Ranas, huevos y empleo

Aristóteles creía que las ranas podían surgir espontáneamente del barro. Bastaba la combinación adecuada de humedad y calor para que, casi por arte de magia, apareciera la vida. Durante siglos, la teoría de la generación espontánea gozó de buena salud, hasta que una ciencia incómoda empezó a mostrar que, en realidad, donde muchos decían ver milagros sólo había huevos, larvas y procesos materiales bastante menos románticos.

Con la reciente cadena nacional del Presidente Kast, algo similar parece estar ocurriendo con el empleo. Se nos vuelve a ofrecer una explicación simple y seductora: que basta reducir impuestos a las empresas para que la inversión aparezca y, con ella, los puestos de trabajo. Como en la vieja teoría de la generación espontánea, se confía en que una combinación adecuada -esta vez de baja tributaria y buena voluntad empresarial- hará brotar la vida económica. El problema es que, falta lo más importante: el mecanismo que conecta una cosa con la otra.

El corazón del llamado Plan de Reconstrucción es claro: reducir la tasa del impuesto a las utilidades desde el 27% al entorno del 23%, reintegrar el sistema para que lo pagado por la empresa sirva de crédito a los dueños, sumar incentivos tributarios al empleo que podrían costar del orden de 1.500 millones de dólares al año y confiar en que, con eso, la economía se reactive. Al mismo tiempo, se anuncian recortes de gasto público que, solo en el primer año, alcanzarían varios miles de millones de dólares.

En esa narrativa, el impuesto funciona casi como un interruptor mágico. Mientras está "alto", la inversión se reprime; cuando baja, la inversión se libera y empieza a multiplicar puestos de trabajo. No hace falta preguntarse, ¿quién comprará lo que esas empresas produzcan? ¿Qué pasa con el ingreso disponible de los hogares? Ni cómo se financian los servicios públicos que permiten trabajar y producir. El puente entre rebaja de impuestos y empleo se da simplemente por hecho.

Es, en el fondo, una teoría de generación espontánea del empleo.

La dificultad es que la evidencia empírica internacional es bastante menos entusiasta que esa promesa. Estudios recientes de la OCDE muestran que las rebajas generales de la tasa corporativa tienen efectos modestos y lentos sobre la inversión y dependen fuertemente del contexto macroeconómico. La experiencia de Estados Unidos tras la gran rebaja del impuesto corporativo de 2017 va en la misma línea: aumentaron las utilidades, las recompras de acciones y las remuneraciones ejecutivas, mientras que el impacto sobre el empleo y los salarios medios fue limitado y concentrado en los tramos altos. El "chorreo" prometido no apareció con la fuerza anunciada.

Desde una mirada postkeynesiana -o simplemente realista- la secuencia suele ser la inversa de la presentada en cadena nacional. Las empresas no invierten porque se reduzca algunos puntos el impuesto a utilidades futuras, sino porque esperan vender más y porque perciben estabilidad en el entorno en que operan. Si la demanda es débil, si los hogares ajustan su consumo y si la inversión pública se frena, la rebaja tributaria tiende a transformarse en un colchón para proteger márgenes, no en un motor de nuevas contrataciones.

Aquí el contraste de magnitudes importa. Si el recorte de gasto efectivo bordea los 3.000 a 4.000 millones de dólares en un año, y se considera un multiplicador fiscal conservador -en línea con estimaciones habituales para economías como la chilena-, el impacto contractivo puede acercarse a uno o dos puntos del PIB respecto de una trayectoria sin ajuste. En cambio, la rebaja tributaria que inyecta recursos principalmente en la parte alta de la distribución, con una propensión a consumir mucho menor, difícilmente compensa ese frenazo de la demanda agregada.

Dicho en simple: se recorta por el lado que impacta directamente en el empleo de hoy y se aliviana por el lado donde no está demostrado que el efecto sobre inversión y trabajo sea ni rápido ni seguro.

Hay además una dimensión distributiva que no es menor. El Estado que hoy afirma que "no hay plata" para sostener la inversión pública o consolidar derechos sociales es el mismo que está dispuesto a reducir de manera permanente su recaudación futura. Varios puntos menos de impuesto corporativo pueden significar del orden de 1.000 a 1.500 millones de dólares anuales que dejan de financiar educación, salud o proyectos regionales. El ajuste se concentra en gastos que benefician a las mayorías, mientras los alivios se concentran en los tramos altos, con la expectativa de que algo derrame hacia abajo.

Si la apuesta sale mal -si la inversión no responde como se promete- los costos los cargará primero el mundo del trabajo: empleos que no se crean, proyectos locales que se postergan, gobiernos regionales y municipales con menos margen de acción. Y la base tributaria ya estará erosionada, reduciendo el espacio para reaccionar frente a la próxima crisis. Se socializan los riesgos del experimento y se privatizan los beneficios del alivio tributario.

En vez de fortalecer al Estado como estabilizador macroeconómico, se lo reduce a guardián de la solvencia contable y curador de "confianzas empresariales". El empleo deja de ser un objetivo explícito de política pública y pasa a ser un subproducto eventual de la rentabilidad.

Volvamos a las ranas. La teoría de la generación espontánea fracasó cuando alguien decidió observar de cerca: no había milagros, había procesos. Con el empleo deberíamos hacer el mismo ejercicio de realismo.

En política económica, los equivalentes de los "huevos" son bastante claros: la demanda efectiva que permite colocar producción, la distribución del ingreso que define quién puede consumir, la inversión pública que abre espacio productivo y fortalece territorios, y las instituciones laborales que sostienen salarios, negociación y protección social.

Si esos huevos no están -si, al mismo tiempo que se prometen rebajas tributarias, se recorta el gasto que sostiene ingresos y empleo-, no hay milagro alguno: sólo huevos abandonados en el barro, utilidades resguardadas, más espacio para la valorización financiera y poca disposición a contratar. Así, en lugar de crear cientos de miles de empleos adicionales, el debate termina reducido a cómo evitar que el desempleo suba algunos puntos.

El empleo no nace por generación espontánea. Nace de decisiones políticas concretas sobre cuánto y en qué se gasta, quién paga impuestos y a quién se protege cuando viene el ajuste. Si Aristóteles pudo ver ranas donde solo había huevos, perfectamente algunos pueden ver empleo donde solo hay rebajas tributarias.