Los griegos no entraron a Troya derribando sus murallas. Entraron ofreciendo un regalo. La ciudad, cansada de la guerra, vio en aquel caballo una señal de alivio. Pero dentro venía otra cosa. La política, a veces, opera así: lo decisivo no llega siempre con rostro de amenaza. Llega envuelto en palabras razonables: urgencia, reconstrucción, orden, esperanza.
Algo de eso ocurre con el gobierno de José Antonio Kast. Durante la campaña se presentó como un gobierno de emergencia: seguridad, frontera, orden, control. No venía -se decía- a imponer una doctrina, sino a hacerse cargo de lo urgente. Pero a pocas semanas de asumir, la emergencia empieza a mostrar su contenido real: no estamos ante un gobierno meramente reactivo, sino ante un proyecto ideológico de restauración.
El llamado Plan de Reconstrucción Nacional es el mejor ejemplo. El nombre no es menor. "Reconstrucción" fue también la palabra con que la dictadura intentó legitimar, después de 1973, una refundación profunda del país. Hoy, en otro régimen y por otros medios, vuelve una operación parecida: se invoca un país en ruinas, como ayer el caos, para justificar una reorganización de largo alcance del Estado y la economía.
En su cadena nacional, Kast habló de crecimiento, empleo, esperanza y emergencia económica. Pero el corazón del proyecto no está en la seguridad ciudadana, que fue su gran promesa electoral, sino en una arquitectura económica muy reconocible: rebaja del impuesto corporativo, reintegración tributaria, invariabilidad para grandes inversiones, facilitación regulatoria y restricción del gasto público.
Ese es el desplazamiento central: el gobierno entró por la puerta de la seguridad, pero pretende ordenar el país desde la economía. Y no desde cualquier economía: desde una vieja fe según la cual la iniciativa privada es el motor casi exclusivo y el Estado volver a un lugar subsidiario y estrecho.
Por eso la palabra "miscelánea" resulta reveladora. Una ley miscelánea parece una bolsa técnica de medidas diversas. Pero justamente ahí está su eficacia: lo estructural avanza fragmentado. Una rebaja tributaria por aquí, una regla ambiental por allá, una invariabilidad de 25 años más allá, una señal de reducción del Estado en otro capítulo. Separadas, las piezas parecen administrativas. Juntas, forman un programa. Ese es el truco: presentar como gestión lo que en realidad es una orientación de sociedad.
Algo parecido ocurre con iniciativas revestidas de humanidad. Un proyecto que invoque razones humanitarias para adultos mayores con enfermedades terminales puede parecer, en principio, atendible. Pero si bajo ese ropaje se abre la puerta a beneficios extensivos para condenados por crímenes de lesa humanidad o delitos graves, entonces el asunto deja de ser solo humanitario. Otra vez, el envoltorio que se pretende noble esconde una operación regresiva.
El Caballo de Troya no funciona porque engañe brutalmente. Funciona porque ofrece algo que uno quiere creer.
La oposición haría mal en responder desde una sola tecla. La crítica económica es indispensable: hay que mostrar quién gana, quién paga, qué se recorta, qué se congela y qué se asegura por décadas. Pero no basta con repetir que se favorece al 1% más rico. Esa frase puede ser cierta y, aun así, quedar corta si el gobierno logra vestirla de empleo, crecimiento e inversión.
La derecha conoce bien ese lenguaje. Sabe llamar "certeza" al blindaje de privilegios. Sabe llamar "crecimiento" a la reducción de derechos. Sabe llamar "eficiencia" al achicamiento del Estado.
Pero sería igualmente grave dejarle libre el terreno donde el gobierno construyó su legitimidad principal: la seguridad. El gobierno prometió emergencia, orden y control. Hasta ahora, más allá de zanjas, anuncios fronterizos y gestos de dureza, no ha mostrado una política integral capaz de reducir la violencia, el delito o el miedo cotidiano. La seguridad no se mide por su escenografía. Se mide en la vida diaria de las personas.
Ahí hay una oportunidad. No para competir en punitivismo, sino para disputar el significado de la seguridad. Seguridad no es solo policía, frontera y castigo. Seguridad es barrio, escuela, transporte, salud mental, empleo, inteligencia policial, comunidad y Estado eficaz. Es volver a la casa sin miedo, pero también llegar a fin de mes sin angustia.
Porque tampoco basta con ser oposición para convertirse en alternativa. En un Congreso fragmentado, el PDG ya intenta presentarse como quien "corrige" al gobierno, arrancándole beneficios como la devolución asociada al IVA en medicamentos y pañales o la mantención del impuesto pyme. Y, por la derecha, los libertarios presionan para correr aún más el cerco. La oposición democrática no compite solo con Kast: compite con quienes quieren administrar el malestar mejor que ella.
La tarea, entonces, no es escoger entre crítica económica y crítica e seguridad. Es articularlas. Mostrar que el mismo gobierno que promete orden puede debilitar capacidades públicas; que el mismo gobierno que habla de esperanza desplaza recursos hacia beneficios permanentes al capital; que el mismo gobierno que invoca la emergencia utiliza esa emergencia como caballo de Troya para instalar una regresión social.
La crítica más fuerte no es que el gobierno sea ideológico. Todos los gobiernos lo son. La crítica es otra: llegó hablando de emergencia ciudadana y está usando esa emergencia para reabrir un viejo programa.
La oposición se equivocaría si creyera que basta con revelar el engaño. La política no se gana solo desenmascarando; se gana ofreciendo una forma más verdadera de hacerse cargo del miedo y de la esperanza. Para que Troya no vuelva a caer, no basta con gritar que hay peligro: hay que construir una salida que vuelva innecesario abrirle la puerta al caballo.