Ultraneoliberalismo generador de ultras

La crisis de representación que asola Chile es un fenómeno occidental que comienza con la Guerra Fría, entre comunismo y capitalismo. Después de la Segunda Guerra Mundial (1945), el comunismo -que desafía la hegemonía del capitalismo- sirvió para que éste ofreciera como contraposición el "capitalismo con rostro humano"; vale decir, la conjugación de crecimiento económico y redistribución de la riqueza garantizando la seguridad social, gestionada por el Estado y financiada con un aparato tributario progresivo, este contrato social convirtió la Europa de capitalismo redistributivo en el paradigma de justicia social para las grandes mayorías cristalizado en la sociedad del bienestar. Hasta 1980.

EE.UU. y Gran Bretaña -1975 en Chile- inician la implementación del capitalismo ultraneoliberal, antítesis del social: el mercado privado a su libre albedrío jibariza el Estado, quitándole la seguridad social que privatiza, mercantilizándola. Con la caída del Muro de Berlín y del comunismo soviético, el capitalismo ultraneoliberal no tiene cortapisa y se siente dueño de la historia. Los partidos socialdemócratas -creadores de la sociedad del bienestar- , perplejos, no reaccionan a su avance imparable: de la disputa entre capitalismo contra comunismo se pasa a capitalismo contra capitalismo.

Después de 40 años de ultraneoliberalismo, la riqueza que crea es enorme. Su ideología -el emprendimiento individual por sobre el Estado social- es una revolución cultural que saca de la pobreza a millones de personas. Mas tiene una paradoja: a más crecimiento económico, más desigualdad. Así, el descontento social legítimo es canalizado por la extrema derecha en Europa y EE.UU., especialmente después de la crisis financiera de 2008 que deja a las clases medias y bajas sin el poder adquisitivo que tuvieron antes de la crisis y con los partidos tradicionales, que gestionaron la crisis, desacreditados.

En el caso chileno, el ultraneoliberalismo se ejecuta manu militari los primeros 15 años dejando a casi la mitad de la población en la pobreza. En los 30 años posdictadura la institucionalidad autocrática que se heredó impide las reformas que minimicen las desigualdades: el sistema binominal de elecciones entrega automáticamente un empate en el Parlamento que imposibilita hacer reformas de calado, ya que constitucionalmente se requieren macro quórums y, por ello, acuerdos políticos transversales. Así, valiéndose del boqueo institucional, la derecha durante 30 años -en una auténtica misión de fe- prolonga el statu quo pinochetista provocando un inmovilismo político que terminó produciendo una descomposición sistémica: la derecha no permite ni el capitalismo con rostro humano europeo ni el norteamericano, sin casi cobertura social estatal, pero que entrega sueldos elevados que posibilita, en general, comprar la seguridad social y, sin permitir habilitar ni lo uno ni lo otro, el estallido social estaba servido.

No obstante, y a pesar de ese escenario, la era posdictadura administrada por la centroizquierda (24 de 31 años), según cifras oficiales la pobreza baja de 38,8% en 1990 a 9% en 2019 (antes del estallido y pandemia), y el Producto Interior Bruto (PIB) se casi quintuplica. Estas son cifras verificables que, si circula sangre por el cerebro, nadie puede ignorar y, por cierto, nos indica que los 30 años no fueron en vano: si debatimos mayor equidad de ingreso y riqueza es, obvio, porque esa riqueza se creó en estos 30 años. El análisis político tiene que partir de esta verificación si se quiere tener honestidad intelectual y proyección de futuro.

Sin embargo, no podemos ignorar que el ultraneoliberalismo devasta el sistema democrático. En efecto, el mercado privado maximizado por sobre el Estado democrático lo desfinancia y, sin poder garantizar la seguridad social y con mínimos márgenes de maniobra política, provoca el descrédito de las instituciones de la democracia; vale decir, el escenario perfecto para que los ultras de derecha e izquierda manipulen el fundado descontento generalizado. En consecuencia, el neoliberalismo alienta el fin del sistema democrático por las desigualdades socioeconómicas que intrínsecamente produce, abriendo el camino para los extremos políticos que, históricamente, han sido antidemocráticos: esperan siempre agazapados una crisis orgánica de la democracia para, usándola y ya alcanzado el poder, atacar su yugular (ejemplos, desde Hitler a Chávez-Maduro).

En Chile nace el Partido Republicano de una fracción latente en la derecha; y a la izquierda del Partido Comunista, la Lista del Pueblo. Ambos extremos -y aquí lo polos ultras se unen- se declaran "anti partidos políticos", "anti establishment" y se autodenominan "independientes" y "auténticos representantes del pueblo".

Ya EE.UU., después del trauma de la ultraderechista administración Trump (que tuvo el apoyo declarado de los mercados) pareciera poner fin a la era ultraneoliberal: vuelven los impuestos y el Estado dirige el proceso económico con un paquete en infraestructuras financiado con una reforma tributaria de fondo. Además, el histórico acuerdo de los 7 países más ricos del planeta para aplicar tasas impositivas globales a las multinacionales tecnológicas y a las corporaciones, apuntan a minimizar las desigualdades para detener la amenaza ultra que provoca el capitalismo ultraneoliberal autoritario, y evidencia la potencialización del capitalismo democrático redistributivo.

En la tesitura actual chilena, la elección entre las dos formas de capitalismo y sistema político son las únicas alternativas viables. Sin duda, la del capitalismo social bajo un sistema democrático liberal -no iliberal como proponen los autoritarismos ultras-, es la menos mala y debería quedar plasmado en la nueva Constitución.

Pero, todos y no sólo los convencionales ultras que han desplegado temerarias tendencias no muy distintas a las demagógicas, dogmáticas y autocráticas que tiene la Constitución que reemplazarán, deben tener muy presentes las palabras de Voltaire: No estoy de acuerdo con lo que usted plantea, pero moriría para que usted pudiera decirlo.

Sin materializar esta máxima no habrá nueva Constitución.

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