Lo que pisamos sin ver: cinco frentes donde la geología está definiendo el país

Basta con revisar los titulares de las últimas semanas, entre balances de sistemas frontales, alertas rojas y regiones completas bajo agua, para notar algo que rara vez se dice en voz alta: buena parte de las grandes decisiones que está tomando el país como dónde extraer litio, cuánta alerta declarar frente a un volcán, cómo enfrentar una crecida de río, cómo diversificar la matriz energética, qué territorios proteger como patrimonio, dependen, en el fondo, de lo que ocurre bajo nuestros pies.

La geología dejó hace rato de ser una disciplina de gabinete: hoy es un insumo directo para la política pública. Así, repasemos cinco frentes donde esto se está jugando ahora mismo.

Litio y salares: la carrera entre producir y comprender

El norte de Chile concentra cerca de 60 salares, verdaderos laboratorios naturales de litio, potasio, boro y sodio. En los últimos meses, el país ha vivido una carrera contrarreloj para proteger algunos de estos ecosistemas antes de que avancen nuevas concesiones: los salares de Carcote y Aguas Calientes IV, junto a la Laguna de la Azufrera, están en consulta pública para convertirse en parques nacionales, mientras que para el Salar de Atacama, epicentro de la producción de litio, se ha propuesto una figura de Área de Conservación de Múltiples Usos, que eleva los estándares ambientales sin frenar del todo la actividad extractiva.

Aquí es donde la geología hidrogeológica entra a jugar un rol determinante. No basta con saber que hay litio: hay que entender cómo se comportan los residuos salinos frente a la humedad y la lixiviación, cuánta agua se infiltra realmente desde las canchas de descarte, y cómo esas soluciones podrían alterar la química de las napas subterráneas. Son justamente estos antecedentes hidrogeológicos como caracterización geoquímica, tasas de percolación, modelación de acuíferos, los que hoy condicionan el otorgamiento de permisos sectoriales ante organismos como Sernageomin, que además lanzó recientemente una Plataforma Pública de Salares y Litio para centralizar más de una década de estudios geológicos y ponerlos a disposición de la ciudadanía. Es una buena noticia: mientras más transparente y robusta sea esa evidencia técnica, más sólidas serán las decisiones que se tomen sobre estos ecosistemas únicos en el mundo.

Volcanes que nos recuerdan que Chile respira

Solo entre marzo y junio de este año, Sernageomin elevó la alerta técnica de al menos tres volcanes: el Láscar en Antofagasta, el Nevado de Longaví en el Maule, tras registrar más de 400 sismos, incluido uno de magnitud 4,3, y el complejo Nevados de Chillán en Ñuble, con emisión de ceniza y pulsos explosivos menores. En ningún caso se trató de alarmismo: son ejemplos de un sistema de vigilancia que funciona las 24 horas, los 7 días de la semana, a través del Observatorio Volcanológico de los Andes del Sur (OVDAS), y que permite a Senapred activar zonas de seguridad preventivas mucho antes de que un episodio derive en una crisis mayor.

Vivimos en un país con más de 80 volcanes activos y una actividad sísmica prácticamente constante. Ese dato, que podría leerse solo como una condena geográfica, es también nuestra mayor ventaja: pocos países cuentan con una red de monitoreo tan consolidada como la chilena. Cada alerta amarilla que se declara a tiempo es, en el fondo, una historia de prevención exitosa que rara vez se cuenta como tal.

Cuando el suelo no absorbe el agua: inundaciones, aluviones y la geología que falta

Mientras escribo esta columna, sucesivos sistemas frontales han dejado a regiones completas, desde Valparaíso hasta Los Lagos, con miles de damnificados, comunidades aisladas y ríos desbordados. El Gobierno decretó emergencia preventiva en diez regiones, desde Atacama hasta Los Ríos, y Senapred ha mantenido alertas rojas activas durante semanas, con apoyo de bomberos y del Ejército en labores de evacuación. Es, una vez más, un recordatorio de que Chile tiene una relación históricamente sólida con el riesgo sísmico, pero todavía una deuda pendiente con el riesgo hidrometeorológico.

La diferencia no es menor desde la geología. Un terremoto es un evento puntual: ocurre, se cuantifica el daño, se reconstruye conforme a una norma. Las inundaciones y los aluviones, en cambio, son procesos recurrentes que dependen de variables que sí conocemos bien, como la geomorfología de las cuencas, la permeabilidad de los suelos, la pendiente de los cauces, el historial de precipitaciones, pero que rara vez se traducen en instrumentos de planificación vinculantes. Seguimos aprobando proyectos habitacionales en zonas de inundación histórica o en quebradas que ya han evacuado aluviones antes, como ocurrió en Atacama en 2015.

