Con la partida de Sonny Rollins, a los 95 años, no solamente ha dejado de existir uno de los músicos más extraordinarios del jazz desde los años '50, de alguna manera su muerte marca el cierre definitivo de una generación irrepetible: aquella que tomó el jazz de las grandes orquestas del swing y lo empujó hacia la modernidad, hacia el bebop, el hard bop, el jazz modal y finalmente hacia todas las rupturas que marcaron la segunda mitad del siglo XX.
Rollins pertenecía a esa aristocracia musical nacida en el Harlem de entreguerras, en un Estados Unidos todavía segregado, contradictorio y convulsionado. Una generación de músicos que no solo cambió la música sino la manera de pensarla. Junto a Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk, Miles Davis, John Coltrane, Max Roach, Clifford Brown, Bud Powell o Bill Evans, Rollins fue parte de esa transición gigantesca entre el jazz popular de los años cuarenta y el jazz moderno, intelectual y profundamente artístico de los cincuenta y sesenta.
Había nacido cuando el jazz todavía era música de baile y las big bands dominaban los salones de Estados Unidos. Pero a Rollins le tocó crecer justo cuando el lenguaje estaba cambiando violentamente. El bebop de Parker había convertido el jazz en una música nerviosa, vertiginosa, urbana, casi filosófica. Ya no bastaba tocar bonito: había que pensar, improvisar, arriesgar.
Y en medio de esa revolución apareció Sonny Rollins, con un sonido completamente distinto. Por supuesto no tenía el lirismo elegante y aéreo de Lester Young ni el fuego volcánico y espiritual de Coltrane; tampoco buscó copiar la velocidad frenética de Parker. Rollins construyó otra cosa: un saxo tenor denso, seco, concreto, de enorme peso melódico. Un fraseo que parecía hablar. Un músico capaz de improvisar durante veinte minutos sin perder jamás el hilo narrativo. Creo que ahí estuvo su grandeza.
Rollins improvisaba como quien desarrolla una idea filosófica. Había humor, ironía, tensión rítmica y una capacidad extraordinaria para transformar una melodía simple en una arquitectura monumental. Tocaba como pensando en voz alta.
Su vida también tuvo los claroscuros típicos de esa generación, en sus inicios pasó por problemas de drogas y episodios judiciales menores, como tantos músicos del bebop, pero logró sobrevivir cuando muchos de sus contemporáneos murieron jóvenes. Mientras Parker moría a los 34 años, Clifford Brown a los 25 o Coltrane a los 40, Rollins siguió tocando durante décadas, convirtiéndose lentamente en una especie de monumento viviente del jazz, patrimonio tangible de una música que se resistía a desaparecer.
Muy joven ya tocaba junto a Fats Navarro y Bud Powell. Después llegarían el Modern Jazz Quartet, Monk, Miles Davis y el histórico círculo del hard bop. Sus grabaciones con Clifford Brown y Max Roach en los años cincuenta siguen siendo fundamentales para entender la evolución del jazz moderno.
Pero donde realmente definió su voz fue en sus discos como líder. "Saxophone Colossus" probablemente sea el disco esencial. Ahí está "St. Thomas", una de las piezas más famosas de la historia del jazz, donde Rollins mezcla raíces caribeñas con sofisticación armónica moderna. Pero también está "Blue 7", quizá una de las grandes lecciones de improvisación temática jamás grabadas. En el disco Tenor Madness con la misma base rítmica de Miles Davis en 1956, encontramos el único registro oficial donde Rollins y John Coltrane improvisan juntos. El tema "Tenor Madness" es un duelo amistoso entre dos visiones distintas del saxofón tenor: el fraseo compacto y rítmico de Rollins frente al impulso más espiritual y expansivo de Coltrane. Un documento fundamental del hard bop.
Luego vino "Way Out West", grabado en California junto a Ray Brown y Shelly Manne. Un disco extraño para la época: sin piano, abierto, espacioso, casi minimalista. Ahí Rollins demostró que podía sostener toda la estructura musical prácticamente solo.
"Freedom Suite", de 1958, es mucho más que un disco de jazz. Se trata de una declaración artística y política, cuya pieza central, de casi veinte minutos, reflexiona sobre la experiencia afroamericana en Estados Unidos en plena era de tensiones raciales. Musicalmente combina improvisación libre, hard bop y exploración estructural. Es uno de los primeros álbumes de jazz con una conciencia política explícita y profunda.
También son imprescindibles "The Sound of Sonny", "A Night at the Village Vanguard" y "The Bridge" (1962), este último grabado tras uno de los episodios más legendarios de la historia del jazz: su retiro temporal de la música para estudiar obsesivamente improvisación practicando durante meses bajo el puente Williamsburg de Nueva York.
Como un músico de vanguardia que se precie de tal, sin aspavientos intelectuales sin embargo, lo que también definía a Rollins era la búsqueda permanente. Nunca se conformó con repetir fórmulas. En los años sesenta exploró terrenos más modernos y abiertos; en los setenta incorporó influencias eléctricas y ritmos contemporáneos; más tarde alternó tradición y vanguardia con absoluta naturalidad. Incluso en sus conciertos de los años ochenta y noventa seguía siendo un improvisador feroz, imprevisible, capaz de destruir y reconstruir una melodía en tiempo real.
Como hemos dicho, con su muerte desaparece quizá el último gran sobreviviente directo de aquella generación fundacional del jazz moderno. Porque Sonny Rollins no era solo un saxofonista colosal. Era un puente histórico. Un músico que alcanzó a convivir con la herencia del swing, atravesó el bebop, participó del hard bop, observó el nacimiento del free jazz y sobrevivió hasta la era digital.
Muy pocos artistas representan de manera tan completa la evolución de la música del siglo XX, y quizás por eso su muerte produce una sensación extraña: no solamente se va un músico. Se va una época completa.