Médicos sin fronteras

Entre el 3 y 7 de septiembre pasado se celebró el IX Congreso de Médicos Escritores “Misiones 2013”, en uno de los escenarios naturales más bellos e impresionantes de esa provincia argentina, situado en el Alto Paraná, cerca de la chacra en la que por muchas décadas vivió el eximio narrador rioplatense Horacio Quiroga.A Quiroga le fascinaba la selva y algunos de sus mejores relatos transcurren en esa zona que, además, contiene los vestigios de las misiones jesuíticas de San Ignacio Miní.

El tema de estas gloriosas ruinas fue otra de las obsesiones artísticas del prosista oriundo de Montevideo, debidamente homenajeado durante la reunión por estudiosos de su obra.

El primer y único experimento socialista exitoso del mundo fue la fusión civilizadora entre los guaraníes y estos sacerdotes católicos: los predicadores de la nueva fe llegaron desarmados y fueron bien recibidos por los indígenas, quienes, junto a ellos, fundaron ciudades que se autoabastecían y cuyos magníficos vestigios son hoy el testimonio de un pasado que debiera ser más conocido entre nosotros.

La película La misión de 1986, describe una fracción de lo que fue este fenómeno y logra reconstituir un episodio de esa experiencia de la colonización española. Con todo, nada es equiparable al espectáculo de los monumentales restos de estas comunidades, que llegaron a albergar poblaciones de 10 a 12 mil habitantes y que fueron destruidas a comienzos del siglo XIX por las guerras entre Paraguay, Brasil y Argentina.

Indudablemente, Juan Ricardo Kelm y Mónica Cantarela, organizadores del evento, tuvieron en cuenta estas razones para alojar ahí a los doctores chilenos, argentinos, uruguayos, colombianos, guatemaltecos y de otras nacionalidades latinoamericanas que, en un número cercano a las 50 personas, asistieron al encuentro.

La primera pregunta que surge ante un suceso así es tan obvia que casi resulta una perogrullada, ¿por qué hay organizaciones de médicos escritores y no hay abogados, arquitectos, constructores, ingenieros, profesores u otra clase de especialistas dedicados en forma sistemática a la literatura?

Claro, Kafka estudió derecho, si bien nunca ejerció, Carpentier siguió arquitectura, aun cuando no se conocen sus edificios, Coetzee es ingeniero computacional y poco se sabe de sus logros digitales; por cierto, la inmensa mayoría de los grandes autores, desde Homero a Cervantes, Virgilio a Shakespeare, Goethe a Borges, jamás estudiaron nada y se dedicaron principalmente a concebir ficciones.

Como sea, hay agrupaciones literarias de cirujanos y no existen organizaciones similares en disciplinas distintas. La más antigua en América Latina es la Asociación de Médicos Escritores de Guatemala, fundada en 1969. En Chile, hace tiempo funciona el grupo Sueños, bajo la tuición de Luis Weinstein. Y otro tanto ocurre en las demás naciones hermanas.

La respuesta a la interrogante de por qué los matasanos se organizan para escribir y leerse entre ellos podría caer en el lugar común: la relación terapeuta-paciente no tiene comparación con ninguna otra, ya que son ellos los que nos dan la vida y nos preparan para la muerte y, sobre todo, nos conocen mejor que nadie; es imposible mentirles, pues si no les confiamos lo que pasa en nuestros cuerpos y almas, estamos perdidos.No hay seres a quienes amemos más u odiemos más que al galeno que nos trata. Es cierto que existen otros profesionales de los que dependemos; sin embargo, de nadie dependemos tanto como de nuestros queridos y detestados doctores.

A lo largo de 5 días, se leyeron textos, fundamentalmente cuentos y poemas, de nivel a veces notable, impresos previamente en un volumen producido en forma gratuita por la Municipalidad de Oberá, la ciudad más cercana al paraje del coloquio.

Es preciso agregar otro rasgo excepcional de Misiones: en un país de inmigrantes, esa zona se lleva la palma y hay rusos, ucranianos, polacos, alemanes, árabes, japoneses, en suma, todo lo que uno quiera ver en materia de diversidad humana, desde rubios pajizos a morenos, de achinados a indígenas orgullosos de su historia.

Aún así, posiblemente hubo un aspecto más destacable que los anteriores, resumido de modo admirable por la facultativa chilota Katia Velázquez: aquí no se ven exhibicionismos, rivalidades ni perniciosas manifestaciones de egolatría. La medicina, ya lo sabemos, es una de las actividades más competitivas entre pares; en estas oportunidades, eso se olvida o parece olvidarse, ya que todos se aplauden, se admiran, se muestran simpatía.

¿Podría haber algo azucarado en semejante cariño? Quizá un cínico diría que sí; en cambio, un observador imparcial deberá conceder que, en rigor, cada uno de los asistentes exhibió únicamente cordialidad y genuino afecto hacia sus vecinos.

Hubo, por cierto, circunstancias memorables: el paseo por las aguas en catamarán, escuchando poesía o crónicas, la recepción en Oberá con bailes y trajes típicos de diversas etnias, el homenaje a Juan Villalobos, de Rancagua, heredero del grupo Los Inútiles, creado por Óscar Castro y otro sin fin de acontecimientos que dejarían agotado a cualquiera, menos a estos fanáticos de las letras.

Tal vez uno de los momentos más emocionantes se vivió cuando la psiquiatra Catherine Fieldhouse leyó su historia sobre la muerte de Víctor Jara, según los ojos de un niño.Tanto ella como Laura Caballero y Enrique Escobar participan en el taller Libros de Mentira, por lo que eran conocidos de quien esto escribe.Así y todo, habría que mencionar a muchos más, por su mérito y dedicación, aunque lamentablemente este espacio no lo permite.

Las edades son otra materia destacable: los había muy jóvenes, digamos de alrededor de 30 primaveras, hasta muy adultos, digamos estupendos octogenarios y octogenarias.

Y puesto que estamos hablando de edades, Nicolás Díaz, ex senador democratacristiano, instigador de la ley antitabaco (por lo que los fumadores lo aborrecemos), de flamantes 84 años, protagonizó un incidente de suspenso que haría palidecer al mismo Hitchkock.

Díaz parecería creer que se puede viajar donde sea sin carnet ni pasaporte, porque partió anticipadamente a Brasil sin ningún documento; cuando la comitiva nacional ya regresaba, se descubrió que el honorable no se había registrado en ningún hotel ni había dejado huellas de su paso en sitio alguno; entonces se inició su búsqueda frenética en comisarías, oficinas públicas, hospitales...Uno de sus hijos contestó por teléfono que el pasaporte de su padre estaba en su poder. Y la cédula de identidad la tenía Catherine Fieldhouse. Cuando ya la consternación era generalizada, el doctor Díaz apareció afeitado, alegre, fresco como lechuga. Lo último que se supo de él fue que lo habían detenido en Foz de Iguazú, desde donde lo deportaron a Argentina, cuyos funcionarios de inmigración lo readmitieron por pura buena voluntad.

Así, este apátrida transitorio probó, gracias a su terrorífica aventura –se entiende que terrorífica exclusivamente para sus amigos y familiares- que la integración latinoamericana podría ser una realidad.

Y todos estos médicos sin fronteras comprobaron, con sus hechos y sus escritos, que el sueño de Bolívar y San Martín puede ser verdadero.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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