La energía que se nos escapa

América Latina y el Caribe están enfrentando una lucha poco visible, cuya importancia supera la de los debates sobre energía renovable o los acuerdos climáticos internacionales. Esta batalla ocurre en el día a día de la distribución eléctrica, en los cables, medidores y facturas que conforman el sistema energético de la región.

El problema es de tal magnitud que, cada año, representa una pérdida aproximada de 25.000 millones de dólares. Estas pérdidas no suelen ser el centro de atención, pero su impacto económico es enorme para los países latinoamericanos, afectando directamente la sostenibilidad y equidad del sistema energético.

Un reciente estudio que desarrollamos junto a Adelat, el BID y la Universidad de Chile -titulado "Recuperando Energía"- cuantifica con precisión el tamaño del problema: el 15% de la energía disponible en la región se pierde o simplemente no se cobra. Hablamos de cerca de 200 TWh al año, el equivalente a toda la generación eléctrica argentina o el doble de la de Chile. Una cifra que además iguala la suma de toda la generación eólica y solar instalada actualmente en la región.

Lo más revelador del estudio no son los números, sino su causa. Tendemos a pensar en las pérdidas eléctricas como un problema técnico: cables viejos, transformadores obsoletos, infraestructura deteriorada. Pero la mayor parte de las pérdidas no técnicas proviene de conexiones ilegales, fraude y errores de medición y facturación. No es un problema de ingeniería. Es un problema de instituciones, incentivos y cultura.

Las consecuencias son sistémicas. Las distribuidoras ven reducidos sus ingresos y, con ello, su capacidad de invertir. Pero quizás más grave aún: quienes sí pagan su cuenta terminan subsidiando a quienes no lo hacen, con tarifas artificialmente elevadas. La inequidad se instala en el corazón del sistema eléctrico.

La buena noticia es que el problema tiene solución, y esta es rentable. La tecnología ya existe: medidores inteligentes, telemedición, inteligencia artificial para detectar fraude antes de que ocurra. Pero la tecnología sola no basta. Se necesita regulación con incentivos económicos correctos y una gestión comercial moderna que trate esto como prioridad estratégica, no como externalidad administrativa.

También hay espacio para la cooperación regional. La región tiene experiencias exitosas que pueden replicarse. Reducir pérdidas no técnicas no requiere inventar soluciones nuevas, sino aprender de las que ya funcionan.

El argumento final es de urgencia climática: sin resolver este problema, la transición energética de América Latina será más cara y lenta. Cada kWh recuperado es un kWh que no necesita generarse. Cada dólar ahorrado en pérdidas es un dólar disponible para nueva capacidad renovable. Tenemos energía. Solo hay que dejar de perderla.