El Winnipeg, la Guerra y yo

El próximo 3 de Septiembre se cumplirán 80 años de la llegada del Winnipeg con refugiados españoles a Valparaíso. Voy a contaros un poco de lo que yo sé pasaba entonces y, aunque algo distinto,  sigue pasando. 

18 de Julio de 1936. Verano cálido en el hemisferio norte. Desde temprano, por la mañana, se abren de par en par las puertas del Infierno en España.

Entonces yo tenía seis meses y quince días de edad. Mis padres, Feli veinticinco y Tomás casi veintisiete. Mauricio Amster tenía veintinueve. José Balmes sólo nueve. Roser Bru trece. Leopoldo Castedo veintiuno. Isidro Corbinos cuarenta y dos. Éramos de todas las edades y unos más inocentes que otros.

A muchos millones en España y el resto del mundo, lo que empezó a pasar ese día nos cambió la vida. Demasiados, incluso, la perdieron. “Nunca tantos sufrieron tanto por culpa de tan pocos”.

El 4 de Agosto de 1939, desde un puerto francés cerca de Burdeos salía un barco con más de dos mil doscientos refugiados españoles de todas las edades. El barco, Winnipeg. Pablo les congregó. Destino Chile. Allí les esperaba la libertad y El Tata  Maestro Don Pedro.

Por esos días mi padre trataba de llegar a Marsella para de allí hacer su exilio en Méjico. Antes de que lo consiguiera estalló la otra guerra, la Mundial. Pasaron meses de incertidumbre hasta que se produjo la ocupación total de Francia. Entonces cayó preso de los nazis y en sus cepos estuvo casi dos años. Yo, poco a poco crecía y llevaba dos años con su ausencia.

Valparaíso, la ciudad que nace desde el mar, trepa por los cerros montada en ascensores, escalas, una arquitectura abigarrada e irrepetible y transita hasta el cielo. Miradla desde el mar, veréis que esa es la razón de su nombre. Valparaíso, el 3 de Septiembre de 1939, se llenó de primavera y esperanza. Más de dos mil personas volvían a tener hogar después que el Jinete de Caballo Rojo les arrebatara el suelo propio.

Otros tardamos varios años más para tener esa alegría. Aunque hay muchos sitios donde llenar los ojos de esperanza… Muchos nunca la tuvieron.

En la irracionalidad de la guerra murieron más de un millón de personas, seres humanos como nosotros. Hijos o padres que la mayor parte de las veces lo hicieron sin saber por qué tan alto precio. 

Creo que para los que nos emociona la alegría y el privilegio de vivir, aún lo cruel que entonces nos tocó, está escrito en el libro de nuestro destino, algo así como… 

”… y cruzarás el mar, te acogerán otras playas de un continente  ubérrimo, poblado de gentes sencillas y cariñosas. Tendrás otra patria aparte de la que guardas en tu corazón. Serás fuente de vida y podrás cobijarte bajo el árbol que tu mismo habrás plantado. Contarás con libertad  tus fantasías y emociones. También podrás llorar de alegrías y rebelarte por las injusticias.   ¡VIVIRÁS!

Y, al final, tus cenizas alimentarán dos rosas, de blanco puro y brillante rojo, sonriendo al sol que, después de acariciar al moreno Continente, satisfecho irá a reposar más allá del Pacífico Mar.”    

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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