Encuentro con viejos compañeros de curso

El tiempo pasa rápido, no nos damos cuenta porque nos miramos en el espejo todos los días. Pasa rápido pero es lento. Difícil entender la ecuación de lo lento con lo rápido. Más difícil entender que no somos los mismos, aunque en esencia lo somos ¿lo somos? La Claudia me dice que en el fondo la gente no cambia ¿Qué cambia de la gente y qué no? ¿Sólo la grasa en la barriga, el pelo canoso, las ganas de acostarse más temprano?

Creo que suficientemente todo cambia y no cambia al mismo tiempo, digo lo suficiente como para seguir siendo el mismo, siendo otro. Hoy soy padre de tres hijos, esposo, bebo menos alcohol, tengo menos sexo, pero pienso mejor, soy más reflexivo y más maduro. Disfruto más de las cosas simples y valoro más las cosas en general, las simples y las complejas, por cierto. Creo a su vez que no existe una verdad única y que cada uno de nosotros debe buscar su propio derrotero y ser feliz con eso. La juventud más joven nos impulsaba a dominar el mundo cuando apenas nos dominábamos nosotros. Pero, al mismo tiempo, soy el mismo, el mismo joven curioso e idealista, provocador, inquieto y hogareño ¿Si?

Difícil equilibrio encontrar para cambiar lo que haya que cambiar para ser mejor y mantener inalterado lo mejor de sí mismo, por lo que uno fue querido y amado. La identidad mágica de la personalidad luminosa. Si.

Por eso encontrarse o reencontrarse con los antiguos compañeros de colegio, no sólo es oportuno sino necesario para dar continuidad y equilibrio a esa frágil ecuación entre lo que queda y lo que desaparece, entre lo que no hay más y lo que vendrá. Sobre todo porque vivimos en general tiempos de cambio, tiempos de cambio en el mundo y tiempos de cambio en nuestras vidas.

El mundo dejó la adolescencia de la modernidad donde todo lo que era seguro, sólido y permanente se fragiliza y nos fragiliza. Por eso lloramos más en las películas, casi con cualquiera. Es el Fin de la Historia de Fukuyama pero también la nueva era que nos ofrece un futuro esplendoroso aunque incierto. Con ello se deterioraron las confianzas, los ideales, y el mundo que ha sido nuestra casa a veces nos parece ajeno y distante.

En lo personal, entramos en una etapa en que los niños ya no lo son tanto, ellos mismos emprenden sus propias búsquedas, las parejas dejamos de ser jóvenes y miramos con cierta preocupación y a veces rebeldía el umbral de los sesenta. Siempre un aniversario, un encuentro como éste con los viejos amigos y compañeros del colegio, nos posibilita detenernos para mirarnos las caras, mirar hacia atrás el camino andado, ver cómo seguir construyendo el camino por andar. Como si este fuera un ejercicio individual, silente, al interior de una cámara de reflexiones de oscuridad uterina, donde se vuelve a pulir la piedra filosofal necesaria para poder mirarnos las caras transparentes, mirarnos los ojos como conectores del alma o de las historia sinceras o del pasado vivido sin dobleces.

No eran las ensaladas ni el asado lo sabroso tampoco la calidad del vino lo que hizo de nuestro encuentro sabatino un momento mágico, fuimos nosotros, con nuestros blancos y negros, con nuestras luces y sombras al servicio del otro para vernos desnudos recién paridos vueltos a empezar.

Si bien la historia nos muestra a todos el mismo país con sus sufrimientos y delirios, como sus ritos y festejos, más los propios de las vidas individuales, estudios, amores, hijos, novias y esposas; trabajos, jefes, inversiones, quiebras y fracasos; posgrados, viajes, cesantías, rupturas, lágrimas y nietos; diplomas, medallas, playas de aguas transparentes, negocios, cabañas en el sur, misas y curantos; campeonatos, juicios, risas, cantos, bodas y funerales.

Y todo como un cúmulo de antigüedades esparcidas por nuestras vidas puestas ahí encima de la mesa en un furtivo encuentro anual salpicado de emociones varias, a veces contradictorias casi siempre delicadas y profundas, compartidas como experiencias de aguas escurridas bajo el puente como excusa que define cuánto ha cambiado lo que ha cambiado y cuanto es lo que sigue intacto.

Por momentos, es cierto, encontramos las mismas muletillas, los mismos gestos, ante ellos nos son invisibles las canas y los pesos, se disimulan con el guiño de la juventud que permanece inalterada, pero de improviso se instala una reflexión, un comentario, una palabra sutil, una melancolía disfrazada de confesión para que aparezca el hombre nuevo, el nuevo amigo, el nuevo compañero del viaje que vendrá con la misma rapidez y lentitud de los últimos 54 años de nuestras vidas.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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