El problema de la automatización cuando la productividad no se reparte

Cada vez que una nueva tecnología promete "hacer más con menos", conviene preguntarse: ¿Menos qué, y a costa de quién? La inteligencia artificial y la automatización avanzada están generando una transformación que tiene el potencial de cambiar nuestras formas de producción de manera más profunda incluso que la ocurrida durante la revolución industrial. El ritmo de avance es tan acelerado, que el debate sobre quién se queda con las ganancias de productividad está ocurriendo casi en tiempo real, y sin instituciones con la capacidad real para procesarlo.

Buena parte de los avances tecnológicos que vemos hoy no apuntan a que cada trabajador produzca más, sino a que la empresa necesite contratar menos. Distinguir esta diferencia entre el aumento de la productividad media y la productividad marginal por trabajador es fundamental para prever los efectos laborales de una inclusión tecnológica. Mientras que el solo aumento de la productividad media permite proyectar reemplazos laborales donde es el empleador el que captura la ganancia en eficiencia, el aumento también de la productividad marginal es el que generará nuevos puestos de trabajo logrando que parte de los beneficios del cambio tecnológico lleguen también a los trabajadores y trabajadoras.

El ejemplo más cotidiano lo vemos en los supermercados con las cajas de autoservicio. Ahí, el trabajo que antes hacía un cajero ahora lo hace una combinación entre una máquina y el propio cliente, que sin saberlo asumió una tarea no remunerada. La empresa reduce su necesidad de contratar y su costo laboral por unidad vendida, pero no hay una ganancia de productividad por trabajador que se traduzca en mejores salarios, ni una ganancia social compartida. La eficiencia se capturó, pero no se repartió.

Este patrón, replicado a escala en múltiples industrias, se conoce como sustitución de tareas rutinarias. No es automatización que complementa al trabajador y lo hace más productivo, sino que es automatización que lo reemplaza sin generar, al mismo tiempo, nuevas tareas para los trabajadores que fueron liberados de su tarea anterior.

Si este patrón se mantiene sin contrapesos, el escenario no es solo "más desempleo": es un desempleo que convive con una alta capacidad producción, porque las máquinas pueden seguir produciendo, aunque los trabajadores no consuman. Esto genera un círculo con varias etapas:

  • Menor masa salarial agregada, porque hay menos personas empleadas o empleadas en condiciones más precarias
  • Menor capacidad de consumo de los hogares, que dependen mayoritariamente del ingreso del trabajo
  • Freno a la demanda agregada, que termina golpeando el crecimiento económico general, incluso el de las propias empresas que automatizaron
  • Mayor concentración de la riqueza en quienes son dueños del capital (las máquinas, los algoritmos, las plataformas), profundizando la desigualdad

La paradoja es que ninguna empresa individual tiene incentivos para frenar esta lógica, ya que cada una gana al reducir su costo laboral, pero el resultado agregado puede terminar perjudicando a la economía en su conjunto, incluidas las mismas empresas que impulsaron el cambio.

Para modificar esta tendencia, hay dos aproximaciones posibles, que no compiten sino que se complementan.

La primera es asumir que se necesitará menos trabajo humano, y repensar las formas en que se reparte el ingreso desde esa premisa.

Si la tendencia de fondo es que la economía necesita menos horas de trabajo humano para producir lo mismo (o más), el problema no es solo generar empleo, sino desacoplar el ingreso y la capacidad de consumo de las familias del número de horas trabajadas. Dos instrumentos de política que apuntan en esa dirección:

  1. Renta básica universal y/o garantizada: con algunos ejemplos piloto en Finlandia, Irán, Kenia y varias ciudades de Estados Unidos, aunque ningún país la ha adoptado aún como política permanente a escala nacional. El principal aprendizaje de estos pilotos es que mejora bienestar subjetivo y salud mental, pero con evidencia mixta sobre su efecto en participación laboral y con un debate abierto sobre mecanismos de financiamiento
  2. Reducción de la jornada laboral: busca repartir el trabajo disponible entre más personas en lugar de concentrar las horas en menos trabajadores. Es una discusión que ya está instalada en Chile con la ley de 40 horas, pero que podría profundizarse específicamente como respuesta a la automatización, no solo como mejora de calidad de vida

 

La segunda aproximación dice relación con incentivar que la tecnología cree empleo y desincentivar aquella que solo lo reemplace

Este camino busca que la incorporación tecnológica esté acompañada de una contrapartida, ya sea en nuevos puestos o en financiamiento para quienes pierden el suyo. Aquí hay dos mecanismos centrales, ambos con antecedentes de política comparada:

  1. Impuestos a la automatización ("robot tax"): la propuesta más conocida es la de Bill Gates (2017), que planteó gravar a las empresas que reemplazan trabajadores por robots de forma equivalente al impuesto que habría pagado ese trabajador. La Unión Europea debatió formalmente esta idea en 2017 y la rechazó, principalmente por temor a desincentivar la inversión y desplazarla a otras jurisdicciones. Corea del Sur, en cambio, optó por una vía más indirecta: redujo los incentivos fiscales a la inversión en automatización, sin crear un impuesto nuevo
  2. Aporte diferenciado a la seguridad social: la idea es que las empresas o sectores que más intensifican el reemplazo de mano de obra por tecnología contribuyan en mayor medida a los sistemas de protección al desempleo. Francia tiene antecedentes parciales con fondos sectoriales de reconversión financiados con cotizaciones diferenciadas, usados históricamente en sectores en declive como la minería o el textil

 

El obstáculo común a ambas ideas, además de político, es técnico: ¿cómo se mide, en la práctica, qué empresa está "reemplazando" trabajadores por tecnología? Algunas posibles respuestas a esta pregunta son:

  1. Ratio insumo-producto aplicado a la creación/destrucción de empleo: comparar el crecimiento de la inversión en capital automatizado de una empresa contra la variación de su dotación de personal, controlando por su nivel de producción. Es preciso, pero exige información que hoy no capturan los sistemas tributarios
  2. Intensidad de tareas rutinarias: índices que estiman qué tan automatizable es cada ocupación. Son útiles para anticipar qué sectores están en riesgo, pero miden probabilidad, no reemplazo efectivo
  3. Despido concurrente con inversión tecnológica: revisión de despidos colectivos dentro de una ventana de tiempo después de una inversión en automatización
  4. Intensidad de capital por trabajador a nivel sectorial y revisión de tendencia en el tiempo: sirve más para diagnóstico agregado -decidir qué sectores debieran aportar más- que para calcular el aporte de una empresa en particular

 

Más allá de plantear un único camino de solución, me parece relevante que estos temas se discutan con mayor prioridad ante la magnitud del cambio que estamos viviendo. La automatización no es un problema per se y tiene el potencial de mejorar sustancialmente la calidad de vida de las mayorías. El problema es que, tal como está ocurriendo hoy, sus ganancias se concentran casi exclusivamente en el capital, sin mecanismos que devuelvan parte de esa ganancia a quienes quedan fuera del mercado laboral o ven precarizados sus trabajos. Los aumentos de productividad producto de la adopción de nuevas tecnologías son una buena noticia, sin embargo, el problema se produce cuando el reparto de los beneficios asociados sigue las mismas reglas de un mercado laboral que la propia tecnología está dejando obsoleto.