Desorientación de la política tradicional

No constituye novedad alguna constatar el extravío que aqueja a la política tradicional chilena. Esta falta de norte compromete tanto a la centroizquierda como a la centroderecha, cada cual con sus propias particularidades. Tanto en Chile como en el concierto global, las fuerzas emergentes nacidas en los bordes del sistema y posicionadas en los extremos del espectro ideológico han terminado por arrebatar la iniciativa y reconfigurar los ejes de poder.

Desde las elecciones de 2021, tras quedar relegados a una posición subordinada respecto del Frente Amplio, los partidos de la otrora Concertación transitan entre la irrelevancia y la gesticulación testimonial. Ejecutan acciones espasmódicas destinadas a marcar un punto mediático efímero, útiles para el consumo inmediato en redes sociales, pero estériles en el tablero de la política real. Como han advertido diversos analistas, a este sector le falta un horizonte estratégico y una narrativa capaz de proyectar gobernabilidad hacia el futuro.

La comodidad de haber integrado una administración que requirió de su oficio técnico terminó por adormecerlos. Esa experiencia, en lugar de servir como base para renovar su ideario, consolidó su subordinación y los dejó reducidos a una oposición desarticulada, carente de audacia e infinitamente distante de aquella coalición que lideró el país durante tres décadas.

En la otra vereda, el panorama no resulta más alentador. Si bien Chile Vamos participa de la administración del Estado en una frágil cohabitación con el Partido Republicano, el resultado de la última contienda presidencial donde su abanderada quedó relegada a un distante quinto puesto evidenció el agotamiento de su propuesta histórica. Ni siquiera el despliegue de una figura consolidada logró convencer a una ciudadanía cuya demanda prioritaria exige orden, certidumbre económica y soluciones concretas para su vida cotidiana.

La aparente estabilidad de la centroderecha frente al desconcierto opositor es engañosa. Sus partidos tradicionales encaran hoy el dilema de compartir responsabilidades de gobierno con quienes hasta ayer los impugnaban bajo el mote de "derechita cobarde", al tiempo que deben articular pactos electorales pragmáticos para conservar representatividad parlamentaria y contener al bloque progresista.

El desafío de la política tradicional es mayúsculo. Al no anticipar la consolidación de las fuerzas identitarias que crecieron a sus costados, tanto la centroizquierda como la centroderecha arriesgan la extinción de su gravitación histórica. De persistir en su inercia, terminarán consumidas por el síntoma más letal de la vida pública: la irrelevancia.