La política de los cuerpos

La molestia se ha instalado en la política chilena. Columnistas y analistas hablan de un malestar hacia el gobierno, la Concertación y las malas prácticas de las élites en el ejercicio del poder. Esto ha resultado en una reemergencia de las protestas y las expresiones ciudadanas en torno a HidroAysén, la educación pública secundaria y la publicitada reforma a la educación superior.

Frente a las movilizaciones y protestas colectivas, hay algunas individuales, que por su radicalidad y desesperación conmueven, llamando profundamente la atención. Son aquellas que, ante la indolencia de la sociedad y la falta de un consenso político que las asuma y contenga, terminan por inscribirse en los cuerpos de los demandantes, expresando así, una “política de los cuerpos”.

Cuerpos confinados, famélicos y debilitados por huelgas de hambre, cuerpos sexuados y condicionados a embarazos sin vida por la falta de aborto terapéutico, cuerpos olvidados en función de las crisis de la clase política y sus pusilánimes respuestas a las demandas callejeras.

El 2 de junio pasado en un noticiario de televisión se presentó la protesta de un presidiario que se prendía fuego para reclamar por el hacinamiento de la cárcel de Copiapó, sobrepasada en un 300% en su capacidad para albergar a la población penal. La protesta fue grabada y transmitida al exterior del penal por los propios reos, dando muestra de la falta de seguridad y el abandono en que se encontraban los internos ante la sobrepasada capacidad de reacción de los propios gendarmes.

La semana pasada también, luego de 87 días, cuatro comuneros mapuches depusieron la huelga de hambre que sostenían por segunda vez en menos de un año, en protesta por un juicio que los había condenado a penas sobre 20 y 25 años de presidio y en demanda por una reforma de la ley antiterrorista en nuestro país que, en democracia, solo se ha aplicado en contra de los activistas indígenas de la región de la Araucanía. Una ley que permite que el sistema legal chileno acoja el testimonio de “testigos encubiertos” como elementos probatorios de la fiscalía, pero que impide a la defensa y a los acusados encararlos y confrontarlos.

En un plano más cotidiano y menos público, una campaña mediática en youtube y en las redes sociales se vale del rostro de Amparo Noguera para visibilizar otro gran problema en nuestro país, la falta de una legislación que despenalice el aborto terapéutico.

Ausencia legal que fuerza a mujeres a cargar, por meses, fetos muertos que no van a sobrevivir el proceso de gestación, que no verán la vida, y que por tanto no legitiman el que obliguemos a cientos de mujeres cada año a poner en peligro sus propias vidas.

La violencia aquí, no es auto inferida, ni se expresa en una demanda colectiva en las calles, sino que responde a una intervención autoritaria sobre los cuerpos de las mujeres que, en silencio y sin derecho al ejercicio de sus voluntades, pesa sobre nuestras conciencias.

Cuando los cuerpos de los individuos y ciudadanos se transforman en la última frontera de los autoritarismos de nuestro orden jurídico y ético, o cuando la violencia auto inferida es la única forma extrema de protesta, estamos frente a un problema como sociedad civil y política, pues implica que estos cuerpos marginales y vulnerados se encuentran en un estado de desafiliación tal, que no hay colectivo que los contenga, ni defienda.

Por tanto, no tienen forma de hacerse oír, ni ver de una manera que pueda ser entendida y vista por la sociedad y las élites. Esto porque, el lugar específico que ocupan y detentan, no les permite articular un lenguaje que sitúe sus demandas como parte constitutiva de las problemáticas debatidas en la esfera pública.

Frente a tal indefensión, no quedan muchos recursos que no sea violentar su propia corporalidad, como última y extrema arena política de protesta, no sin correr el riesgo de ser mal entendidos, mal interpretados o, una vez más, desoídos.

Si la esfera pública bulle hoy día con marchas masivas, en que los cuerpos ciudadanos logran aparecer, imponer temas en la agenda pública y constituir mayorías en torno a temas relevantes, también sería bueno prestar atención al mensaje de aquellos cuerpos marginados y minoritarios, que debido a la desafección y desafiliación de sus problemáticas específicas respecto de aquellas masivas, han usado y usan su corporalidad para expresar físicamente las violencias de que son objeto.

No esperemos a que una o más muertes, nos sacudan de nuestra indolencia, para darles la importancia y el lugar que merecen dentro del debate ciudadano.

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Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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