Mientras el país debate sobre inteligencia artificial, productividad, crecimiento económico y desarrollo sostenible, hay una pregunta que permanece sorprendentemente ausente: ¿Estamos formando a las personas que serán capaces de conducir esas transformaciones?
Con frecuencia discutimos sobre las competencias que exigirán los empleos del futuro, la velocidad con que evolucionan las tecnologías o la necesidad de fortalecer la innovación. Sin embargo, rara vez nos detenemos a reflexionar sobre quiénes deberán tomar decisiones en ese escenario: profesionales que no solo sepan resolver problemas complejos, sino que también sean capaces de liderar equipos, gestionar la incertidumbre, colaborar con otros y actuar con responsabilidad ética frente a desafíos que ya no son exclusivamente técnicos.
Durante décadas hemos medido la calidad de la educación superior por la solidez de sus programas, la productividad científica de sus académicos, la empleabilidad de sus egresados o la incorporación de nuevas tecnologías. Todos ellos son indicadores relevantes y han contribuido al desarrollo del país. Pero quizás ha llegado el momento de incorporar una nueva pregunta: ¿Quién es la persona que aprende y quién será la persona que ejercerá esa profesión?
La inteligencia artificial, la automatización, la transición energética y la crisis climática están redefiniendo el ejercicio profesional. Hoy el conocimiento técnico sigue siendo indispensable, pero ya no basta. La capacidad de aprender continuamente, construir confianza, trabajar colaborativamente, comprender distintos puntos de vista y desenvolverse en contextos de incertidumbre se ha convertido en un activo tan estratégico como cualquier conocimiento disciplinar. Paradójicamente, buena parte de nuestras instituciones de educación superior continúa organizando el aprendizaje como si fuera un proceso exclusivamente cognitivo. Ponemos el foco en los contenidos, pero prestamos mucha menos atención a las condiciones humanas desde las cuales las personas aprenden.
Las evidencias comienzan a mostrar por qué esa mirada resulta insuficiente. En una experiencia desarrollada con estudiantes de primer año de ingeniería, el cansancio apareció en cerca de seis de cada diez registros emocionales y, durante los períodos de evaluación, predominaban emociones como la frustración, la tensión y la ansiedad. Incluso cuando existía un balance emocional positivo, este se mantenía en un equilibrio frágil, evidenciando cuánto influye el mundo emocional en la disposición para aprender, perseverar y enfrentar nuevos desafíos. Estos resultados no buscan disminuir la exigencia académica ni transformar las universidades en espacios terapéuticos. Nos invitan a reconocer algo mucho más profundo: las personas no aprenden dejando una parte de sí mismas fuera de la sala de clases.
Quien aprende no es solo una mente que incorpora conocimientos. Es una persona que observa el mundo desde la interacción permanente entre su cuerpo, sus emociones y el lenguaje con el que interpreta la realidad. Es desde esa unidad sistémica que enfrenta la incertidumbre, toma decisiones, construye relaciones y descubre nuevas posibilidades de acción. Cuando reducimos el aprendizaje únicamente a su dimensión intelectual, limitamos también las posibilidades de desarrollo de quienes estamos formando.
La ingeniería nació para resolver problemas que mejoren la vida de las personas. Sin embargo, con frecuencia olvidamos mirar a quienes se están formando para asumir esa responsabilidad. Formamos excelentes profesionales desde el punto de vista técnico, pero todavía tenemos el desafío de desarrollar con igual intencionalidad la capacidad de escuchar, aprender del error, liderar equipos diversos, gestionar la frustración y construir relaciones de confianza.
Las universidades han demostrado, una y otra vez, su capacidad para transformarse. Incorporaron la investigación como eje estratégico, fortalecieron la innovación, abrieron espacios de vinculación con el medio y comprendieron que el conocimiento adquiere mayor sentido cuando dialoga con las necesidades de la sociedad.
Quizás hoy el desafío sea aún más profundo. Tal vez ha llegado el momento de transformar la forma en que observamos a quienes aprenden. Durante mucho tiempo los hemos visto principalmente como estudiantes que deben adquirir conocimientos. Sin embargo, la educación superior tiene la oportunidad -y también la responsabilidad- de mirar a la persona en toda su complejidad. Cuando cambia nuestra forma de observar al estudiante, cambian también las preguntas que hacemos, las metodologías que diseñamos y las posibilidades que somos capaces de abrir en el aula. En definitiva, comenzamos a educar con lentes más humanos.
Tal vez el desafío más importante de la educación superior no sea incorporar más tecnología a las aulas, sino ampliar la forma en que comprendemos el aprendizaje. Durante mucho tiempo hemos puesto el foco en aquello que los estudiantes saben. Quizás ha llegado el momento de poner la misma atención en quiénes están llegando a ser durante ese proceso.
Educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Consiste también en ampliar la manera en que una persona observa el mundo. Porque cuando cambia el observador, cambian también las preguntas que es capaz de formular, las conversaciones que puede sostener, las decisiones que toma y las posibilidades que logra construir para sí mismo y para los demás.
Quizás el verdadero desafío de la educación superior del siglo XXI no sea formar profesionales que sepan más, sino personas capaces de mirar más profundamente la realidad, integrando cuerpo, emoción y lenguaje para actuar con mayor coherencia frente a los desafíos de nuestro tiempo. Porque si queremos una ingeniería capaz de transformar el país, debemos comenzar por transformar la manera en que observamos a quienes la estudian. El conocimiento cambia las organizaciones, pero son las personas -y la forma en que aprenden a mirar el mundo- quienes cambian la historia.