El reciente sistema frontal que afectó a gran parte del país volvió a demostrar que la ciencia ha avanzado mucho más rápido que la planificación de nuestras ciudades. Los pronósticos fueron precisos; las lluvias se anticiparon con modelos meteorológicos con varios días de antelación y los escenarios de riesgo fueron identificados oportunamente por expertos de distintas disciplinas. En este caso, no falló la información. La naturaleza puso a prueba la capacidad de traducir ese conocimiento en decisiones territoriales que reduzcan la vulnerabilidad, evidenciando que el problema no es la falta de datos, sino la ausencia de una gobernanza capaz de convertirlos en política pública.
Durante décadas hemos concebido las ciudades donde el ambiente natural parece adaptarse al desarrollo urbano. Canalizamos ríos, rellenamos humedales, urbanizamos quebradas y ocupamos zonas de inundación con la confianza de que la ingeniería pueda resolver cualquier dificultad. Pero el cambio climático y los eventos meteorológicos extremos nos están demostrando los límites de esa lógica. Por ejemplo, el agua siempre encuentra su camino, y cuando lo hace, nos recuerda la memoria del territorio que decidimos ignorar.
Lo preocupante es que muchas de las emergencias actuales no son consecuencia exclusiva de las lluvias extraordinarias que hemos vivido por estos días. Son, en gran medida, el resultado de decisiones acumulativas a lo largo de los años: permisos otorgados en áreas expuestas, planificación insuficiente, infraestructura que no responde a los nuevos escenarios climáticos y una gestión del riesgo que sigue siendo reactiva en lugar de preventiva. De una vez por todas, debemos dar el gran salto del manejo de la emergencia a la gestión preventiva, precisamente el objetivo de la Ley 21.364 que reemplazó la Onemi por Senapred.
La resiliencia urbana no consiste únicamente en construir más obras hidráulicas o ampliar colectores. Exige comprender que las ciudades constituyen sistemas vivos, en los que el diseño urbano, el ordenamiento territorial, la conservación de ecosistemas y la infraestructura deben articularse entre sí. Un humedal no es un terreno disponible para expandir la ciudad, sino parte del sistema natural que protege a la ciudad. Una quebrada no constituye un espacio vacío, sino un sistema hídrico que, tarde o temprano, volverá a cumplir su función de transportar agua.
En Chile contamos con conocimiento científico de alto nivel para comprender estos fenómenos. Sabemos identificar amenazas de origen natural, modelar escenarios futuros y proyectar los efectos del cambio climático con creciente precisión. Sin embargo, ese conocimiento todavía llega con dificultad a los instrumentos de planificación territorial, a las decisiones municipales y, muchas veces, a las políticas públicas que definen cómo y dónde crecerán nuestras ciudades.
La emergencia siempre moviliza recursos, genera titulares en medios masivos y despierta solidaridad. Pero las ciudades resilientes no se construyen sólo durante la crisis. Se diseñan mucho antes, cuando todavía no llueve. Se planifican revisando planes reguladores comunales, incorporando estudios de riesgo, fortaleciendo la infraestructura verde y entendiendo que prevenir suele ser mucho menos costoso que reconstruir.
El desafío ya no consiste únicamente en prepararnos para el próximo sistema frontal. Consiste en aceptar que estos eventos serán parte del nuevo clima con el que conviviremos durante las próximas décadas. Tenemos que situarnos en el siglo presente y entender que las ciudades con sus parámetros climáticos están cambiando y ello afecta con costos sociales, económicos y ambientales que debemos enfrentar prospectivamente.
La lluvia no está poniendo a prueba únicamente nuestra infraestructura urbana. Está evaluando nuestra capacidad para re-imaginar ciudades más inteligentes, más conscientes de su geografía y más respetuosas de los procesos naturales. La diferencia entre una ciudad vulnerable y una ciudad resiliente no la marca la intensidad de la tormenta, sino la calidad de las decisiones que se toman mucho antes de que caiga la primera gota.