La gravedad de la crisis económica creada por el alza del precio de los combustibles y la decisión política del gobierno de Kast-Quiroz de decretar el aumento de precios más cuantioso en los últimos 40 años, obligando a la clase media, sectores populares y sistema productivo a cargar el costo de tan dura regresión social, reveló en pocas horas el "alma" de la actual administración: asegurar un altísimo patrón de reproducción de las ganancias de los consorcios financieros del país.
En la misma derecha, voces inquietas advertían las consecuencias del alza de los combustibles y su impacto inflacionario, y fueron desechadas, incluso, totalmente ignoradas. El poder de los consorcios financieros y energéticos fue incontrarrestable.
En el periodo de auge de los Chicago Boys, bajo la dictadura, tiempo en el que ese grupo fáctico tuvo el control directo del poder económico, ocurrió algo parecido. Esa etapa se corresponde con el empoderamiento de Sergio de Castro y esa secta, en los '70, hasta la crisis del 82-83. La situación se degradó tanto que Pinochet estuvo en la cuerda floja. Desde entonces, incluso con los ministros Escobar, Cerda y Buchi, el régimen militar tuvo que cuidar que les volviera a pasar.
En efecto, el servilismo castrense hacia los grupos financieros de la época puso al régimen en graves dificultades, al punto que Pinochet debió prometer, falsamente, una "apertura política", en agosto de 1983. La crisis indicó que con las llaves de la caja fuerte los controladores instalados por la dictadura se llevaban la plata a sus propios depósitos. De hecho, hubo varios de esos operadores que debieron ser procesados y soportar largos encierros, no obstante, la "alcurnia" de sus vínculos y ramificaciones.
En concreto, si quiere tener mirada de país, la autoridad económica no debe hacerse cargo incondicionalmente de los requerimientos de los núcleos mandantes enquistados en directorios y núcleos controladores de los activos que hegemonizan la marcha del sistema. No se va a desconocer que una distribuidora de combustibles es necesaria para que el sistema funcione, pero, no por una bencinera se puede jugar el destino del país.
El riesgo, como ha pasado, es que la tecno burocracia dependiente adopta y entra a operar, obsecuentemente, por esos intereses preponderantes y el Estado se convierte en un simple operador más de intereses ajenos, parciales y abyectos.
Ahora, se repite la historia, la autoridad económica al alzar el precio de los combustibles, simplemente, aplicó las medidas que más convenían a los grupos económicos preponderantes. No hizo ningún esfuerzo para evitar que los sectores sociales más débiles y vulnerables pagaran el costo de la crisis. Así demostró, rápidamente, el centro rector de su voluntad de poder.
En la propia derecha hay un buen número de opiniones que dicen que el costo político es demasiado alto y que la medida fue temeraria, además, tomada dentro de los primeros días de su investidura, no cabe duda, es una muestra de obsecuencia hacia los suyos, el grupo social más privilegiado en Chile, e indica una incondicionalidad que llega a la negación de su propia responsabilidad de gobernar.
El halago enceguece y, al parecer, se practica con intensidad en el entorno presidencial por cuanto el propio Mandatario asumió la pérdida de apoyo en 30 puntos que dicen las encuestas, en una especie de martirio mediático. Se justificó señalando que la verdad daba libertad, menoscabando indirectamente a sus antecesores que la habrían rehuido en pos de la popularidad personal. Hice una crisis social devastadora, pero prefiero la verdad, vendría a ser el incomprensible mensaje. Se trata, inútilmente, de tapar el sol con un dedo. Hay una trágica e inmensa insensibilidad social.
Por eso, la acción del gobierno al provocar el alza del precio de los combustibles le produce un gran daño a Chile, a la mayoría de la población, especialmente, los más desprotegidos que, en buena parte, les entregaron el respaldo electoral necesario para que hoy ocupen los cómodos despachos y oficinas desde donde ejercen su condición de gobernantes. Así, crece la frustración y el resentimiento social.
Las protestas sociales que ya se han provocado debiesen ser tomadas por los "grises cerebros" de quienes adoptaron estas decisiones como una lección que indica que la soberbia y el mesianismo a nada bueno conducen. Que vuelva la cordura.
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