Gabriela, la incomparable diosa del amor y la muerte

Hace 60 años, un 10 de enero, en la ciudad de Nueva York Gabriela Mistral cerró sus ojos para siempre. Pocas personas como ella vivieron con tal pasión el amor y tuvieron tanta conciencia de la muerte. Muy temprano éstos tocaron su corazón inspirando aquellos sonetos que le dieron fama y de los cuales Neruda dijera que “hay que caminar siglos de poesía, remontarnos hasta el viejo Quevedo, para ver, tocar y sentir un lenguaje poético de tales dimensiones y dureza”.

Desde aquella jornada del año 1914 en que una muchacha de provincias ganó los Juegos Florales en Santiago, Chile ha sentido profundamente sus versos : “Del nicho helado en que los hombres te pusieron, / te bajaré a la tierra humilde y soleada. (…) Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna/ bajará a disputarme tu puñado de huesos”.

La muerte también se le apareció a Gabriela para revelar su amor por los seres naturales: “Tres árboles caídos/ quedaron a la orilla del sendero/ El leñador los olvidó, y conversan, /apretados de amor, como tres ciegos (…) Uno, torcido, tiende/ su brazo inmenso y de follaje trémulo/ hacia otro, y sus heridas/ como dos ojos son, llenos de ruego”.

No creía ella, sin embargo, en el sin sentido de la muerte. “Para qué me habrías henchido Tú, si había de ser vaciada y quedar como las cañas exprimidas?  Para qué derramarías tu luz cada mañana sobre mis sienes y mi corazón, si no fueras a recogerme como se recoge el racimo negro, melificado al sol, cuando ya media el otoño? ”

Pero hay muertes que duelen demasiado. “Todavía, Miguel, me vale, /como al que fue saqueado/ el voleo de tus voces,/ las saetas de tus pasos/ y unos cabellos quedados,/por lo que reste del tiempo / y albee de eternidades.”

La conciencia de la muerte y de su trascendencia, que invade en todos sus libros, la llevó al límite en el plano literario al crear ese poemario póstumo que es el Poema de Chile, donde ella, tras un autoexilio que duró una vida entera, regresa convertida en un ser fantasmal a su país, esta vez un país imaginado para convertirlo en el lugar íntimo, amado y mítico, que en vida le fue esquivo, y en el que va construyendo paso a paso su propia identidad.

“Bajé por espacio y aires/ y más aires, descendiendo, / sin llamado y sin llamada/por la fuerza del deseo, / y a más que yo descendía/ era mi caer más recto/ y era mi gozo más vivo/ y mi adivinar más cierto/ y arribo como la flecha/ éste mi segundo cuerpo/ en el punto en que comienzan/ Patria y Madre que me dieron.”

Gabriela  andaba en “batalla de sencillez”, como dijo Pedro Prado, no buscando homenajes ni honores. Recibió no obstante los más importantes: el premio Nobel, los doctorados Honoris Causa, entre ellos el primero que otorgó la Universidad de Chile, pero sobre todo la admiración de cientos de miles de latinoamericanos y de chilenos y chilenas que con ocasión de su entierro en las calles se atropellaban para saludar su paso.

Deberíamos preguntarnos porqué 60 años después de su muerte seguimos rindiéndole estos homenajes. Estoy seguro que no es por solidaridad o cercanía con sus ideas políticas, ideas claras sin embargo, democráticas y de justicia social, pero que ningún sector realmente podría reclamar como propias sin cometer un ultraje contra ella misma, como dijera Radomiro Tomic.

Quizás se trata de algo más profundo, del misterio que nos provoca esta mujer severa, de vida errante como ella decía, algo que nace de su origen humilde, educada casi sin escolaridad entre los cerros de su valle natal, algo que viene de su soledad, de su tormento, de los sentimientos que la acompañaron, de su extraordinaria inteligencia, de su pasión y del amor que supo vivir con tal intensidad y autenticidad que son muy pocos los que lo pueden llegar a comprender.

Paseando por este bello lugar y singular lugar que es Montegrande, donde descansan sus restos y los de  Yin Yin, pienso en ese poema “Por el Jardín” y me pregunto con ella “¿Dónde es que está, dónde la llevaron? / Tan lejos fue que regresar no puede. / ¿o es que su país se llama olvido/ y se llama locura mi llamado?”

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Edición
Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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