La agenda menos visible del cáncer

Hablar de cáncer lleva rápidamente a hablar de diagnóstico y tratamiento. La capacidad para confirmar una sospecha, el acceso a especialistas, la cirugía, la quimioterapia, la radioterapia, los medicamentos de alto costo, los tiempos de espera y las nuevas tecnologías ocupan un lugar central en la discusión sanitaria. También la detección precoz y las estrategias de tamizaje. Es razonable que así sea: para quien enfrenta un cáncer, la oportunidad y calidad de esas respuestas pueden modificar de manera decisiva su pronóstico.

Buena parte de la propuesta de abordaje del cáncer se organiza con la enfermedad ya presente o con la posibilidad concreta de detectarla. Mucho menos visible es lo que ocurre más atrás en la cadena causal: las acciones capaces de reducir la probabilidad de que una parte de esos cánceres llegue a producirse.

A partir de las proyecciones, esta dimensión cobra una importancia particular. En 2022 se registraron cerca de 20 millones de nuevos casos de cáncer en el mundo y para 2050 se proyectan alrededor de 35 millones anuales, lo que representa un incremento cercano al 77%.

Será necesario aumentar la capacidad diagnóstica y terapéutica. Se requerirán más profesionales, equipamiento, infraestructura, tratamientos y recursos. Pero una estrategia centrada principalmente en absorber una incidencia creciente obligará a expandir esa capacidad una y otra vez, al ritmo de los nuevos casos.

Ahí adquiere peso la prevención primaria. Estimaciones recientes de la Organización Mundial de la Salud y de la Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer sitúan en torno a cuatro de cada 10 la proporción de nuevos casos atribuibles a causas prevenibles. Entre ellas se encuentran el tabaco, algunas infecciones, el alcohol, el exceso de peso, la inactividad física, la contaminación del aire, la radiación ultravioleta y determinadas exposiciones ocupacionales. Aunque buena parte del aumento proyectado se debe al envejecimiento, reducir el riesgo en cada grupo de edad puede moderar el aumento de los casos.

La prevención primaria incluye intervenciones conocidas: el control del tabaco y del alcohol, la vacunación contra el virus del papiloma humano y la hepatitis B, y la reducción de exposiciones laborales y ambientales. Una mirada desde la salud pública permite ir aún más atrás.

La promoción de la salud busca generar condiciones que favorezcan vidas más saludables. La prevención primordial apunta a evitar que los factores de riesgo se instalen y se distribuyan de manera desigual. Ambas obligan a mirar las condiciones en las que las personas viven, trabajan, estudian, se desplazan y consumen. La posibilidad de alimentarse adecuadamente, realizar actividad física o disminuir ciertas exposiciones depende de los ingresos, las jornadas laborales, la vivienda, la organización de las ciudades, los espacios públicos y la disponibilidad y precio de los alimentos.

Es lo que en Salud Pública se denomina determinación social de la salud: la forma en que una sociedad organiza el trabajo, la producción y la distribución de recursos influye en quiénes enferman y de qué. Desde esta perspectiva, fumar, consumir alcohol, alimentarse de determinada manera o realizar actividad física son decisiones personales, pero se toman dentro de contextos sociales y comerciales que hacen que algunas opciones sean más accesibles, frecuentes o atractivas que otras. Las políticas capaces de modificar esos contextos también son políticas de cáncer.

Chile tiene ejemplos. La ley de etiquetado de alimentos y las restricciones al consumo de tabaco actúan sobre factores de riesgo vinculados al cáncer, aunque rara vez se han discutido en esos términos.

Las acciones preventivas tienen menor visibilidad. Un centro oncológico puede inaugurarse. Un nuevo equipo puede mostrarse. Un medicamento tiene un nombre, un precio y pacientes identificables que lo reciben. Las intervenciones preventivas tienen otra temporalidad: sus resultados pueden tardar años, dependen de múltiples políticas y se distribuyen en poblaciones completas. Parte de su éxito consiste precisamente en algo que nunca ocurrió. Un cáncer evitado no entra a una lista de espera, no requiere biopsia, pabellón, radioterapia ni tratamiento farmacológico. Tampoco aparece en las estadísticas de supervivencia.

Esa menor visibilidad puede volver injusta su evaluación. Promoción, prevención primordial y prevención primaria requieren capacidad técnica, equipos, regulación, fiscalización, trabajo territorial, información, seguimiento y continuidad. Todo ello necesita recursos. Una estrategia escasamente financiada o implementada de manera fragmentaria difícilmente producirá los efectos esperados. Después, resulta sencillo concluir que la prevención tiene poco impacto cuando nunca contó con la intensidad y la continuidad necesarias para demostrarlo.

Esto también debiera formar parte de la discusión presupuestaria, incluida la implementación de la Ley Nacional del Cáncer. Las intervenciones preventivas compiten por recursos con las necesidades asistenciales urgentes y sus resultados suelen manifestarse fuera del ciclo presupuestario anual. Esa diferencia de temporalidad exige una planificación capaz de sostenerlas y evaluarlas con criterios acordes con sus objetivos.

Fortalecer la red oncológica es una necesidad actual. Diagnóstico, tratamiento, rehabilitación y cuidados paliativos requieren recursos suficientes, y las proyecciones muestran que esa presión aumentará. Una política de cáncer debe responder a quienes hoy necesitan atención y también actuar sobre las causas que determinarán cuántas personas la necesitarán mañana.

Eso supone dar mayor espacio, también presupuestario, a la promoción de la salud, la prevención primaria y la prevención primordial.