Normalmente, cuando se habla de baja natalidad, el análisis suele concentrarse en la perspectiva económica. La ausencia de recambio generacional, junto con un aumento de la expectativa de vida, produce una pirámide demográfica invertida, que a su vez supone desafíos relevantes para los países. Una población envejecida, con menor participación de personas en el mercado laboral, enfrenta problemas de productividad y escasez de mano de obra en ciertos sectores. Se proyecta menor crecimiento económico, mayor carga fiscal, tensión en los sistemas previsionales y cambios en el consumo e inversión.
Sin embargo, hay categorías de análisis que son de igual -o mayor- importancia y que están cambiando el modo en que nos relacionamos y construimos sociedad. Un reportaje de un medio chileno lo ilustra bien: en el Chile de la baja natalidad los niños están creciendo sin la experiencia de socializar con sus pares. Sus madres han tenido que buscarles compañeros de juegos fuera de sus círculos habituales, puesto que nunca antes había sido tan frecuente que un niño sea el único hijo, nieto, sobrino, vecino.
Este es un cambio cultural radical. Para quienes nacimos antes de los 2000, nuestra infancia incluye una sucesión de episodios donde lo natural era crecer a la par de otros. Nuestros padres no necesitaban una app ni un grupo de WhatsApp para encontrar niños con quienes compartir. Si no teníamos uno o varios hermanos, las reuniones familiares eran el espacio natural de interacción con esos que llamábamos "primos". Una figura familiar clave en nuestra socialización.
El lugar del primo en la vida de un niño siempre tiene algo de enigmático. No tiene el mismo vínculo familiar de un hermano, pero tampoco la lejanía de un vecino o compañero de curso. Sin embargo, es una de esas figuras que te marcan la vida. Suficientemente cercano como para generar una confianza profunda, pero suficientemente lejano como para ampliar tu mundo. Con ellos se formaba una escuela informal de convivencia. Los juegos, las discusiones, las alianzas, los secretos, la resolución de conflictos. Los primos son testigos de historias familiares compartidas: la casa de los abuelos, los veranos familiares, los ritos, la larga mesa de almuerzos dominicales, el "sector de niños" donde alguna vez pertenecimos. Los primos también eran fuente de choques, peleas, desaciertos y desacuerdos. Pero había allí un aprendizaje social de extrema relevancia, porque te enfrentaba directamente a la experiencia y encuentro del otro.
Y en la ausencia del primo, al menos existía el vecino. En un Chile con redes comunitarias extendidas, bastaba que nuestros padres nos enviaran a la plaza del barrio para conocer a decenas de pares y jugar lo que el aburrimiento y la creatividad dictara. "Vecina, devuélvame el balón" se escuchó por décadas, tal como lo inmortalizó 31 Minutos en la canción homónima. Y esa experiencia elemental, aunque con diferencias evidentes según barrio y clase social, tenía algo de transversal: buena parte de la vida infantil ocurría en espacios familiares, comunitarios y relativamente espontáneos.
¿Cómo es crecer hoy en el Chile de la baja natalidad? ¿Reemplaza el colegio la interacción social que antes producía la familia o el barrio? Probablemente, con su forma de convivencia formal, no. Por eso, cuando nos remitimos al problema de la baja natalidad, las consecuencias macroeconómicas no son las únicas a mirar. Si hay infancias más silenciosas, encerradas en departamentos cada vez más reducidos (construidos desde la lógica de la eficiencia y no desde la perspectiva familiar), sin la experiencia del otro, no nos debería asombrar ver surgir una generación culturalmente más individualizada que la anterior.
Por supuesto, todo lo dicho hasta acá es una generalización que admite matices. Pero la realidad es que "el primo" está en peligro de extinción. Y con él, una forma de crecer acompañado y una fuente de capital social. Por ahora, la pregunta no es sólo cuántos niños nacen, sino también qué tipo de mundo les estamos ofreciendo a los que han de venir.