Pataletas adolescentes

No pasó inadvertido el otro día, cuando el Presidente Piñera invitó a la Moneda a dirigentes del Frente Amplio, la distancia e incomodidad que exhibieron sus jóvenes dirigentes. A juzgar por las fotos de los jóvenes dirigentes de izquierda sonreírse en actividades políticas en las que participen junto a personas de otras ideas sería algo impresentable.

También pareciera haberse vuelto necesario hacer escándalo de cualquier cosa, como la protocolar invitación a usar vestido corto en recepciones sociales, como la diputada Orsini, o no darle un beso en la mejilla al Presidente, como la presidenta del Partido Humanista para marcar la diferencia entre “un gesto de fraternidad” con a quienes ve como gente que “viola sistemáticamente los derechos humanos”.

Pareciera que ellos creyeran que tener reacciones emocionales de amabilidad o consideración frente a los adversarios políticos, tan habituales en la convivencia grata, implicaría concederles puntos. En cambio, mostrar rudeza, dureza, desenfado, criticarlo todo con cara molesta, sería mostrar conciencia social, rabia contra las injusticias, no claudicar con los poderosos.

Aquí estriba la primera mala noticia para ellos: ellos son hoy los poderosos. Y deben actuar conforme a dicha condición, no como niños haciendo berrinche sino como políticos en una actividad que no solo los representa a ellos, sino a un país completo.

Pareciera que hubieran descubierto una nueva forma, propia de una visión un poco mesiánica, de relacionarse, desde la enemistad. Ese mundo un poco fundado en el voluntarismo supone que ellos son los ideales, y por ende al estar los demás equivocados, no somos dignos de fraternidad ni de relaciones humanas normales. Eso nos genera el problema, ¿están equivocados o somos nosotros, los demás, los del viejo estilo, los errados?

Afortunadamente esto no es nuevo, y por ende ya podremos tener avanzada una solución. Según Aristóteles, las sociedades no solo necesitan para prosperar leyes e instituciones justas, gobernantes prudentes y jueces honestos, sino también un ingrediente sin el cual la vida pública no funciona: la concordia, la philía politiké  o amistad cívica

La amistad cívica no es sinónimo de consenso, que todos sientan o piensen lo mismo, ni consiste en que los políticos sean compañeros de carrete después de la jornada laboral.

La amistad cívica se refiere a la de los ciudadanos que, por pertenecer a un Estado, saben que han de perseguir metas comunes, y por eso deben intentar alcanzar objetivos comunes, siempre que se respeten las diferencias legítimas y no haya agravios.

Los problemas no estriban en la posición que se adopte sobre los distintos problemas, sino en quienes diseñan argumentos para sostener lo insostenible, provocando una diada entre “nosotros” y “los otros”, los buenos y los malos.

Y este conflicto, nos alerta Aristóteles, puede desencadenar el peor de los males, esto es, la stásis: dividir a la ciudadanía en bandos que parecen ser irreconciliables, y sumir a la sociedad en una lucha intestina entre las partes de la ciudad que, desgarrándola, acarrea su destrucción.

Para eso se necesita la amistad cívica, que presupone ver al rival político como un par con el que hay que resolver con justicia los problemas comunes, y no la enemistad de Schmitt, que supone ver en el rival a un enemigo al que hay que eliminar. Porque, si miramos con atención, es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.

Volviendo a Aristóteles, la amistad cívica es la que mantiene unidas a las ciudades. Como diría Arendt, esa es una especie de ‘amistad’ sin intimidad ni proximidad; “es una consideración hacia la persona desde la distancia que pone entre nosotros el espacio del mundo, y esta consideración es independiente de las cualidades que admiramos o de los logros que estimemos grandemente

La Revolución será enfadada, o no será, parecieran decirnos estos adolescentes pataleteros.

Harían bien en releer- si lo hicieron alguna vez - a Lenin quien se quejaba de los “…comunistas de izquierda”, a quienes gusta también denominarse comunistas “proletarios”, pues tienen muy poco de proletarios y mucho de pequeño burgués,” y evitar el infantilismo izquierdista en política.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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