Hay una especie de indignación que se repite con una frecuencia similar a la periodicidad con que llega el otoño: cada cierto tiempo, descubrimos que un político mintió. Entonces viene el escándalo, la condena moral y el desfile de científicos sociales con sus "se los advertí". También en muchos ciudadanos reflota una promesa implícita: esta vez sí aprenderemos. Pero no. Con notable persistencia seguimos eligiendo a personas cuya repelencia a la verdad ya sospechábamos de antemano.
Las explicaciones para este aparentemente extraño comportamiento van desde un masoquismo cívico hasta la simpleza de la irracionalidad. La respuesta científicamente más sólida es otra: somos profundamente humanos.
La evidencia acumulada en psicología política muestra que el voto en procesos electorales no es, en esencia, un acto racional. No nos sentamos a comparar programas de gobierno como si estuviéramos evaluando los diseños alternativos de una nave de exploración a la fosa de Atacama. Nuestro cerebro enfrentado a la complejidad abrumadora del mundo político, hace lo que mejor sabe hacer: simplificar. Usa atajos e intuiciones. Decide rápido y en simple. Después justifica, o al menos intenta hacerlo.
Aquí aparece el primer golpe al orgullo de un país que se jacta de su tradición republicana: no votamos por quien dice la verdad, sino por quien nos resulta verosímil dentro de nuestra historia personal. Si un candidato afirma algo que encaja con lo que ya creemos, tendemos a aceptarlo, incluso si en algún rincón de nuestra conciencia sabemos que podría no ser cierto. No es estupidez; es un fenómeno bien documentado llamado razonamiento motivado. En otras palabras, no es que la gente no vea la mentira. Es que muchas veces elige no verla.
Pero eso es solo el comienzo. La política no es únicamente un mercado de ideas; es, sobre todo un campo de identidades. Votar es también decir "yo soy esto" y "no soy aquello". En ese terreno, la fría verdad pierde terreno frente a la atrayente lealtad. Si un político "de los nuestros" miente, nuestros cerebros y demás glándulas no reaccionan con la misma severidad que si lo hiciera uno "de los otros". No porque nuestros sistemas endocrino-nerviosos sean incoherentes, sino porque están defendiendo algo más profundo que un dato: están defendiendo pertenencia.
Pero falta un elemento clave: el pragmatismo. Muchas personas no ignoran las mentiras; simplemente las relativizan. Asumen que "todos mienten" y bajo esa premisa prefieren al que, aun mintiendo, creen que resolverá mejor sus problemas. En efecto, en contextos de incertidumbre o crisis, la sinceridad pierde terreno frente a la eficacia percibida. Dicho sin rodeos: no se busca al más honesto, sino al más útil.
También hay algo más potente. La política no solo administra recursos; administra expectativas. Ofrece relatos sobre el futuro. Y los seres humanos necesitamos esos relatos cuando son optimistas. Necesitamos creer que existe una salida y que ese político tiene la llave maestra. En ese sentido la mentira no siempre compite con la verdad; compite con la desesperanza. Y la desesperanza rara vez gana elecciones.
Así seguiremos votando por algún evidente mentiroso no como un error episódico, sino como una consecuencia estructural de la enmarañada combinación de nuestros pensamientos y sentimientos. El éxito del mentiroso no es un accidente del sistema político; es el inevitable resultado de la arquitectura cognitiva del votante. Y mientras esa arquitectura no cambie, cada nueva indignación será apenas el prólogo de la siguiente elección.
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