Aquí la geociencia tiene mucho que aportar: mapas de amenaza por crecidas basados en registros hidrométricos y modelos de cuenca, cartografía geomorfológica de zonas de aluvión, y series históricas de precipitación que permiten distinguir la variabilidad climática natural, bien documentada en el registro geológico e hidrológico del país, de eventuales tendencias de más largo plazo. Ese conocimiento existe en universidades y organismos técnicos; lo que falta es el paso siguiente: convertirlo en ordenanzas de uso de suelo y en normas de diseño de infraestructura urbana, como drenaje, defensas fluviales, zonificación de cauces, que reduzcan el daño antes de que llegue el próximo sistema frontal, y no solo después.

La transición energética también se escribe en roca

El otro gran frente es energético. Este año el Ministerio de Energía actualizó la Estrategia Nacional de Hidrógeno Verde para el período 2026-2030, apostando a que Chile se consolide como proveedor global de este combustible gracias a su enorme potencial solar y eólico. En paralelo, el cobre, el mineral que ha definido la identidad productiva del país por más de un siglo, está viviendo una segunda juventud: según proyecciones de Cochilco, hacia 2030 prácticamente toda la energía que consuma la minería del cobre provendrá de fuentes renovables, lo que refuerza su valor como un metal "verde" en los mercados internacionales.

Ninguna de estas apuestas es posible sin geociencia de base: se necesita conocer la geología de yacimientos, evaluar el subsuelo para nueva infraestructura energética y entender las cuencas hídricas que sostendrán ambas industrias. La transición energética, en ese sentido, no es solo un desafío tecnológico o financiero: es, antes que nada, un desafío geológico.

El patrimonio que no se explota, se admira

No todo en geociencias es extracción o riesgo. Chile alberga más de un centenar de geositios reconocidos, desde los basaltos columnares del Cerro Santa Lucía hasta las huellas de dinosaurios de Termas del Flaco y el cráter de impacto de Monturaqui, y un solo Geoparque Mundial Unesco hasta ahora, Kütralkura, en La Araucanía. Pero eso está cambiando: en la región de Aysén avanza el proyecto Geoparque Chelenko, en la provincia de General Carrera, que busca sumar a Chile una segunda distinción de este tipo, integrando a las comunidades locales como protagonistas de la conservación de su propio territorio.

Estos espacios muestran una cara distinta de la geología: no la de un recurso que se extrae ni un peligro que se vigila, sino la de un patrimonio que se cuenta, se visita y se aprende. Es, quizás, la forma más directa de que cualquier persona sin formación técnica o conocimiento pertinente pueda tocar con sus manos la historia geológica de su propio país.

Litio, volcanes, inundaciones, energía y patrimonio parecen temas distintos, pero comparten una misma base: decisiones mejor informadas cuando hay ciencia de la Tierra detrás. Cada modelo hidrogeológico que se exige antes de aprobar un proyecto minero, cada estación sismológica que registra un enjambre de sismos, cada mapa de amenaza por crecidas que se actualiza con series históricas, cada estudio de subsuelo para una planta de hidrógeno, cada ficha técnica que documenta un geositio, es una pequeña pieza de un mismo esfuerzo colectivo: conocer mejor el territorio que habitamos para decidir mejor sobre su futuro.

Chile tiene, quizás como pocos países, la oportunidad de demostrar que desarrollo productivo, gestión de riesgos y conservación patrimonial no son caminos opuestos, sino frentes de un mismo trabajo geocientífico. Vale la pena seguir invirtiendo en esa mirada con más investigación, más datos abiertos y más divulgación, porque, al final, todo lo que discutimos como país empieza, literalmente, bajo nuestros pies.

Aquí vale la pena plantear una pregunta de fondo: si el litio, los volcanes, los terremotos, las inundaciones, los aluviones, la energía y el patrimonio geológico dependen de una misma base geocientífica, ¿por qué seguimos abordándolos desde un organismo como Sernageomin, cuya dependencia del Ministerio de Minería responde principalmente a una lógica sectorial, en lugar de contar con un verdadero Servicio Geológico de Chile? Una institución moderna, independiente y con un mandato integral, capaz de abordar las geociencias en toda su amplitud: desde la evaluación de riesgos geológicos y la gestión sostenible de los recursos naturales hasta el ordenamiento territorial, la inteligencia geoespacial y el apoyo científico a las políticas públicas. Un organismo de esta naturaleza podría depender directamente de la Presidencia, a través de la Segpres, o del Ministerio del Interior, reflejando el carácter estratégico y transversal que hoy tienen las geociencias para el desarrollo, la resiliencia y la soberanía del país.