¿Es Chile (todavía) un país católico?

El papa León XIV vendrá a Sudamérica en noviembre. Visitará Uruguay, Argentina y Perú, pero no Chile. Hay razones atendibles: Francisco nunca regresó como pontífice a su Argentina natal ni visitó Uruguay, mientras Perú fue durante décadas la patria pastoral de León XIV. La ausencia de Chile puede explicarse sin dramatismos, pero invita a preguntarnos qué relación mantenemos hoy con la Iglesia Católica. En definitiva: ¿Sigue siendo Chile un país católico?

La pregunta no es nueva. Alberto Hurtado la formuló en 1941, cuando casi nueve de cada 10 habitantes se declaraban católicos. Pero él ya desconfiaba de que ese porcentaje bastara y, de hecho, una pastoral del Episcopado calculaba entonces que apenas uno de cada 10 chilenos asistía a misa los domingos y festivos. El sacerdote no discutía solo cuántos católicos había, sino qué significaba serlo. Se preguntaba cómo podía llamarse católico un país de salarios miserables, viviendas indignas, escasa educación y enormes injusticias.

Chile ha recibido a dos papas y sus visitas retratan momentos muy opuestos del país y también de esa iglesia. Juan Pablo II llegó en abril de 1987, en los últimos años de la dictadura. Francisco lo hizo en enero de 2018, cuando la Iglesia Católica chilena enfrentaba su peor crisis por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes y el encubrimiento de parte de su jerarquía. No fueron solo dos pontífices distintos; fueron dos iglesias y dos Chiles diferentes.

Yo estuve en el Estadio Nacional cuando Juan Pablo II se reunió con los jóvenes. Recuerdo la multitud, la alegría y la sensación de que muchos esperaban algo de él que iba más allá de la religión. En 1987, la iglesia conservaba una autoridad que excedía ampliamente a los creyentes, porque prácticamente desde el inicio del régimen la Vicaría de la Solidaridad había protegido a perseguidos, documentado violaciones de los derechos humanos y acompañado a familias sin amparo en el Estado. De hecho, Juan Pablo II se reunió con Pinochet en la Moneda, pero también con víctimas de su represión.

Treinta y un años más tarde, Francisco encontró otro país. Esta vez no estuve entre los feligreses, sino conduciendo las transmisiones especiales de El Diario de Cooperativa. Los chilenos ya no buscaban protección en la iglesia: le exigían explicaciones. En La Moneda, Francisco manifestó dolor y vergüenza por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. Sin embargo, llegó marcado por su respaldo al obispo Juan Barros y durante la visita calificó como calumnias las acusaciones en su contra. Después ordenaría una investigación, reconocería graves errores de valoración y recibiría a las víctimas, pero quedó la impresión de que inicialmente había confiado más en la jerarquía que en quienes denunciaban los abusos.

La convocatoria reflejó esa distancia. No es que el Parque O'Higgins, Temuco o Iquique estuvieran vacíos, hablamos de varios cientos de miles de personas en las actividades del papa, pero las imágenes de espacios sin llenar fueron una suerte de encuesta visual sobre el estado de la iglesia chilena.

Los censos muestran la profundidad del cambio. En 1940, el 89,6% de la población se declaraba católica. En 1992, el registro más cercano a la visita de Juan Pablo II, la cifra era de 76,9% entre los mayores de 15 años. En 2024 cayó al 54% en la población general, mientras quienes dijeron no tener religión o credo llegaron al 25,8%. Las mediciones no son idénticas, pero la transformación es evidente.

La pérdida de fieles no puede separarse de la pérdida de credibilidad. Durante la dictadura, muchos confiaron en la Iglesia Católica porque defendía a personas perseguidas por el régimen. Décadas después, esa confianza se quebró al conocerse que dentro de la institución se había abusado de menores y que demasiadas autoridades habían silenciado o relativizado las denuncias. La iglesia que exigía verdad y justicia al Estado tuvo que responder por la verdad y la justicia que había negado en su interior.

Pero la pregunta del padre Hurtado no se responde únicamente midiendo la caída del catolicismo o el deterioro de la Iglesia Católica. También interpela a la sociedad que construimos. ¿Nos miramos como integrantes de una comunidad, responsables en alguna medida de lo que le ocurre al otro? ¿Somos capaces de comprender las dificultades de quien vive una realidad distinta y aceptar que su dignidad también nos compromete?

Un país puede conservar iglesias, procesiones, símbolos religiosos y autoridades que asisten a misa y, al mismo tiempo, volverse indiferente o incapaz de mirar al semejante como un hermano. Puede declararse católico y acostumbrarse a la pobreza, al abandono de los ancianos, a la exclusión de los migrantes o a la descalificación de quienes viven de otra manera. Tal vez sea allí, más que en cualquier porcentaje, donde se juega hoy la respuesta.

En ese contexto, la próxima visita papal produce una paradoja difícil de ignorar: León XIV deja a Chile fuera de su recorrido justo cuando el país tiene un presidente católico, Schoenstattiano de hecho, que ha dado a la religión una presencia visible: en La Moneda se celebran varias misas a la semana, a las que asiste con frecuencia el Mandatario y, de manera aún más regular, la primera dama.

Por estos días se evaluaba que el Presidente Kast viajara al Vaticano en noviembre en una gira que incluiría España. Si se confirma, el católico Mandatario de Chile podría ir a Roma a encontrarse con el papa que no incluyó al país en su itinerario. Eso no convierte la omisión en un desaire, pero su ausencia funciona como un espejo.

Entre aquella joven que estuvo en el Estadio Nacional en 1987 y la periodista que en 2018 relató la visita desde un estudio de radio hay también una parte de la transformación del país. No sé si cambió mi fe, la de Chile o la iglesia en la que tantos confiamos. Probablemente cambiaron las tres.

Por eso la pregunta de Alberto Hurtado sigue vigente. No se trata solamente de saber cuántos católicos quedan, cuántas personas van a misa o cuánto poder aún conserva la Iglesia Católica. Se trata de preguntarnos qué efecto tiene esa fe en la vida de quienes la profesan y en la sociedad que construyen. Quizás Chile no dejó de ser católico únicamente porque bajaron los porcentajes, sino porque hace tiempo que decirse católico y vivir como tal dejaron de significar necesariamente lo mismo.