Chile se corta en dos

El temporal que afecta a gran parte del país ya constituye una catástrofe en las zonas más golpeadas. Hasta el miércoles se registraban 13 personas fallecidas, siete desaparecidas, más de 63 mil aisladas y miles de viviendas dañadas. En Coquimbo y la provincia de Huasco se declaró Estado de Excepción Constitucional de Catástrofe. A las pérdidas humanas y materiales se suman cortes de electricidad, agua potable y telecomunicaciones, junto con la interrupción de numerosos caminos.

Uno de los efectos más preocupantes ha sido el corte de distintos tramos de la Ruta 5. Entre La Serena y Vallenar, los desbordes, derrumbes y socavones han interrumpido la circulación en numerosos puntos, desde el sector de Puente Juan Soldado, al norte de La Serena, hasta Punta Colorada y la Cuesta Pajonales, cerca del límite entre Coquimbo y Atacama. Más al norte, el agua también cortó la conexión entre Vallenar y Copiapó. A ello se agregan los daños en la Ruta 41 y en caminos secundarios que conectan la costa con los valles interiores.

No se trata solamente de un problema vial. Cuando se interrumpe la Ruta 5, se dificulta el traslado de alimentos, medicamentos, combustible, equipos de emergencia y personal sanitario. También se impide que la producción agrícola llegue a los mercados y que las comunidades aisladas accedan a servicios esenciales a tiempo.

La Sociedad Nacional de Agricultura advirtió que existe una "alteración en la distribución, pero no en la cantidad de alimentos disponibles". La distinción es fundamental: el país puede disponer de alimentos suficientes y, al mismo tiempo, enfrentar desabastecimientos locales si no puede llevarlos hasta donde se necesitan y en el momento en que se necesitan. La emergencia no ha puesto en evidencia solamente un problema de producción o disponibilidad, sino uno esencialmente logístico.

También revela una vulnerabilidad estratégica. En Chile hay pocas alternativas longitudinales, la interrupción simultánea de la Ruta 5 en varios puntos compromete la continuidad territorial efectiva y puede dejar regiones enteras desconectadas de sus principales fuentes de abastecimiento, servicios esenciales y mercados. En una emergencia más prolongada -o frente a terremotos, incendios, conflictos internacionales u otras amenazas- esta dependencia de un único eje terrestre adquiere una dimensión geopolítica y de seguridad nacional.

Chile posee más de cuatro mil kilómetros de costa, numerosos puertos y una extensa red ferroviaria, pero continúa dependiendo casi enteramente del transporte carretero. En la práctica, el país se comporta como si dispusiera de un solo sistema logístico.

El cabotaje marítimo podría proporcionar una primera alternativa. Una nave con carga general o contenedores podría trasladar alimentos, agua, combustible y otros suministros desde San Antonio o Valparaíso hasta Coquimbo y, si las condiciones portuarias lo permiten, Huasco o Caldera. Así se evitarían por mar varios cortes de la Ruta 5. Un solo buque puede transportar el equivalente a cientos de camiones, liberando la escasa capacidad vial para ambulancias, maquinaria y ayuda urgente.

El cabotaje no resuelve la distribución final. Desde el puerto todavía se necesitan camiones para llegar a ciudades y localidades interiores. También se requieren naves disponibles, sitios de atraque, equipos de transferencia, almacenamiento y coordinación para consolidar rápidamente la carga. Precisamente por eso estas operaciones deben prepararse antes de la emergencia y no improvisarse cuando los caminos ya están cortados.

La nueva legislación de cabotaje constituye un avance al flexibilizar la participación de naves extranjeras y ampliar la competencia. Sin embargo, una ley no crea por sí sola servicios regulares, terminales adecuados ni protocolos de emergencia. Chile necesita desarrollar rutas marítimas nacionales estables y mecanismos que permitan aumentar rápidamente su frecuencia cuando se interrumpan los corredores terrestres.

El ferrocarril debería constituir la segunda gran alternativa. Ferronor administra una red que se extiende desde La Calera hasta Iquique y conecta diversas faenas mineras con puertos del norte. No obstante, muchos tramos del antiguo Longitudinal Norte se encuentran inactivos o se utilizan solamente para operaciones específicas. Falta la continuidad operacional que da el transporte intermodal, es decir, material rodante para carga general y terminales donde transferir contenedores eficientemente entre trenes, camiones y barcos.

Recuperar el ferrocarril de carga requiere inversiones importantes y no resolverá la emergencia de esta semana. Pero esa es precisamente la razón para comenzar ahora. Una red ferroviaria moderna permitiría transportar grandes volúmenes y mantener una alternativa cuando la carretera falle.

La lección del temporal no es únicamente que debemos construir caminos más resistentes. Necesitamos una red logística redundante, donde carretera, ferrocarril y transporte marítimo puedan sustituirse y complementarse. Chile tiene costa, puertos y vías ferroviarias. Lo que todavía no tiene es una política capaz de integrarlos. Invertir urgentemente en ferrocarriles, terminales intermodales y cabotaje no es un lujo: es una condición para que, cuando vuelva a cortarse la Ruta 5, Chile no vuelva a cortarse en dos.