Cada septiembre volvemos a hablar de alcohol, velocidad, distracción, cinturón y fiscalización. Las recomendaciones cambian poco porque los factores de riesgo tampoco son nuevos. Por eso, quizás el verdadero desafío ya no sea seguir acumulando diagnósticos, sino preguntarnos cómo lograr que aquello que sabemos se transforme efectivamente en decisiones, prácticas y políticas capaces de prevenir antes de que exista una víctima.
Durante los últimos cinco períodos de Fiestas Patrias, entre 2021 y 2025, Chile registró 5.240 siniestros viales, 157 personas fallecidas y 544 lesionadas graves. Las cifras deben leerse con cautela porque cada celebración tuvo una duración distinta, pero incluso al observar los promedios diarios el problema persiste. Dependiendo del año, murieron entre cinco y casi ocho personas por día durante estas festividades.
Tampoco desconocemos las conductas que se repiten. En esos cinco años, la conducción no atenta concentró cerca del 36% de los siniestros registrados durante Fiestas Patrias, mientras que la conducción en estado de ebriedad representó alrededor del 18%. A ellas se suman la velocidad, la distancia imprudente y otras conductas de riesgo.
Sabemos qué ocurre, sabemos cuándo ocurre y sabemos qué conductas vuelven a aparecer. La pregunta que deberíamos hacernos entonces es otra. ¿Por qué seguimos esperando resultados diferentes si seguimos actuando y comunicando de la misma manera?
Durante años, buena parte de la prevención vial ha descansado en mensajes individuales como "si vas a beber, no manejes", "usa cinturón", "respeta la velocidad" o "no mires el teléfono". Son mensajes correctos. El problema es que probablemente ya los hemos escuchado todos.
Las personas pueden saber perfectamente que conducir después de beber es peligroso y, aun así, hacerlo. Pueden conocer el límite de velocidad y superarlo porque consideran que tienen experiencia suficiente. Pueden saber que mirar el teléfono distrae y convencerse de que serán solo unos segundos.
En Fiestas Patrias estos autopermisos sociales aparecen con especial claridad. "Son pocas cuadras", "tomé hace rato", "yo manejo bien", "todos van rápido", "nunca me ha pasado nada". Mientras la consecuencia no ocurre, la ausencia de daño puede terminar funcionando como una validación de la conducta.
Ese es precisamente uno de los sentidos de El Impacto Invisible, la campaña que estamos desarrollando junto a Los Cóndores. El concepto busca poner atención en ese momento previo en que el riesgo existe, pero todavía no se percibe con toda su gravedad porque no ha producido una consecuencia visible.
El impacto se vuelve visible cuando ya existe una víctima. Y entonces llegamos tarde. El desafío no es solo entregar consejos individuales. También necesitamos construir condiciones que permitan tomar decisiones seguras antes, durante y después de una celebración.
Eso implica fiscalización visible, controles suficientes de alcohol y drogas, tecnología para detectar velocidad, infraestructura coherente con las velocidades permitidas, alternativas de transporte seguras y una comunicación que no solo diga qué no hacer, sino que ayude a comprender por qué esa conducta puede afectar a otra persona.
La fiscalización, en ese sentido, no debería entenderse solamente como una herramienta sancionatoria. Su principal valor preventivo está justamente en actuar cuando todavía no existe una víctima. Un control de velocidad sirve antes del atropello. Un alcotest sirve antes del choque. Un narcotest sirve antes de que alguien pierda el control del vehículo.
Cuando la política pública interviene después de una muerte, ya estamos hablando de persecución penal, reparación y acompañamiento. Todo ello es indispensable, pero la prevención debió ocurrir antes. También necesitamos modificar la pregunta con la que enfrentamos el riesgo.
Durante mucho tiempo hemos tendido a pensar desde el "¿qué me puede pasar?". Puedo recibir una multa, perder la licencia, ser detenido, tener un siniestro.
Pero conducir siempre implica a otros. La pregunta debería ser ¿qué puedo provocar con mi decisión? Cuando entendemos eso, la seguridad vial deja de ser solamente una cuestión de autocuidado y pasa a ser también una cuestión de convivencia y responsabilidad compartida.
No basta con producir normas técnicamente correctas. Necesitamos construir condiciones para que esas normas tengan sentido en la vida cotidiana.
El límite de velocidad no existe para incomodar a quien conduce. Existe porque la velocidad modifica nuestras posibilidades de reaccionar y las probabilidades de que una persona sobreviva a un impacto. El control de alcohol no existe para arruinar una celebración. Existe porque sabemos que alcohol y conducción son una combinación capaz de transformar una decisión aparentemente pequeña en una consecuencia irreversible.
Después de tantos años de estadísticas, campañas y diagnósticos, quizás el desafío para estas Fiestas Patrias sea dejar de preguntarnos qué información nos falta.
La seguridad vial no comienza cuando contamos las personas fallecidas después de un fin de semana largo. Comienza varios días antes, cuando planificamos cómo regresaremos a casa, cuando decidimos cuánto fiscalizar, cuando diseñamos una vía, cuando elegimos nuestra velocidad y cuando comprendemos que nuestras decisiones afectan también a personas que nunca eligieron correr ese riesgo.
El desafío ya no es saber qué debemos prevenir. El desafío es lograr que aquello que sabemos importe antes de que el impacto deje de ser invisible.