la Cámara Baja despachó a Hacienda la reforma al Sistema de Admisión Escolar. Semanas antes, el Tribunal Constitucional dejó fuera buena parte de Escuelas Protegidas, que ya es ley. Los dos debates son legítimos: uno define cómo entran los niños al colegio, el otro qué ocurre con ellos adentro. Ninguno se refiere al que no llega.
En junio, la OCDE publicó Every Day Counts, sobre asistencia escolar en 45 sistemas educativos. Chile aparece -junto a Eslovaquia- con las mayores tasas de ausentismo en Cuarto Básico entre 59 países, y con tendencia al alza desde 2015. La ausencia grave (menos del 85% de asistencia anual) era 19,4% en 2018 y subió a 27,1% en 2024: seguimos muy por encima del nivel pre pandemia.
En media, en cambio, estamos entre los sistemas con menos inasistencia del mundo. En el resto de los países la inasistencia aumenta con la edad. Acá ocurre al revés, y la OCDE lo anota como anomalía sin resolverla.
Debiéramos seguir esto nosotros, porque un niño de siete años no decide faltar: lo llevan o no lo llevan. Eso corre la conversación desde el estudiante hacia el hogar y hacia lo poco que la escuela alcanza a hacer con ese hogar cuando las cosas se ponen difíciles.
Y tiene una consecuencia práctica. Chile cuenta desde 2019 con un Sistema de Alerta Temprana, hoy disponible en establecimientos públicos y subvencionados. Cruza registros administrativos y entrega a cada director la lista de estudiantes en riesgo de salir del sistema. La OCDE destaca que lo tengamos. Pero, según la información que publica el propio ministerio, identifica a estudiantes de séptimo básico a cuarto medio y nuestro peor indicador está en cuarto básico. El SAT se diseñó contra la deserción y para eso funciona. La inasistencia grave de un niño de básica responde a otras causas y no tiene un dispositivo que la mire.
Se me ocurren algunas acciones que no necesitan de una ley para ejecutarse:
Ese promedio puede incluso subir mientras los mismos niños siguen sin venir. Saber cuántos estudiantes en alerta volvieron y cuántos seguían yendo tres meses después, dice bastante más.
Queda la pregunta que la OCDE dejó abierta y que nos toca responder a nosotros: ¿Por qué somos el país donde los niños chicos faltan más que los grandes? La respuesta está en las casas de esos niños y para llegar ahí no basta con una lista.