La identidad cristiana de la DC

La Democracia Cristiana no es un partido confesional. Es decir, no es un partido que represente la voz y las orientaciones de una iglesia o de un movimiento religioso en particular.  Sí, es un partido político que tiene en sus orígenes,  principios y valores, que son coherentes con el cristianismo.

El valor inviolable de la dignidad humana, el trabajo al servicio de la realización plena del hombre y la mujer, el cuidado integral del medio ambiente, la opción preferencial por los pobres y necesitados, la regulación “humana” del mercado y la búsqueda permanente por los excluidos y marginados. Hechos concretos de esta opción hay en la historia del partido y en sus militantes.

El cristianismo  desde sus orígenes ha tenido que lidiar con la pregunta por su identidad. Cuando San Pablo comenzó a bautizar paganos, los cristianos de la iglesia de Jerusalén lo quisieron detener. Pero él prefirió optar por ampliar, ir más allá y llegar con el mensaje a más personas y a todos aquellos que quisiesen aceptarlo sin ningún tipo de condición excluyente. La historia confirmó que su opción fue un acierto. 

En el transcurso de su historia, aquella disputa paradigmática por el cuidado de la identidad se ha visto reflejada en varios movimientos que frente al temor a lo diverso, a la ampliación y a la masividad, han querido recluirse en lo pequeño, lo exclusivo y en la “separación del mundo”. 

Ejemplo de ello son el movimiento Gnóstico en siglo. II, los Maniqueos en el siglo. IV y los Cátaros en el siglo. XII.  Estos tres  modos que adoptaron un grupo de cristianos buscaban la pureza, la separación entre los que están en la  luz y los que están en la oscuridad; entre buenos y malos, entre aquellos elegidos y aquellos no elegidos etc. En definitiva, en buscar, bajo un modo de vida particular, fortalecer la identidad cristiana a partir del pequeño grupo elegido, elitista, “que cumplían con los requisitos”, atomizado y separado del mundo pecador.  El cristianismo auténtico siempre se opuso a esta forma de vivir la religión y así fue como siempre combatió con dureza este tipo de tendencias.

El partido Demócrata Cristiano fue un movimiento adelantado al Concilio Vaticano II.  El partido Conservador era el  lugar donde tenían que estar los católicos que querían hacer política. Pero cuando un grupo de jóvenes decidió escindirse de este partido y formar otro, no fue ni más ni menos que el Vaticano, que dijo que no importaba el partido político por el cuál optaban los católicos, siempre y cuando sea coherente con el mensaje cristiano.  Y así fue como el mismo Concilio Vaticano II, en coincidencia con un movimiento eclesial en causa, decide “ir al mundo”, dialogar con las personas, con la ciencia, ir a las poblaciones, hacer reformas, renovar las estructuras internas.  La pregunta del Concilio fue nuevamente por la identidad de la Iglesia. Y la respuesta fue, una Iglesia inserta en el mundo,  amplia, libre y abierta a todos.  La Democracia Cristiana fue parte de ese movimiento.

Sin embargo, en medio de  una “Guerra Fría” y de un Papa que había padecido el comunismo en Polonia, una vez más surge la pregunta por la identidad.  A fines de los 70 e inicios de la década de los 80 irrumpen movimientos conservadores, rígidos, encerrados en sí mismos, con temor a ir a las bases sociales. Movimientos que en nuestro país se concentraron en la élite y en las clases pudientes.

Grupos cerrados, centrados en los sacramentos, en un cristianismo intimista y más preocupados de la pureza personal que de la Justicia Social y la Doctrina que optaba por los pobres.

Y así fueron muriendo las comunidades eclesiales de base, la teología de la liberación, los movimientos en las poblaciones que ponían más el acento en la acción que en el purismo sacramental. Resultado, pérdida de fuerza, liderazgos reducidos a la misa dominical, ausencia de relevancia en el debate social y una excesiva preocupación por los temas valóricos.  El cristianismo pos-Vaticano II quedó reducido a la vigencia de eventos masivos pero sin ningún impacto en el cambio de las estructuras sociales.  Qué decir de los escándalos por delitos de algunos de sus más prominentes referentes.

La historia nos muestra que la discusión por la identidad no es nueva en un movimiento que tiene en sus orígenes una inspiración cristiana. Y esa misma historia nos  demuestra que siempre han surgido tendencias que por temor a las reformas, a los cambios y a las transformaciones sociales buscan refugiarse en el grupo pequeño y atomizado; selecto y temeroso frente al mundo; que prefieren “administrar” sacramentos y un pequeño pueblo fiel, que asumir con coraje las preguntas y dudas que se manifiestan en la sociedad.

Un grupo importante y de gran trayectoria  en el Partido Demócrata Cristiano quiere optar por fortalecer la identidad del partido intentando la ruptura de una alianza política con cual ha gobernado el país durante 27 años. He aquí claros atisbos de esa “Iglesia de Jerusalén” que peleaba contra San Pablo y  de síntomas de aquellas tendencias que hoy en día buscan transformar una herramienta de conducción política y social, como es un partido político, en un pequeño grupo de “elegidos” sin más identidad que principios escritos y difundidos a través del “culto intimista” pero sin ninguna relevancia social. 

La identidad de un partido viene dada por su misión y el cristianismo siempre ha tenido la sabiduría para determinar que esa misión tiene que ver con mezclarse, hablar con otros, dialogar, mostrar posiciones e ir a lugares donde nadie va, para transformar e impulsar desde sus principios políticas públicas serias y de largo plazo.

En sus orígenes el Partido Demócrata Cristiano optó romper con el Partido Conservador por buscar ser un partido de mayoría. Eso fue un genuino gesto cristiano y lo confirmó después un Concilio. Querer en estos días romper con esa tradición no sería sino un error más que la historia ha demostrado que hace infecundo el mensaje y la acción

La historia del cristianismo es aquella que, con una posición clara, opta por mezclarse con aquellos que no son como yo, que no rezan como yo y que  busca con otros “no cristianos”, hacer profundas transformaciones y cambios en el país. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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