Más de 750.000 palestinos fueron expulsados de sus hogares en 1948. Más de 500 pueblos y aldeas fueron arrasados y borrados del mapa. Sobre sus escombros se levantó el Estado moderno de Israel. A ese proceso el pueblo palestino lo llamó Nakba: la catástrofe.
Mis padres, Isaac Khamis y Helhue Massu, fueron parte de esa historia. En 1949, junto a sus cuatro hijos -entre ellos quien escribe estas líneas-, emprendieron una travesía que los llevó desde Palestina a Beirut, luego a Génova. Luego cruzaron el Océano Atlántico hasta Buenos Aires, siguieron a Mendoza, pasaron por Los Andes y finalmente llegaron a Santiago de Chile. No era un viaje: era un desarraigo.
Mi infancia estuvo marcada por un objeto frágil pero persistente: cartas escritas en un delgado papel azulino, cubiertas por completo en árabe, por todos sus lados, como si el espacio no alcanzara para contener lo que había que decir. A través de ellas, mis padres mantenían vivo el vínculo con la familia que había quedado en Palestina. Era un hilo tenue, pero irrompible.
Ese contacto no se perdió. Ha atravesado generaciones. Y con los años, los viajes de regreso nos han permitido ver cómo el paisaje cambia, cómo la geografía se transforma, cómo lo que alguna vez fue familiar se vuelve irreconocible. La memoria, entonces, deja de ser solo recuerdo: se convierte en testimonio.
Porque la Nakba no es un hecho cerrado. Continúa en el tiempo. Se manifiesta en la expansión de asentamientos, en comunidades desplazadas, en la violencia cotidiana que enfrentan los palestinos en sus propios territorios. Naciones Unidas ha documentado de manera reiterada estos hechos, incluyendo el aumento sostenido de la violencia de colonos en los últimos años. No son episodios aislados: son parte de una realidad que se ha prolongado por décadas.
Hoy, esa continuidad alcanza niveles que estremecen. Lo que ocurre en Gaza no es ajeno a esta historia, sino su expresión más desgarradora. La Corte Internacional de Justicia ha advertido sobre el riesgo de actos que podrían constituir genocidio y ha ordenado medidas para prevenirlos. Sin embargo, la distancia entre lo que el derecho internacional establece y lo que ocurre en la práctica sigue siendo dolorosamente evidente.
En Chile, esta historia tiene rostro. Más de 700.000 personas de origen palestino llevan consigo esta memoria. No como una carga del pasado, sino como una experiencia viva que se transmite de generación en generación. Somos parte de este país, pero también somos herederos de una historia que aún no encuentra justicia.
Por eso, el rol de Chile no nos es indiferente. Nuestra tradición de respeto al derecho internacional y a los derechos humanos no puede ser una declaración vacía. Exige coherencia, exige firmeza, exige un compromiso real con la justicia internacional y con el fin de la impunidad.
Pero más allá de la política, hay una pregunta que no podemos seguir postergando. Cuando nuestros hijos y nietos miren este tiempo, cuando intenten comprender qué ocurrió y cómo respondimos, no buscarán explicaciones complejas. Buscarán gestos, decisiones, silencios. Y entonces nos preguntarán, con la claridad que solo tienen las nuevas generaciones: ¿Qué hicimos cuando sabíamos?
A 78 años de la Nakba, esa pregunta ya no pertenece al pasado. Nos interpela hoy. Y la respuesta, inevitablemente, también nos definirá.